miércoles, 8 de agosto de 2012

Cinema Panopticum, Thomas Ott

El esplendor visual de Cinema Panopticum (Thomas Ott, 2005) habla por sí mismo. Y no es un chiste tonto motivado por la ausencia de palabras en el libro: es una constatación de la maestría de Ott como artista visual. Los grabados de Cinema Panopticum configuran un mundo pesadillesco, que por momentos parece tomado de una película expresionista alemana; la narración, además, es impecable: El impulso de pasar página tras página a toda velocidad parece una tentación irresitible dado el ritmo impuesto por Ott a su trabajo, pero, por supuesto, la calidad de su arte invita a precisamente lo contrario, a detenerse para contemplar. No es, por supuesto, un libro para leer, aunque parezca una obviedad decirlo; es un libro para mirar, para perderse en sus contrastes, en sus detalles. La ciudad en la página 87 de la edición de La Cúpula, el profeta de la página 94 y la monstruosa cucaracha de la página 40 son excelentes ejemplos de imágenes hipnóticas, agujeros negros de las miradas. Porque, en última instancia, de eso trata (o en base a eso puede tramarse una lectura posible de Cinema Panopticum) el libro: una niña que mira imágenes animadas y silentes en una feria/un lector que mira a la niña mirando imágenes.
Cada historia -una por capítulo- lleva a la protagonista a una pesadilla diferente, y el lugar desde el que se ven o se miran todos esos mundos o todas las historias es el "panóptico" invocado por el título, que, curiosamente, es también la atracción más barata de la feria, la única a la que puede acceder la niña con la moneda que encuentra. Ella podrá ver esos mundos y, finalmente verá algo más, una pesadilla que se muerde la cola.
Entendidos como segmentos de una historia minuciosa y perfectamente limitada, que juega con la idea de la mirada y lo mirado, con la representación y el silencio (porque en última instancia el terror final, por obvio que pueda parecer, no es más que el de una hipótesis de lectura), los capítulos de Cinema Panopticum funcionan a la perfección: tomados como historias individuales fallan casi todos. Quizá eso pueda convertirse, según cómo se lo lea (o se lo mire), en un punto debil del libro de Ott: en su conjunto funciona a las mil maravillas, pero cada una de las historias contadas -dejando de lado su excepcional tratamiento gráfico- no impresiona como gran cosa. Son narraciones de efecto, de final sorpresivo (el libro, en cierto modo, también lo es), más o menos ingeniosas. Quizá la mejor -en tanto historia- sea la primera; quizá la más efectiva -en tanto germen de lecturas posibles- sea la tercera, pero, por supuesto, la invitación que nos hace Ott es a leerlas todas como partes de un todo que repite -a su propia escala- la estructura de sus partes. Eso, en última instancia, es otro juego óptico, un trabajo de ampliación, de proyección: Ott nos habla de cómo vemos las historias y como vemos la historia en la que se ensamblan; narra desde la mirada y sobre la mirada. En ese sentido (insisto: y en el "meramente" visual), Cinema Panopticum es una obra maestra.

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