lunes, 20 de marzo de 2017

Historietas reunidas de Jorge Varlotta, Mario Levrero (guiones y dibujos), Lizán (dibujos)



Repeticiones



Sin duda son los textos de la última etapa discernible en la obra de Mario Levrero los que más atención crítica han recibido últimamente; así, lecturas de La novela luminosa y El discurso vacío son en líneas generales más fáciles de encontrar en coloquios y publicaciones críticas que textos sobre Todo el tiempo o Los muertos, por dar dos ejemplos de esa zona intermedia de imaginación overdrive que hace, en la opinión de quien esto escribe, a lo mejor del escritor uruguayo. 
 
A la vez, hay ciertas producciones que permanecen en una suerte de zona oscura; por ejemplo, las Irrupciones –publicadas originalmente en la revista Postdata– apenas han visto más que una mención o nota a pie de página, aunque su suerte editorial no deba ser contada entre las peores del corpus completo, en tanto circulan por ahí todavía tres ediciones (la original de Cauce y más dificil de conseguir, la francamente fea pero completa de Punto de Lectura y la más bella a cargo de Criatura Editora), a diferencia de lo que pasa con obras como Ya que estamos. O, para arribar al objeto de esta reseña, las historietas, que hasta la llegada de Historietas reunidas de Jorge Varlotta no eran precisamente fáciles de encontrar.
 
El libro, en ese sentido, es sin duda un acontecimiento a celebrar por todos los lectores de Levrero y, de paso, también por aquellos interesados en la evolución de la historieta rioplatense. Si bien no equivale a “historietas completas de Jorge Varlotta” (faltan, por ejemplo, producciones tan interesantes como la adaptación de Kafka titulada “Una confusion cotidiana”, dibujada por Catherine Flagothier y publicada en El Dedo en 1983, o, acaso más extrañamente, “Confusión en la serie negra”, dibujada por el gran Sanyú y publicada en la mítica revista Fierro en 1986), reúne lo más importante de lo publicado por Levrero en los territorios del noveno arte, es decir las dos series para las que aportó sus dibujos Lizán: Santo Varón y Los profesionales, ambas publicadas también en forma de libro (por Ediciones de la Flor en 1986 y por Puntosur en 1988, respectivamente).
 
Las coordenadas estéticas de ambas series son las mismas: se trata de tiras humorísticas –dibujadas con mínimo de trazos y máximo de expresividad por Lizán– que hacen un uso marcado de las reiteraciones y los silencios. Es interesante, en esa línea –comentada de manera espléndida por Federico Reggiani en su artículo “El sujeto inmóvil: las historietas de Jorge (Mario) Varlotta (Levrero)”, publicado en el compilado Escribir Levrero e imprescindible a la hora de acercarse al planetoide historietístico de Levrero–, pensar en el rechazo levreriano a la historieta europea “de autor”, que lo llevó a decir “no me gustan las contemporáneas, la mayoría son con dibujos muy pretenciosos y argumentos pobres, repetitivos o incoherentes. Las de Moebius son el paradigma de lo que detesto en historieta” (de la entrevista “Espacios libres”, por Saurio, compilada por Elvio E. Gandolfo en Un silencio menos, publicado en 2013 por la editorial argentina Mansalva, p.157). Dejando de lado la pretenciosidad del dibujo (que, convengamos, es algo difícil de precisar), es curioso que lo pobre, lo repetitivo y lo incoherente sea moneda corriente entre las historietas de Levrero, y que no se trate necesariamente de algo negativo. No sabemos qué pensaría Levrero de la obra de Brian Eno, pero acaso sintonizaría con el lema “la repetición es una forma de cambio” (tomado de las “Estrategias oblicuas” del inglés, un set de cartas con instrucciones para zafar de un bloqueo negativo), una buena puerta de entrada a Los profesionales, con sus dos o tres chistes reiterados una y otra vez con variaciones mínimas, o de las viñetas idénticas y silentes que se repiten varias veces en cada página de Santo Varón. A la vez, hay notoriamente una pobreza deliberada y logradísima en el dibujo de Lizán, que viene de alguna manera a perfeccionar los intentos amateur del propio Levrero. Algunos de estos llegaron a ser publicados: en la zona édita de Historietas reunidas de Jorge Varlotta, entonces, aparecen las tiras de “El llanero solitario” (que originalmente se titulaban “Almas en subasta”), que, en rigor, apenas se justifican apelando a un interés por la obra total del autor, digamos, o por cierta ternura simpática.
 
En esa línea, está claro que casi todas las historietas inéditas funcionan ante todo como un campo donde buscar indicios de la obra más lograda de Levrero –y por eso es también curioso que no haya sido compilada “Confusión en la serie negra”, título que aparece repetido de manera casi idéntica en uno de los cuentos de El portero y el otro y que sin duda aporta no pocas claves a ciertos procedimientos de apropiación y reelaboración de elementos de la novela popular y la cultura de masas en la obra levreriana–, aunque tanto “La nueva lógica” (con su estética sesentosa envejecida), “Las aventuras del ingeniero Strúdel” y “Nuevas aventuras del ingeniero Strúdel  –estas últimas en rigor sólo parcialmente inéditas– logran convertirse en lo más interesante del libro, en gran medida por su ímpetu experimental en cuanto a la articulación de las viñetas (ver, por ejemplo, las páginas 79 y 82, que, para contextualizar la obra de Levrero en el medio historietístico local y contemporáneo, parecen dibujadas por una Maco pasada de LSD). En esta línea, uno de los más notorios aciertos del libro es la inclusión de “Nuevas aventuras del ingeniero Strúdel” como una pequeña separata.


Desaciertos
Es una pena que el libro –que en cuanto objeto es sin duda atractivo– adolezca de una serie de defectos importantes. Acaso el más flagrante sea la aparente falta de edición: las historietas son presentadas en orden cronológico y con una serie de notas mínimas, pero estas (una, la mejor, escrita por Lizán, las otras por los editores del libro) aportan una información insuficiente en el caso de las éditas y desaparecen por completo en tres de las zonas acaso más enigmáticas, que serían “De los elefantes y sus aconteceres” –mencionada en Mario Levrero para armar, el libro de Jesús Montoya Juárez–, “El infierno de la vista” –cuyo título recuerda a los “Cuadernos del infierno” a los que Levrero alude en la entrevista “La hipnosis del arte”, a cargo de Elvio Gandolfo, recogida en el libro mencionado más arriba, p.19–, y “La nueva lógica”. Es cierto que el libro no está propuesto como una edición crítica, pero un poco más de precisión bibliográfica parece necesaria dada la naturaleza de “rescate” del proyecto. Por ejemplo, en las páginas 198-201 son reiteradas las tiras que aparecen en las 138-141; se aclara al margen de las primeras que fueron publicadas en Superhumor nº31, de septiembre de 1983, y de las segundas que aparecieron en El dedo en enero del mismo año. Cabe preguntarse por qué la reiteración -las tiras son idénticas: menos intensa la tinta en las segundas, nada más-, si valía la pena hacerlo solamente porque remiten a dos publicaciones distintas y, en último caso, aceptada la "necesidad" de reiterarlas, por qué aparecen la publicadsa en enero después de las publicadas en septiembre. El libro, lamentablemente, no incluye aclaración alguna a este tipo de interrogantes.
 
A la vez, los dos prólogos incluidos –uno de Leo Maslíah, el otro de Lizán– operan ante todo en esa zona anecdótica que tan frecuentemente se apodera de los eventos y las publicaciones relacionadas con Levrero; es cierto que Maslíah es un autor de la casa (ha publicado algunos libros con Criatura, es decir) y que eso facilita que se recurra a su pluma, pero no menos evidente es que una y otra vez se recurre no a un experto en los textos en cuestión (y en el caso de las historietas Reggiani es ineludible) sino a un amigote de Levrero, de la misma manera que en mesas redondas y prólogos parecen rotar los mismos Gandolfo, Polleri, Maslíah y Souto de siempre. Es sin duda más que valioso escuchar ese anecdotario, pero lo que termina por pasar es que eso es prácticamente lo único que se dice sobre Levrero, como si quedara implícita una suerte de verdad definitiva accesible únicamente por quienes lo conocieron personalmente (este gesto es notorio, por ejemplo, en el prólogo de Polleri a la edición de Criatura de Irrupciones).
 
En cualquier caso, no cabe duda que lo que pueda decir Lizán es más que bienvenido, en tanto se trata de uno de los implicados en el libro; en el prólogo de Maslíah –donde no aparece nombrada ninguna de las historietas incluidas y apenas se alude específicamente a las dos ilustradas por Lizán–, en cambio, no hay otra cosa que un par de anécdotas, la idea de que hay dos regiones en la obra de Levrero la más narrativa y la más experimental, digamos (y que las historietas pertenecen a esta última), y otra apelación a ese club selecto de amigotes o primeros lectores legitimados (“…tanto a los levrerianos de la primera hora como a los que necesitan la firma de un autor reconocido”). Es realmente una pena que dos carillas del libro se hayan perdido en un texto de estas características, cuando justamente es tanta la información que falta en el resto de las páginas
 
¿Será entonces que, en el fondo, los editores, más que interesarse por las historietas de Levrero, buscaron apenas regodearse en la idea de lanzar al mercado un libro lujoso y caro que ostentase –como en la contraportada de éste– las palabras “Levrero” e “inéditas”? Quizá la respuesta –una amarga, digamos– sea que, en el fondo, no es de verdadera importancia la obra historietística de Levrero. Pero incluso si se pensase así –y no es en el fondo un pensamiento desatinado: sacando lo mejor de Los profesionales y Santo Varón el resto parece importar sobre todo en relación a la otra obra de su autor– era menester una edición al menos un poco más comprometida. 

Publicada originalmente (en una versión recortada) en La Diaria el 20 de marzo de 2017

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