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lunes, 1 de agosto de 2016

Aram el Armenio, Alvez & Majox & Lee; Rincón de la bolsa, Peruzzo & Serra



Leer el hígado onettiano




Parece fácil constatar el crecimiento (incluso el “auge”) del cómic uruguayo en los últimos seis u ocho años. Hay, de hecho, varias líneas especialmente visibles: la consolidación de proyectos editoriales (en particular Grupo Belerofonte, seguido por Dragon Comics y Ninfa Comics, con el grupo GAS a cierta distancia) y de un pequeño grupo de guionistas liderado (en más de un sentido, pero detallarlo sería motivo para otra nota) por Rodolfo Santullo, sobre quien es ya un lugar común señalar su buen hacer y –detalle para nada menor– su prolificidad. Es posible, de hecho, que las virtudes y defectos de Santullo como guionista sean también los defectos y las virtudes de la escena historietística local, al menos en lo referente a los guiones. 
 
Esto, me parece, es particularmente visible en dos novelas gráficas de aparición reciente: Aram el armenio, con guión de Abel Alves y arte de Majox y Lara Lee, y Rincón de la bolsa, con guión de Nicolás Peruzzo y arte de Gabriel Serra. Novelas sólidas, bien hechas, pero, a la vez, creaciones en cierto modo conservadoras.
 
La última fue publicada por entregas en Lento, y correspondió a José Gabriel Lagos, editor de la revista, aportar el prólogo al libro coeditado por Ninfa Comics, Grupo Belerofonte y Estuario Editora. Se trata de un texto valiosísimo, en tanto propone una serie de líneas de lectura particularmente claras, ofrece un vínculo fértil con una tradición literaria y contagia de entusiasmo al lector. Sería muy difícil, en efecto, contradecir a Lagos cuando comenta la relación de la historieta de Peruzzo con Onetti y, en particular, con El Astillero y una de sus “interpretaciones” más consagradas. En el caso del guión de Peruzzo, ese recurso de referencia al centro del canon narrativo uruguayo sirve para espesar significados; Onetti jugó a aceptar y negar la lectura de su novela como una alegoría del Uruguay del neobatllismo ya decadente, y Peruzzo, hábilmente, instala su alegoría en el mismo juego iniciado por Onetti. El lector, ya desde la portada, donde se ve un edificio venido a menos que ostenta el cartel “Larsen S.A.”, puede pensar que va a encontrarse con una novela gráfica en la que la decadencia de una fábrica remeda la decadencia del país de la misma manera en que la decadencia del astillero Onettiano remeda… bueno, ya me entendieron. Esa instalación de una alegoría, sin embargo, podría ser mejor pensada –y acá aparece otro gran acierto de Peruzzo– como una modulación de cierta alegoría, ya que si la onettiana es dada por sentado desde el comienzo, a medida que se avanza en la novela gráfica está claro que cobran especial relieve otros asuntos más vinculados al proceso del protagonista y no menos onettianos.
 
En manos de un guionista menos hábil la referencia podría ahogar o agotar la narrativa, pero eso no pasa en Rincón de la Bolsa. En la línea de las virtudes del trabajo de Santullo visibles en la obra  de los guionistas que integran ese grupo de historietistas del que hablaba más arriba (y cabe listar a Peruzzo, a Pablo “Roy” Leguisamo y a Martín “Magnus” Pérez), sin duda el manejo hábil de las estructuras narrativas, la economía de medios y el conocimiento de referentes literarios (que pueden ser tanto géneros como escritores puntuales) son los valores que se persiguen y, en general, se alcanzan. Peruzzo, entonces, logra armar un relato sólido, dinámico y ágil. 
 
Los defectos que cabe encontrar, por cierto, no pesan más que lo mejor de lo propuesto por la novela. Es cierto que hay una suerte de ansiedad en Peruzzo por compactar significados y alusiones en pocas viñetas, y que a veces hasta se vuelve involuntariamente gracioso como cada personaje que toma la palabra se pone a discurrir sobre los males que aquejan al lugar donde vive y suelta parrafadas sobre la vida y obra de los vecinos del lugar. En una novela gráfica significativamente más larga esto quizá no habría sido un punto en contra, pero dada la brevedad de Rincón de la bolsa se trata de un detalle que no juega realmente a favor.
Del mismo modo, Peruzzo parece atento a no contravenir prácticas consagradas y a construir su narrativa de acuerdo a los manuales más en uso. Así, la división en “actos” de Rincón de la bolsa, por ejemplo, es sumamente notoria y hasta un poco forzada (en Santullo, la misma actitud suele verse, al menos en sus mejores momentos, como más natural). Si no operara, de hecho, en relación a un evidente descenso del protagonista a una forma gris del infierno, esa prolijidad iría en detrimento de la potencia del libro. Pero no sucede: si entendemos que lo que le importa a Peruzzo es más bien “cumplir” con códigos de artesanado y –quizá sea un término clave– profesionalidad, queda claro que su principal logro al respecto  es que desde esa actitud poco jugada o conservadora la novela logra abrirse camino en expresividad e interés.
Hay que señalar que buena parte del balance positivo de Rincón de la Bolsa (y de su mencionada expresividad) tiene que ver con el hermoso arte de Gabriel Serra, que por momentos parece heredero de los momentos más expresivos de Matías Bergara, por dar un referente reciente y local. En cualquier caso, la construcción del pueblo, la fábrica y las playas por las que caminan los personajes, es impecable. El arte de Serra construye un clima aplastante e implacable, tanto que es fácil ponerse a imaginar relatos de Onetti vueltos imagen por la mano de este dibujante.


La pesadilla de la historia
El caso de Aram el armenio es similar; de hecho, no sería un juicio tan desencaminado señalar que ambos libros son correctos, que ambos libros funcionan y que, a la vez, ninguno de ellos llega realmente a asombrar o sobrecoger, al menos desde una operación tan antinatural como la implícita en separar el guión del arte visual (porque es notorio que el arte de Serra sí funciona como un verdadero golpe al lector).
Abel Alves tiene su fuerte en el humor geek y delirante de la serie Zombess; sin embargo, ha dado también muestras de ese profesionalismo, versatilidad y buen hacer narrativo que la escena local privilegia sobre otros valores posibles (la experimentación, el desafío al lector, etc). En el caso de Aram…, el tema histórico –el genocidio del pueblo armenio– impone, por supuesto, una actitud de respeto hacia la fuente “real” de la narración y una sensibilidad cuidadosa, y en ambas cosas Alves sale adelante. Como en el caso de la novela de Peruzzo, los defectos apenas comprometen el balance final, y de hecho las relecturas –incluso más que en el caso de Rincón…– terminan por “convencer” de que ciertas zonas de la trama funcionan bien (o mejor de lo que se pensaba) pese a una primera impresión. 
 
Una de las estrategias más claras de Alves en Aram… es rehuir de absolutismos o maniqueísmos y apelar a complicar las facciones en pugna. Dicho de un modo burdo, hay en esta novela gráfica –de las pocas o poquísimas que abordan el tema del genocidio armenio a manos del Imperio Otomano, hecho que, vergonzosamente, sigue sin ser aceptado por el estado sucesor del perpetrador– turcos buenos y turcos malos, armenios empáticos y hasta heroicos y también armenios… pues no tanto. Esta estrategia –que es, por qué no decirlo, también de manual– se convierte en uno de los ejes por los que prolifera la construcción de significado (narrativo e histórico, por tanto también político) de Aram…, que fluye desde esas premisas y condiciones iniciales hasta un desenlace quizá un poco simple y un final (me refiero a exactamente la última página) que no está a la altura de los momentos más expresivos. Una vez más, la elección de Majox y Lara Lee para el arte visual del libro es un detalle clave. Alves es un dibujante más que atendible (de hecho brilla en el registro de la ya mencionada serie Zombess), y a la vez demuestra ser capaz de detectar que para ciertos guiones su estilo no es el más adecuado. Hace ya algunos años, la colaboración con el entrerriano Nahuel “Nahus” Silva generó  Sangre y sol, un libro atendible pero con altibajos notorios (en particular en la parte gráfica); en Aram…, en cambio, el aspecto visual es impecable, tanto desde el dibujo como –y diría especialmente– desde el coloreado.
 
Tanto Aram… como Rincón… exhiben equipos de dibujantes y guionistas notoriamente competentes; en el contexto de la escena historietística uruguaya reciente, donde la apuesta por la profesionalidad, la consistencia y la versatilidad es sin duda clave del crecimiento y visibilidad de sus artistas, aparecen como libros valiosos, sólidos, que construyen o confirman la buena salud de la que goza el comic uruguayo (o rioplatense, o iberoamericano, dado que Majox y Lara Lee son argentinas y Alves gallego); en ese sentido, sus propuestas son más que bienvenidas. Del mismo modo, en cuanto al goce de lectura, los dos libros cumplen. Ambas novelas gráficas son excelentes muestras de lo que se está publicando en historieta por estas latitudes, y sin duda aportan más argumentos a la hora de establecer el talento en potencia y en acto de sus creadores, así como también la manera o maneras en que se configura la escena historietística local.

Publicada en La Diaria el 1 de julio de 2016

miércoles, 16 de julio de 2014

GAS3K.5, varios autores; Aullando a la luna, Peruzzo & González



Sagas, humor y Heavy Metal
 




Dragon Comics y Grupo Belerofonte son las iniciativas editoriales mejor establecidas de la escena historietística local, pero no agotan la propuesta de comics uruguayos de valía. Apenas por debajo –en cuanto a alcance y solvencia editorial– hay que nombrar a Ninfa Comics, con el guionista y dibujante Nicolás Peruzzo al frente, y al grupo GAS Comics, cuya cabeza más visible es el emprendedor guionista Martín “MaGnUs” Pérez, corazón de un equipo que incluye creadores de Argentina, España, Portugal, Estados Unidos y Suecia.
 
La última publicación de GAS es el compilado de relatos GAS3K.5, pero ya ha sido anunciado el libro infantil-juvenil Crononautas, a cargo de MaGnUs en guión y Federico “Taibox” Taibo Bassano en arte (de hecho en la web del grupo este trabajo puede descargarse gratuitamente). Se trata del segundo volumen publicado por el grupo, precedido por Grimorio del plata, editado el año pasado. En estos dos libros está especialmente clara la evolución del grupo desde una plataforma fanzinera o de edición amateur hasta el establecimiento de una editorial propiamente dicha, afortunadamente paralela con el crecimiento artístico de buena parte de los miembros del grupo, MaGnUs en particular. Así, GAS3K.5, todavía una revista amateur a nivel estético y formal, puede leerse como una suerte de “eslabón perdido” entre el espíritu más fanzinero y la zona más profesional del grupo, visible en sus dos libros. Y es un particular acierto de esta quinta edición de GAS3K la oferta de dos portadas diferentes, dibujadas por figuras de la talla de José Luis García López (dibujante, por ejemplo, de la novela gráfica Superman: Kal) y Duncan Rouleau (co-creador de Ben 10).
 
En cuanto a los relatos incluidos, es apreciable en términos generales una mejora con respecto a las cuatro entregas anteriores. Lo mejor de la revista es, casi con seguridad, “La tortuga y la liebre”, de Rodolfo Santullo (como guionista invitado) y Nahuel “Nahus” Silva (arte). Se trata de una historia narrada con solvencia y dibujada con la expresividad que caracteriza al trabajo de Nahus; sin estar entre lo más descollante del autor de su guión, se trata de un trabajo redondo, sugestivo y disfrutable.
El resto de la publicación, con la excepción de piezas breves (de una página) y en general humorísticas, consiste en nuevas entregas de series ya establecidas. El grupo GAS, está claro, tiene un afecto especial por las sagas y los universos ficcionales detallados. En el caso de la serie Imperiex Terra, que se nutre de la larga tradición cienciaficcionera del space opera (y, notoriamente, de la saga Dune, de Frank Herbert), en esta entrega de GAS3K se nos ofrece un relato titulado “Cazadores Casados”, enmarcado a su vez en el capítulo “Guerra Hegemónica III”. Lamentablemente, en esta saga no se ha producido hasta la fecha la cristalización, por decirlo de alguna manera, de la narrativa, y sí una proliferación de detalles y datos históricos de su mundo ficticio. O, dicho de otra manera, se insiste con el trabajo sobre el escenario pero se falla, recurrentemente, en ofrecer un relato de interés incorporado a ese escenario. 
 
Eso no sucede con otras de las sagas representadas en la revista. Así, Mi vida sin un jetpack ofrece coordenadas claras y un tono de humor que puede divertir o aburrir (en la experiencia de lectura de este reseñista eso funciona alternativamente) pero que siempre se mantiene fiel a su propuesta de autobiografía geek armada por la acumulación (y es en esto último que el proyecto cobra vida y se vuelve interesante en su conjunto) de anécdotas gráficas, armadas entre el chiste y la construcción de una vivencia o un recuerdo. Del mismo modo, Tiranos Temblad y Grimorio del plata han logrado alcanzar un nivel narrativo más sólido; en el caso de la última serie (que, como ya dijimos, ya ha sido representada por un libro), los relatos ofrecidos en GAS3K.5, “El entrenamiento del Sr.Gough parte 1” y “Milonga clandestina (Outlow country)” son sólidos en guión y arte; de hecho, en factura y buena resolución no están lejos de la ya mencionada “La tortuga y la liebre”. “El entrenamiento del Sr.Goguh”, incluso, tiene la virtud –no siempre visible en entregas anteriores de GAS3K– de convertirse en una excelente introducción a un capítulo nuevo de la serie a la que pertenece y, por tanto, dejar en vilo al lector con su desenlace (otra muestra del crecimiento de MaGnUs como guionista). En cuanto a Tiranos temblad, el capítulo ofrecido, con arte del veterano Gezzio y guión de Endriago, funcionaría mejor en un libro dedicado exclusivamente a esa saga, pero tampoco se convierte en un escollo al disfrute de la revista.

Aguante el metal
La más reciente propuesta de Ninfa Comics es Aullando a la luna, nueva entrega de la serie Relatos de Ciudad Fructuoxia; en este caso el guión es de Nicolás Peruzzo y el arte de Líber González, una notoria mejora en relación al libro anterior, Deje de afligirse, cuyo talón de Aquiles era, precisamente, la parte gráfica. En cuanto al guión, parecería por momentos dejar clara la existencia de dos zonas en la producción de Peruzzo, una más de corte autobiográfico, reflexiva y sensible (de la que el libro La mudanza sería una gran muestra), suerte de versión historietística de la literatura del yo, y otra más cercana a las raíces fanzineras y a una cierta narrativa pop, además orientada hacia un intento de narrar en contextos menos solipsistas (si se quiere usar el término) y más abiertos a incorporar lo histórico y lo social (en esta línea de lectura, la excelente novela gráfica Ranitas podría verse como una zona intermedia o “lo mejor de los dos mundos”), con buenas dosis de humor.
Aullando a la luna sigue la historia de una banda de metal que toca en la ucrónica “Ciudad Fructuoxia”, escenario ficticio recurrente en la obra de Peruzzo. Una exposición más satisfactoria de este relato haría necesario hablar de la serie completa (que va, ahora, por su quinta entrega) y su grupo de superhéroes uruguayos que funcionan tanto a nivel ironía con respecto a la identidad nacional más “oficial” como, acaso paradójicamente, a nivel de aceptación de alguna más o menos consagrada de esa identidad y la cultura que trae aparejada. Este relato en particular, en todo caso, destaca por su aparato de referencias al Heavy Metal y su historia, desde el Ozzy Osborne de Bark at the moon hasta la banda groove metal Pantera y el metal industrial. 
 
Peruzzo aporta un “Glosario de metal” hacia el final del libro, en un gesto que llama la atención e invita a reflexionar. Por un lado deja clara la preocupación del historietista y editor por establecer una comunicación satisfactoria con cualquier lector posible, pero, a la vez, también puede sentirse como innecesario y explicativo por demás. En cualquier caso, el tono en que están escritas las entradas de ese glosario y la información que se ofrece pueden ser interesantes en sí mismas. Por ejemplo, la observación de comportamientos de ciertos grupos de fans que muestra la última entrada, referida al metal industrial (subgénero del que Peruzzo señala que “encontró cierta resistencia en los bastiones más ortodoxos del Heavy Metal”), puede leerse en cercanía con algunas observaciones presentes en Ranitas en cuanto a una suerte de cartografía de las diversas culturas del rock y el pop. 

Publicada en La Diaria el 16 de julio de 2014

jueves, 30 de mayo de 2013

La mudanza, Nicolás Peruzzo, y Las andanzas de Vlad Tepes, Silvio Galizzi & Matías Bergara



Seguir editando

La historieta local parece haber entrado en una fase de proliferación y asentamiento de proyectos editoriales. Siguiendo el camino trazado hace ya unos cuantos años por Grupo Belerofonte, Dragon Comics (dirigida por Pablo “Roy” Leguisamo y Beatriz “Bea” Liebner) y Ninfa Comics (dirigida por Nicolás Peruzzo) han propuesto en los dos últimos años trabajos no firmados por sus directores, apostando así por el establecimiento de un catálogo sólido. Así, el año pasado Dragon Comics publicó el desopilante Zombess, del gallego Abel Alves, y en lo que va de este 2013 han aparecido –presentados en la convención Montevideo Comics– Las andanzas de Vlad Tepes (con guión de Silvio Galizzi y arte de Matías Bergara), en Ninfa, y El viejo (guión de Alceo Thrasyvoulou y arte de Matías Bergara y Richard Ortiz), en Dragon. Esta nota comentará el primero de los libros mencionados y, además, La Mudanza, también publicado por Ninfa Comics y escrito y dibujado por Nicolás Peruzzo.

Chistes de vampiros
Como es sabido, la historia y la leyenda de Vlad Tepes –príncipe o Voivoda de Valaquia (actual Rumania) entre 1456 y 1462– inspiraron a  Bram Stoker su célebre Drácula. Silvio Galizzi –primero en dos películas que se proponen a sí mismas como “de culto” y “hechas entre amigos”, Sangre en La Mondiola, de 2005, y La balada de Vlad Tepes, de 2009, ambas dirigidas por Guzmán Vila y protagonizadas por el propio Galizzi como el vampiro– viene llevando a la historieta su versión del personaje desde hace ya unos dos años. El apoyo de Matías Bergara es decisivo: el mayor interés del libro –por otra parte hermosamente editado por Ninfa Comics y con la participación de dibujantes invitados de la talla de Enrique Alcatena y Gustavo Sala– está en el arte gráfico, que nos ofrece páginas y viñetas que se encuentran sin lugar a duda entre lo mejor de la historieta nacional contemporánea. A la vez, el punto débil del libro es notoriamente el guión de Galizzi.

Para matizar y repensar la última afirmación se puede proponer que la lectura de Las Andanzas de Vlad Tepes deja claro que la trama y los personajes en rigor no importan. Una tras otra las historias presentadas en el libro nos cuentan que 1) Tepes, por ser Tepes, detesta o desprecia a tal o cual persona y que 2) esa o esas personas son eventualmente asesinadas por Tepes. Las “Andanzas Breves” incluidas en la segunda mitad del libro, entonces, pueden leerse desde los códigos de cierto humor gráfico en el que la repetición de una fórmula es lo esperado y lo esperable. 

El relato principal y más largo del libro (titulado “Érase una vez en La Mondiola”) parece ser propuesto como una narración más ambiciosa, con referencias históricas incluidas (a la cruzada contra los Cátaros), flashbacks y un “origen” –o casi– del personaje, además del establecimiento de la pareja cómica a la Abott y Costello que encarnan Tepes y Negreira. El esquema, sin embargo, es muy similar al de las “Andanzas Breves”. Es verdad que por momentos la de “Érase una vez…” es una narración más sólida, en gran medida gracias al talento de Matías Bergara como narrador visual, pero, en última instancia, el relato es desprolijo y su ritmo es tentativo, irregular. De hecho, la narración invariablemente se detiene o enlentece para redundar en la “maldad” de Tepes, en sus asesinatos (p.34, por ejemplo), no sólo no aportando gran cosa a la trama sino, de hecho, rompiendo el ritmo narrativo una y otra vez. Esa reafirmación continua del personaje es, en última instancia, el objetivo de las “Andanzas Breves”, y el intento de proliferación de asuntos o de magnificación de la trama visible en “Érase una vez…” no termina de cuajar en una historia planteada desde otros códigos. Evidentemente no tiene por qué hacerlo, claro está, aunque por momentos parece intentarlo. En cualquier caso, los fans del personaje podrán disfrutar las viñetas y pasar por alto las fallas más o menos evidentes.

Ahora bien, si pensamos entonces en Las Andanzas de Vlad Tepes como un libro esencialmente humorístico, es interesante desarrollar un poco más las características del humor propuesto. Ante todo se apela al humor negro y a la deliberada incorrección política. El libro, de hecho, insiste en este último asunto: “faltan en esta sociedad cada vez más insoportablemente volcada a lo políticamente correcto, personajes/personas con ojo crítico, que llamen a las cosas por su nombre”, leemos en la página 93, desde el texto aportado por Guzmán Vila (cabría señalar que llamar a las cosa “por su nombre” puede ser en muchas ocasiones un acto conservador y acrítico). En última instancia el libro no es “malo” porque su humor sea políticamente incorrecto  (sin duda tiene razón Soledad Platero cuando señala que “el humor es, por definición, irrespetuoso”); a la vez, tampoco es “mejor” porque su personaje nos deje una y otra vez clara su homofobia (p.71), su moralina sexual y su odio a “los niños” (p.83-85), y su desprecio por cierta literatura (p.68) y por ciertas formas de cristianismo (pp.64-65). En última instancia, es interesante también señalar que el personaje de Tepes termina convertido en más de una ocasión en una suerte de moralista, por ejemplo cuando mata, desolla y cocina a Papá Noel tras detectarle gustos pedófilos (pp.74-77) o cuando señala que “pasan los siglos pero estos hijos de puta [los predicadores cristianos] siguen cobrando cara la entrada al reino de los cielos” (p.65).

Seguir siguiendo
Nicolás Peruzzo publicó hace dos años su historieta autobiográfica Ranitas, que debe ser incluida entre lo mejor del comic nacional contemporáneo. Después de ese libro, sin embargo, Peruzzo no logró acertar con otra obra a esa altura y propuso trabajos fallidos o menores, como su aporte para el volumen colectivo Verano o también el libro Deje de afligirse, con un guión correcto pero malogrado por el dibujante escogido. 

Su flamante La mudanza, felizmente, rompe con esa situación. Además de un notorio crecimiento de Peruzzo como dibujante y colorista –basta como muestra la hermosa representación de la ciudad desolada que ofrece en varias páginas–, la construcción de la trama que encontramos en este libro, con su ritmo cuidado, su fluida presentación de paisajes exteriores y/o interiores y su tenso equilibrio entre el costumbrismo, lo fantástico y lo “psicológico”, viene a probar una vez más el talento narrativo de su autor.

Es posible que La mudanza sea el mejor de los libros presentados en el reciente Montevideo Comics. Su brevedad sin lugar a dudas casa a la perfección con una historia esencialmente sencilla –y de hecho casi imposible de resumir– pero abierta a múltiples lecturas, que reflexiona sobre seguir adelante después de una pérdida, una crisis o un cambio, un poco en la línea del “let go” (dejá ir) de la serie Lost. En cualquier caso, el componente “sapiencial” de la trama, que puede atraer lectores a una historieta con la que es fácil identificarse, no es sino uno de sus múltiples atractivos, no necesariamente el mayor, en tanto sobresalen, ante todo, el dominio de la narrativa, la economía de medios y la evidente expresividad y belleza del arte gráfico de Peruzzo. Donde la pretendida universalidad de la propuesta podría convertirse un problema –en tanto cursi o cliché en potencia–, el guión de La mudanza sale adelante airosamente. 

Las conexiones con Ranitas no son difíciles de encontrar; si bien no está explícitamente planeado de esa manera, es posible leer La mudanza como una suerte de epílogo a la anterior novela gráfica, en particular gracias a uno de los personajes con los que se encuentra el protagonista, un joven que está a punto de dejar atrás el mundo de su adolescencia. Donde Ranitas se detuvo desde el punto de vista del relato, La mudanza sigue adelante explorando ese sentimiento de pequeña muerte personal y de nueva vida que empieza a trazarse para el futuro más inmediato.

Tras esta confirmación de su buen hacer, Peruzzo se instala cómodamente como uno de los tres o cuatro guionistas más talentosos del momento. A la vez, el esmerado trabajo en los libros de Ninfa Comics –tanto en La mudanza como en Las andanzas– comprueban que su proyecto editorial está vivo y en crecimiento.

Publicada en La Diaria el 30 de mayo de 2013

martes, 12 de febrero de 2013

Verano, varios autores



De la temporada
 
Las virtudes de la muestra de historietas Verano, organizada por AUCH (Asociación Uruguaya de Creadores de Historietas), resultaron evidentes al jurado que falló en la categoría Relato Gráfico de los Fondos Concursables 2012 del MEC, integrado por quien esto escribe, José Gabriel Lagos y Alfredo Soderguit: el proyecto valía la pena en tanto repertorio de la obra de un grupo de historietistas que viene publicando y creciendo desde, más o menos (algunos más, otros menos), mediados de la década de los dosmiles y en tanto plataforma para mejorar la visibilidad del trabajo de guionistas como Martín “Magnus” Pérez o para consolidar la solidez en el desempeño de creadores como Pablo “Roy” Leguisamo. Verano es, entonces, en su conjunto, un aporte interesante y atendible a la historieta uruguaya “nueva” o “joven”.
Una vez con el libro en las manos, sin embargo, queda habilitada una mirada más de cerca, relato por relato, que evidencia (después de constatar algunos fallos notorios en la diagramación y en la disposición de las historietas) un nivel dispar. Hay, ante todo, cuatro aportes sólidos, que justifican para cualquier lector la compra del libro: se trata de los relatos con guiones de Pérez, Leguisamo (el primero de los dos que son incluidos), Ciccariello y Santullo.
El mejor de este grupo posiblemente sea “More tan meets the eye”, escrito por Pablo Leguisamo y dibujado por Alejandro Figueroa, a cuyo atractivo arte se suma un guión hábilmente resuelto, llevado con buen pulso y preparando a la perfección la vuelta de tuerca del final. 8 páginas, entonces, aprovechadas al máximo.
Sigue “Noche de vértigo”, el aporte de Rodolfo Santullo (guión) y Matías Bergara (arte), que además de contar con solvencia una historia interesante logra generar en el lector una buena dosis de empatía por sus personajes. La última página, además, está entre los trabajos más bellos y expresivos de Bergara.
Una de las historietas más llamativas del libro es “Cantera”, de Gabriel Ciccariello, un historietista sin lugar a dudas interesante que, lamentablemente, ha sido muy poco prolífico en los últimos años. Este trabajo llama la atención no sólo por su bello colorido sino por su distintiva construcción de la narrativa, que apela al contraste entre las páginas dialogadas y las presentadas en torno (casi como si fueran ilustraciones) a grandes bloques de texto.
Por último, el relato de Martín “Magnus” Pérez (guión) y Carlos Lemos (arte), propone una historia interesante, que llama la atención por ser la única pensada desde un género concreto –en este caso la ciencia ficción– y por descartar lo que podríamos pensar un enfoque más costumbrista o incluso autobiográfico o autoficcional. Se trata, además, de una confirmación más de la versatilidad narrativa de Pérez, quizá el guionista “nuevo” que más ha crecido en los últimos dos años; su punto débil, sin embargo, está en el arte de Lemos, que en muy pocas ocasiones supera un nivel más apto para un fanzine. Si bien presenta un número no deleznable de aciertos (la expresividad en los rostros y algunas viñetas puntuales, como la tercera de la séptima página o la que remata la historieta), el balance –en gran medida por el poco trabajo dedicado, en general, a los fondos y los detalles– es negativo, lo que no sucede en lo más mínimo con el guión.
Verano también incluye un grupo de historietas que cabría pensar como fallidas. Por ejemplo, “Morrison Vive”, de Nicolás Peruzzo –a todas luces un capítulo desgajado de su excelente Ranitas–, se ve seriamente perjudicada por la estructura no lineal elegida por su autor a la hora de presentar la trama. Tratándose de una anécdota simple (un grupo de chicos que pintan “Morrison vive” en la fachada de una casa y son perseguidos por sus dueños), la necesidad de “complicarla” un poco, en este caso, sólo logró empañar el disfrute del relato. Del mismo modo, “Lo último que se pierde”, de Leguisamo (guión) y Lisandro Di Pasquale (arte), quizá la más floja de este conjunto, podría haber resultado un relato más satisfactorio de no ser por el bajo nivel del dibujo de Di Pasquale, que no logra cuajar el potencial emotivo de la historia y, además, falla notoriamente en elementos puntuales (la protagonista parece una mujer de 20y pico de años en su primera aparición y una adolescente de 15 en adelante, por ejemplo); un dibujo más competente hubiese convertido a este relato en un momento sólido del libro, sin lugar a dudas.
Otros de los trabajos presentados, sin fallas demasiado evidentes, parecen poco interesantes. Es el caso de “Señales de vida”, de Maco, que, pese a la belleza del dibujo, no logra armar una historia que valga la pena (nena recorre una playa, recoge varios cangrejos y mira una tonina) y, una vez terminada, resulta un trabajo ante todo inane. Con otro nivel de complejidad, pero no necesariamente más efectividad narrativa, “Blancarena”, el aporte de Alejandro Rodríguez Juele, no pasa de una anécdota familiar con evidente valor afectivo para su creador pero poco interés para el lector, que se encuentra con las alternativas de la creación de un balneario en el departamento de Colonia en 1948, con la muerte de uno de sus pioneros (lo cual indudablemente habría funcionado mejor en un relato más largo) y, cuando empieza a volverse urgente un desarrollo narrativo, tropieza con un anticlimático salto a 1956 y una nota final que podría pretenderse emotiva pero que, lamentablemente, no logró despertar la empatía de, al menos, este lector.
En una zona intermedia entre este conjunto de trabajos de menor nivel y los cuatro mejores cabría incluir “Malvín”, de Bea (arte y guión), que, con un dibujo rico y sugestivo, esboza una historia atendible, honesta y sentida, lamentablemente malograda por la falta de resolución o, mejor dicho, por la errada resolución que le da la última viñeta. También en esta categoría intermedia aparece “Luz”, de Fernando Ramos, un trabajo con algunos errores de guionista principiante (por momentos el peso del texto narrativo se vuelve un poco abrumador, a la vez que se intenta comprimir en las 8 páginas pautadas por la convocatoria más información de la que el pulso del Ramos guionista, por el momento, sabe manejar) pero, a la vez, con un arte especialmente interesante, en gran medida por su excelente manejo del alto contraste.
Por último, los relatos más flojos –o decididamente malos– resultan ser “Perfume de enero” (con guión de Federico de los Santos y arte de Andrés y Leonardo Silva) y “Ensueño de una tarde de verano”, (Nicolás Rodríguez Juele). Curiosamente, ambos ofrecen un nivel más que destacado a nivel del arte: tanto el trabajo de los hermanos Silva como el de Rodríguez Juele llaman la atención por su excelente factura, por desgracia completamente opacada por la insuficiencia de los guiones. En el caso de Federico de los Santos se trata de una historia indecisa, más un compendio de intenciones –y pretensiones– que un relato satisfactorio, mientras que, en lo que respecta a Rodríguez Juele, se avanza por unas páginas atendibles –o incluso promisorias– para llegar a un desenlace por completo anticlimático e innecesario, que carcome y socava las siete páginas que lo preceden y vuelve pertinente la pregunta de qué demonios pasaba por la mente de su creador a la hora de rematar la historieta.
En cualquier caso, es sabido que las muestras suelen ser desparejas en cuanto a su nivel, y la propuesta de AUCH de ofrecer un testimonio del trabajo de sus afiliados está más que lograda. En el caso de las mejores historias, se trata evidentemente de una confirmación de talentos ya probados (Santullo, Roy, Ciccariello) y, en una de las notas más positivas del libro, un excelente añadido a la creciente experiencia como guionista de Magnus, quien pasa cómodamente a integrar el grupo de los 4 o 5 mejores guionistas de la nueva historieta uruguaya, aunque debería de una vez por todas mejorar su puntería a la hora de elegir dibujantes. No es tan alentadora la perspectiva que sugieren los trabajos fallidos: en el caso de Alejandro Rodríguez Juele y Nicolás Peruzzo, empieza a resultarles urgente la creación de un trabajo al nivel de sus mejores obras (La isla elefante y Ranitas, respectivamente).


Publicada en La Diaria el 12 de febrero de 2013