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martes, 26 de abril de 2016

Misterios de cuarto cerrado, El oro del zar, El druida Merlín, Rodolfo Santullo et al

Literatura y viñetas




Va quedando claro que a la hora de pensar la producción de Rodolfo Santullo (1979) es imposible separar su trabajo literario de su trabajo historietístico. Es decir: si bien parecería cómodo hendir su obra en dos mitades y aplicar a cada una de ellas –a la que incluye las novelas Las otras caras del verano, Cementerio norte, Sobres papel manila, Aquel viejo tango, El último adiós y Matufia y a la que cuenta con Los últimos días del Graf Spee, Acto de guerra, Valizas, Cena con amigos, Zitarrosa, Cuarenta cajones y La comunidad (entre otras novelas gráficas)– procedimientos de lectura más o menos diferenciados, atentos a las particularidades de los lenguajes literario e historietístico, es sin duda más interesante ensayar una mirada más abarcadora y buscar elementos en común y patrones reiterados. De hecho, uno de los puntos más notorios de interés en cuanto al proyecto creativo del autor de Matufia es la manera en que ciertos códigos aparecen como intercambiables a una lectura atenta de sus novelas, cuentos e historietas. Esos códigos están claros: el uso marcado de los lugares comunes de ciertos géneros como elementos fundamentales de la estructura narrativa, el conocimiento extensivo de esos géneros en tanto corpus de obras y de procedimientos, el relato (la “historia bien contada”) como valor fundamental y la apuesta por el artesanado y la profesionalidad (lo confiable, lo versátil, lo consistente, digamos).

Vamos a tomar como punto de partida o pretexto para ilustrar esto tres de las últimas publicaciones de Santullo: Misterios de cuarto cerrado, El oro del zar y El druida Merlín: el porquerizo y el ladrón, aparecidas en distintos momentos de la segunda mitad de 2015 y este año efectivamente distribuidas en Montevideo.

La primera cuenta con el arte de ocho dibujantes: Leandro Fernández, Juan Ferreyra, Kwaichang Kráneo, Lisandro Estherren, Juan Manuel Tumburús, Roberto Viacava, Matías Bergara y Oscar Capristo, y se propone adaptar ocho cuentos clásicos incorporables al subgénero de la ficción policíaca señalado por el título. Hay, entonces, una doble operación de intervención literaria: Santullo parte de entender a los misterios de cuarto cerrado como un subgénero por derecho propio dentro del policial  y de que su lugar dentro de la o las tradiciones que los incorpora es privilegiado; esto, por más obvio o banal que pueda parecer a un lector experto en la narrativa policial, es sin lugar a dudas una operación de lectura, y por tanto una manera de, como ya he dicho, intervenir en un género literario desde un lugar que en principio le es más o menos ajeno, como ser la historieta. Es decir: trazar un puente, un espacio en común desde el que circular e influir ambos campos. Y la otra mitad de la operación señalada es la selección, porque Santullo confecciona algo parecido a un canon. Y allí aparecen Edgar Allan Poe (con “La carta robada” y “Los crímenes de la Rue Morgue”), G.K.Chesterton (con “La forma equívoca” y “El hombre invisible”, ambos parte del ciclo del Padre Brown), Arthur Conan Doyle (con “El jorobado” y “La banda de lunares”), Wilkie Collins (con “Una cama terriblemente extraña”) y Jacques Futrelle (con “El problema de la celda 13”). Los nombres convocados son sin duda ineludibles, y por eso llama la atención la incorporación de Futrelle, que podría parecer una figura de segunda fila. De hecho, Santullo, desde su prólogo, reclama una revaloración de la obra de este escritor y periodista estadounidense nacido en 1875 y muerto en el naufragio del Titanic.

La adaptación opera reduciendo los relatos al esquema más puramente narrativo –prescindiendo de otros valores posibles– y, en general, funciona muy bien. Hay, por supuesto, momentos más logrados que otros (la excelente adaptación del cuento de Futrelle vale como ejemplo de lo mejor del libro), pero también interviene acá la calidad del arte gráfico incorporado, que tiene grandes momentos en los aportes de Matías Bergara, Leandro Fernández y Roberto Viacava.

El corazón de la aventura
Habíamos señalado que Misterios de cuarto cerrado elabora algo así como un mini-canon de la narrativa policial. El género, por cierto, termina por convertirse en una marca personal del autor, sin duda alguna el exponente más destacado de este género en la nueva narrativa uruguaya. Pero cabría además pensar que hay en las lecturas implícitas en la obra de Santullo una atención especial dedicada a la obra de ciertos narradores decimonónicos y de la primera mitad del siglo XX, aquellos que también –a diferencia de una tradición más modernista o flaubertiana o del nonsense– partieron de la anécdota y “la historia bien contada” como valor fundamental. En esa lista cabe encontrar, por supuesto, a los escritores que aportaron al género de “aventuras”: Verne, Salgari, cierto Wells, Conan Doyle, Ridder Haggard, entre otros.

El diálogo con ese conjunto de autores es especialmente notorio en el segundo de los libros a considerar acá, El oro del zar, historia de aventuras (en formato además de novela histórica, ambientada en la guerra ruso-japonesa) que nos permite vislumbrar algo así como otro de los mecanismos fundamentales en la obra de Santullo. Se trata, como ya fue adelantado, de un uso particular del lugar común o el cliché, reintegrado a su función estrictamente narrativa. Esto ya había sido notorio en obras tempranas, como en Los últimos días del Graf Spee y su femme-fatale y su protagonista despistado. En El oro del zar, de hecho, el conjunto está anunciado incluso desde el prólogo: tenemos otra femme-fatale, rubia y alemana, tenemos un durísimo coronel ruso, un científico bonachón, un irlandés simpático y pleno de recursos y un grupo de mongoles misteriosos y llenos de honor. Así expuesto parecería aportar a una crítica posible; sin embargo, en las páginas del libro, estos clichés funcionan. Y, por cierto, entretienen. Se los percibe, en última instancia, como personajes de una suerte de comedia del arte de la narrativa de aventuras, una versión estilizada (y por tanto cargada de lecturas, intertextual y metanarrativa) de los clásicos (y los géneros) que están en la base de la formación de Santullo como escritor o en su espectro de lecturas.

Dicho de otro modo: Santullo cumple. Si algo se puede decir del guión de El oro del zar es que en líneas generales es correcto, satisfactorio, a todas luces bien logrado. Quizá no abundan los momentos brillantes –en el sentido de descollantes o “geniales”, pero la clave acá es que en principio no tiene por qué haberlos, en tanto lo que se busca es otra cosa. Además de entretener al lector, hay una evidente construcción del autor como un profesional, un creador versátil, un artesano (como opuesto al “artista” en este contexto particular), valores que aparecen notoriamente en otros guionistas de historietas contemporáneos de Santullo, entre ellos Nicolás Peruzzo y Pablo “Roy” Leguisamo, también preocupados ante todo por esa buena factura de sus historias. Valores, en última instancia, que Santullo maneja con soltura y aplomo.

Por supuesto que es ineludible el arte de Marcos Vergara, que encuentra en El oro del zar uno de sus mejores momentos. Más allá de la expresividad del dibujo y la hábil narrativa visual (ver la página 93 como un gran ejemplo del diálogo cine-historieta, por cierto), Vergara dispuso en las páginas de esta novela gráfica un más que interesante juego de registros: por un lado la “suciedad” gráfica de las historietas de aventuras más clásicas (Dante Ginevra, en el prólogo, invoca a los italianos Dino Battaglia y Sergio Toppi), con sus colores planos y sus errores de registro, y, por otro, el subtitulado amarillo de los VHS, que en El oro del zar es usado para traducir diálogos en japonés.


Leyenda en entregas
Queda para el final El druida Merlin: el porquerizo y el ladrón. En este libro opera también una adaptación,  al menos en un grado de relación con una fuente literaria intermedio entre la traducción a la historieta de relatos clásicos en Misterios de cuarto cerrado y la inspiración en un género o subgénero (las aventuras) considerado como un campo de recursos narrativos y tipos de personaje en El oro del zar. Hay, es decir, una fuente literaria y/o cinematográfica –podría ser La muerte de Arturo, de Thomas Mallory, o Los hechos del rey Arturo y sus nobles caballeros, de John Steinbeck, o La espada y la piedra, el clásico de Disney, o la insuperable Excalibur de John Boorman– y un juego de variaciones trazado sobre ella: acá se trata de la infancia de un Merlín posible, con su iniciación a la magia en un formato que remite a las historias de “origen” del comic de superhéroes. Aparecen también los lugares comunes del género de iniciación y de los “orígenes” junto al vasto repertorio de la alta fantasía o la fantasía épica, “cambiapieles” (seres que pueden mudar de apariencia humana a animal) y la más o menos marcada sensación de un destino que aguarda al protagonista. Como en las otras historietas que comentamos y, en general, en la obra narrativa de Santullo, esos lugares comunes son insertados hábilmente a la peripecia del protagonista, de manera que, si bien se los asimila fácilmente como clichés, no llegan a operar en detrimento del goce del lector.

Es cierto, sin embargo, que en el caso particular de El druida Merlín puede llegar a parecer un poco insuficiente en términos de elaboración, como si valiera la pena pedirle más al guionista; se trata, por cierto, de la primera entrega de una serie, así que espacio para desarrollo hay, y además cabe tener en cuenta que el libro ha sido publicado en una colección dirigida a lectores jóvenes. Además, Santullo quizá no se plantea revolucionar o llevar al límite o “trascender” los géneros que practica ni ofrecer la Gran Novela Uruguaya, Rioplatense o Latinoamericana, sino más bien trabajar de manera competente, sólida y consistente, pero por  su ya probado talento es que vale la pena pedirle un poco más que lo que ofrece en El druida Merlín. En cualquier caso, la belleza del trabajo de Jok (que acá prescinde de su fuerte, las delicadas coloraciones, y ofrece un soberbio blanco y negro de alto contraste) hace que el libro valga la pena y que tengamos más motivos para esperar los volúmenes que le seguirán en la saga propuesta. ¿Ejemplos de su buen hacer? Por supuesto: la página 13, la página 61 y las páginas 34-35, todas ellas magistrales.

Publicada en La Diaria el 9 de marzo de 2016


jueves, 30 de mayo de 2013

La mudanza, Nicolás Peruzzo, y Las andanzas de Vlad Tepes, Silvio Galizzi & Matías Bergara



Seguir editando

La historieta local parece haber entrado en una fase de proliferación y asentamiento de proyectos editoriales. Siguiendo el camino trazado hace ya unos cuantos años por Grupo Belerofonte, Dragon Comics (dirigida por Pablo “Roy” Leguisamo y Beatriz “Bea” Liebner) y Ninfa Comics (dirigida por Nicolás Peruzzo) han propuesto en los dos últimos años trabajos no firmados por sus directores, apostando así por el establecimiento de un catálogo sólido. Así, el año pasado Dragon Comics publicó el desopilante Zombess, del gallego Abel Alves, y en lo que va de este 2013 han aparecido –presentados en la convención Montevideo Comics– Las andanzas de Vlad Tepes (con guión de Silvio Galizzi y arte de Matías Bergara), en Ninfa, y El viejo (guión de Alceo Thrasyvoulou y arte de Matías Bergara y Richard Ortiz), en Dragon. Esta nota comentará el primero de los libros mencionados y, además, La Mudanza, también publicado por Ninfa Comics y escrito y dibujado por Nicolás Peruzzo.

Chistes de vampiros
Como es sabido, la historia y la leyenda de Vlad Tepes –príncipe o Voivoda de Valaquia (actual Rumania) entre 1456 y 1462– inspiraron a  Bram Stoker su célebre Drácula. Silvio Galizzi –primero en dos películas que se proponen a sí mismas como “de culto” y “hechas entre amigos”, Sangre en La Mondiola, de 2005, y La balada de Vlad Tepes, de 2009, ambas dirigidas por Guzmán Vila y protagonizadas por el propio Galizzi como el vampiro– viene llevando a la historieta su versión del personaje desde hace ya unos dos años. El apoyo de Matías Bergara es decisivo: el mayor interés del libro –por otra parte hermosamente editado por Ninfa Comics y con la participación de dibujantes invitados de la talla de Enrique Alcatena y Gustavo Sala– está en el arte gráfico, que nos ofrece páginas y viñetas que se encuentran sin lugar a duda entre lo mejor de la historieta nacional contemporánea. A la vez, el punto débil del libro es notoriamente el guión de Galizzi.

Para matizar y repensar la última afirmación se puede proponer que la lectura de Las Andanzas de Vlad Tepes deja claro que la trama y los personajes en rigor no importan. Una tras otra las historias presentadas en el libro nos cuentan que 1) Tepes, por ser Tepes, detesta o desprecia a tal o cual persona y que 2) esa o esas personas son eventualmente asesinadas por Tepes. Las “Andanzas Breves” incluidas en la segunda mitad del libro, entonces, pueden leerse desde los códigos de cierto humor gráfico en el que la repetición de una fórmula es lo esperado y lo esperable. 

El relato principal y más largo del libro (titulado “Érase una vez en La Mondiola”) parece ser propuesto como una narración más ambiciosa, con referencias históricas incluidas (a la cruzada contra los Cátaros), flashbacks y un “origen” –o casi– del personaje, además del establecimiento de la pareja cómica a la Abott y Costello que encarnan Tepes y Negreira. El esquema, sin embargo, es muy similar al de las “Andanzas Breves”. Es verdad que por momentos la de “Érase una vez…” es una narración más sólida, en gran medida gracias al talento de Matías Bergara como narrador visual, pero, en última instancia, el relato es desprolijo y su ritmo es tentativo, irregular. De hecho, la narración invariablemente se detiene o enlentece para redundar en la “maldad” de Tepes, en sus asesinatos (p.34, por ejemplo), no sólo no aportando gran cosa a la trama sino, de hecho, rompiendo el ritmo narrativo una y otra vez. Esa reafirmación continua del personaje es, en última instancia, el objetivo de las “Andanzas Breves”, y el intento de proliferación de asuntos o de magnificación de la trama visible en “Érase una vez…” no termina de cuajar en una historia planteada desde otros códigos. Evidentemente no tiene por qué hacerlo, claro está, aunque por momentos parece intentarlo. En cualquier caso, los fans del personaje podrán disfrutar las viñetas y pasar por alto las fallas más o menos evidentes.

Ahora bien, si pensamos entonces en Las Andanzas de Vlad Tepes como un libro esencialmente humorístico, es interesante desarrollar un poco más las características del humor propuesto. Ante todo se apela al humor negro y a la deliberada incorrección política. El libro, de hecho, insiste en este último asunto: “faltan en esta sociedad cada vez más insoportablemente volcada a lo políticamente correcto, personajes/personas con ojo crítico, que llamen a las cosas por su nombre”, leemos en la página 93, desde el texto aportado por Guzmán Vila (cabría señalar que llamar a las cosa “por su nombre” puede ser en muchas ocasiones un acto conservador y acrítico). En última instancia el libro no es “malo” porque su humor sea políticamente incorrecto  (sin duda tiene razón Soledad Platero cuando señala que “el humor es, por definición, irrespetuoso”); a la vez, tampoco es “mejor” porque su personaje nos deje una y otra vez clara su homofobia (p.71), su moralina sexual y su odio a “los niños” (p.83-85), y su desprecio por cierta literatura (p.68) y por ciertas formas de cristianismo (pp.64-65). En última instancia, es interesante también señalar que el personaje de Tepes termina convertido en más de una ocasión en una suerte de moralista, por ejemplo cuando mata, desolla y cocina a Papá Noel tras detectarle gustos pedófilos (pp.74-77) o cuando señala que “pasan los siglos pero estos hijos de puta [los predicadores cristianos] siguen cobrando cara la entrada al reino de los cielos” (p.65).

Seguir siguiendo
Nicolás Peruzzo publicó hace dos años su historieta autobiográfica Ranitas, que debe ser incluida entre lo mejor del comic nacional contemporáneo. Después de ese libro, sin embargo, Peruzzo no logró acertar con otra obra a esa altura y propuso trabajos fallidos o menores, como su aporte para el volumen colectivo Verano o también el libro Deje de afligirse, con un guión correcto pero malogrado por el dibujante escogido. 

Su flamante La mudanza, felizmente, rompe con esa situación. Además de un notorio crecimiento de Peruzzo como dibujante y colorista –basta como muestra la hermosa representación de la ciudad desolada que ofrece en varias páginas–, la construcción de la trama que encontramos en este libro, con su ritmo cuidado, su fluida presentación de paisajes exteriores y/o interiores y su tenso equilibrio entre el costumbrismo, lo fantástico y lo “psicológico”, viene a probar una vez más el talento narrativo de su autor.

Es posible que La mudanza sea el mejor de los libros presentados en el reciente Montevideo Comics. Su brevedad sin lugar a dudas casa a la perfección con una historia esencialmente sencilla –y de hecho casi imposible de resumir– pero abierta a múltiples lecturas, que reflexiona sobre seguir adelante después de una pérdida, una crisis o un cambio, un poco en la línea del “let go” (dejá ir) de la serie Lost. En cualquier caso, el componente “sapiencial” de la trama, que puede atraer lectores a una historieta con la que es fácil identificarse, no es sino uno de sus múltiples atractivos, no necesariamente el mayor, en tanto sobresalen, ante todo, el dominio de la narrativa, la economía de medios y la evidente expresividad y belleza del arte gráfico de Peruzzo. Donde la pretendida universalidad de la propuesta podría convertirse un problema –en tanto cursi o cliché en potencia–, el guión de La mudanza sale adelante airosamente. 

Las conexiones con Ranitas no son difíciles de encontrar; si bien no está explícitamente planeado de esa manera, es posible leer La mudanza como una suerte de epílogo a la anterior novela gráfica, en particular gracias a uno de los personajes con los que se encuentra el protagonista, un joven que está a punto de dejar atrás el mundo de su adolescencia. Donde Ranitas se detuvo desde el punto de vista del relato, La mudanza sigue adelante explorando ese sentimiento de pequeña muerte personal y de nueva vida que empieza a trazarse para el futuro más inmediato.

Tras esta confirmación de su buen hacer, Peruzzo se instala cómodamente como uno de los tres o cuatro guionistas más talentosos del momento. A la vez, el esmerado trabajo en los libros de Ninfa Comics –tanto en La mudanza como en Las andanzas– comprueban que su proyecto editorial está vivo y en crecimiento.

Publicada en La Diaria el 30 de mayo de 2013

martes, 12 de febrero de 2013

Verano, varios autores



De la temporada
 
Las virtudes de la muestra de historietas Verano, organizada por AUCH (Asociación Uruguaya de Creadores de Historietas), resultaron evidentes al jurado que falló en la categoría Relato Gráfico de los Fondos Concursables 2012 del MEC, integrado por quien esto escribe, José Gabriel Lagos y Alfredo Soderguit: el proyecto valía la pena en tanto repertorio de la obra de un grupo de historietistas que viene publicando y creciendo desde, más o menos (algunos más, otros menos), mediados de la década de los dosmiles y en tanto plataforma para mejorar la visibilidad del trabajo de guionistas como Martín “Magnus” Pérez o para consolidar la solidez en el desempeño de creadores como Pablo “Roy” Leguisamo. Verano es, entonces, en su conjunto, un aporte interesante y atendible a la historieta uruguaya “nueva” o “joven”.
Una vez con el libro en las manos, sin embargo, queda habilitada una mirada más de cerca, relato por relato, que evidencia (después de constatar algunos fallos notorios en la diagramación y en la disposición de las historietas) un nivel dispar. Hay, ante todo, cuatro aportes sólidos, que justifican para cualquier lector la compra del libro: se trata de los relatos con guiones de Pérez, Leguisamo (el primero de los dos que son incluidos), Ciccariello y Santullo.
El mejor de este grupo posiblemente sea “More tan meets the eye”, escrito por Pablo Leguisamo y dibujado por Alejandro Figueroa, a cuyo atractivo arte se suma un guión hábilmente resuelto, llevado con buen pulso y preparando a la perfección la vuelta de tuerca del final. 8 páginas, entonces, aprovechadas al máximo.
Sigue “Noche de vértigo”, el aporte de Rodolfo Santullo (guión) y Matías Bergara (arte), que además de contar con solvencia una historia interesante logra generar en el lector una buena dosis de empatía por sus personajes. La última página, además, está entre los trabajos más bellos y expresivos de Bergara.
Una de las historietas más llamativas del libro es “Cantera”, de Gabriel Ciccariello, un historietista sin lugar a dudas interesante que, lamentablemente, ha sido muy poco prolífico en los últimos años. Este trabajo llama la atención no sólo por su bello colorido sino por su distintiva construcción de la narrativa, que apela al contraste entre las páginas dialogadas y las presentadas en torno (casi como si fueran ilustraciones) a grandes bloques de texto.
Por último, el relato de Martín “Magnus” Pérez (guión) y Carlos Lemos (arte), propone una historia interesante, que llama la atención por ser la única pensada desde un género concreto –en este caso la ciencia ficción– y por descartar lo que podríamos pensar un enfoque más costumbrista o incluso autobiográfico o autoficcional. Se trata, además, de una confirmación más de la versatilidad narrativa de Pérez, quizá el guionista “nuevo” que más ha crecido en los últimos dos años; su punto débil, sin embargo, está en el arte de Lemos, que en muy pocas ocasiones supera un nivel más apto para un fanzine. Si bien presenta un número no deleznable de aciertos (la expresividad en los rostros y algunas viñetas puntuales, como la tercera de la séptima página o la que remata la historieta), el balance –en gran medida por el poco trabajo dedicado, en general, a los fondos y los detalles– es negativo, lo que no sucede en lo más mínimo con el guión.
Verano también incluye un grupo de historietas que cabría pensar como fallidas. Por ejemplo, “Morrison Vive”, de Nicolás Peruzzo –a todas luces un capítulo desgajado de su excelente Ranitas–, se ve seriamente perjudicada por la estructura no lineal elegida por su autor a la hora de presentar la trama. Tratándose de una anécdota simple (un grupo de chicos que pintan “Morrison vive” en la fachada de una casa y son perseguidos por sus dueños), la necesidad de “complicarla” un poco, en este caso, sólo logró empañar el disfrute del relato. Del mismo modo, “Lo último que se pierde”, de Leguisamo (guión) y Lisandro Di Pasquale (arte), quizá la más floja de este conjunto, podría haber resultado un relato más satisfactorio de no ser por el bajo nivel del dibujo de Di Pasquale, que no logra cuajar el potencial emotivo de la historia y, además, falla notoriamente en elementos puntuales (la protagonista parece una mujer de 20y pico de años en su primera aparición y una adolescente de 15 en adelante, por ejemplo); un dibujo más competente hubiese convertido a este relato en un momento sólido del libro, sin lugar a dudas.
Otros de los trabajos presentados, sin fallas demasiado evidentes, parecen poco interesantes. Es el caso de “Señales de vida”, de Maco, que, pese a la belleza del dibujo, no logra armar una historia que valga la pena (nena recorre una playa, recoge varios cangrejos y mira una tonina) y, una vez terminada, resulta un trabajo ante todo inane. Con otro nivel de complejidad, pero no necesariamente más efectividad narrativa, “Blancarena”, el aporte de Alejandro Rodríguez Juele, no pasa de una anécdota familiar con evidente valor afectivo para su creador pero poco interés para el lector, que se encuentra con las alternativas de la creación de un balneario en el departamento de Colonia en 1948, con la muerte de uno de sus pioneros (lo cual indudablemente habría funcionado mejor en un relato más largo) y, cuando empieza a volverse urgente un desarrollo narrativo, tropieza con un anticlimático salto a 1956 y una nota final que podría pretenderse emotiva pero que, lamentablemente, no logró despertar la empatía de, al menos, este lector.
En una zona intermedia entre este conjunto de trabajos de menor nivel y los cuatro mejores cabría incluir “Malvín”, de Bea (arte y guión), que, con un dibujo rico y sugestivo, esboza una historia atendible, honesta y sentida, lamentablemente malograda por la falta de resolución o, mejor dicho, por la errada resolución que le da la última viñeta. También en esta categoría intermedia aparece “Luz”, de Fernando Ramos, un trabajo con algunos errores de guionista principiante (por momentos el peso del texto narrativo se vuelve un poco abrumador, a la vez que se intenta comprimir en las 8 páginas pautadas por la convocatoria más información de la que el pulso del Ramos guionista, por el momento, sabe manejar) pero, a la vez, con un arte especialmente interesante, en gran medida por su excelente manejo del alto contraste.
Por último, los relatos más flojos –o decididamente malos– resultan ser “Perfume de enero” (con guión de Federico de los Santos y arte de Andrés y Leonardo Silva) y “Ensueño de una tarde de verano”, (Nicolás Rodríguez Juele). Curiosamente, ambos ofrecen un nivel más que destacado a nivel del arte: tanto el trabajo de los hermanos Silva como el de Rodríguez Juele llaman la atención por su excelente factura, por desgracia completamente opacada por la insuficiencia de los guiones. En el caso de Federico de los Santos se trata de una historia indecisa, más un compendio de intenciones –y pretensiones– que un relato satisfactorio, mientras que, en lo que respecta a Rodríguez Juele, se avanza por unas páginas atendibles –o incluso promisorias– para llegar a un desenlace por completo anticlimático e innecesario, que carcome y socava las siete páginas que lo preceden y vuelve pertinente la pregunta de qué demonios pasaba por la mente de su creador a la hora de rematar la historieta.
En cualquier caso, es sabido que las muestras suelen ser desparejas en cuanto a su nivel, y la propuesta de AUCH de ofrecer un testimonio del trabajo de sus afiliados está más que lograda. En el caso de las mejores historias, se trata evidentemente de una confirmación de talentos ya probados (Santullo, Roy, Ciccariello) y, en una de las notas más positivas del libro, un excelente añadido a la creciente experiencia como guionista de Magnus, quien pasa cómodamente a integrar el grupo de los 4 o 5 mejores guionistas de la nueva historieta uruguaya, aunque debería de una vez por todas mejorar su puntería a la hora de elegir dibujantes. No es tan alentadora la perspectiva que sugieren los trabajos fallidos: en el caso de Alejandro Rodríguez Juele y Nicolás Peruzzo, empieza a resultarles urgente la creación de un trabajo al nivel de sus mejores obras (La isla elefante y Ranitas, respectivamente).


Publicada en La Diaria el 12 de febrero de 2013

miércoles, 13 de junio de 2012

metacrítica de "Dengue", de Rodolfo Santullo y Matías Bergara

He estado leyendo algunas de las reseñas de Dengue (guión de Rodolfo Santullo, arte de Matías Bergara) publicadas hasta la fecha, descartando las emitidas únicamente como noticias o las que se limitan a exponer brevemente el argumento. Las que surgen en una búsqueda más o menos exhaustiva y operando desde la criba recién señalada, hasta la fecha, son:
"Dengue", firmada por "El penitente" para el portal Multiverseros.com;
"Dengue, Rodolfo Santullo y Matías Bergara", por Leonardo Cabrera para el blog Club de Catadores;
"Ilustrados y valientes" (que también pasa revista a otras publicaciones recientes), por María José Santacreu para el semanario Brecha;
"Dos novelas gráficas en el tiempo" (que tambíen comenta Cardal, de Bentancor&Ginevra), en El Observador;
"Dengue, de Rodolfo Santullo y Matías Bergara", de mi autoría para La Diaria y mis blogs Partículas Rasantes e Historietas Rasantes.

La reseña en Multiverseros.com parte de constatar el lugar privilegiado que ocupa el comic histórico en el panorama de la historieta uruguaya reciente y refiere a un "resurgimiento" de la producción historietística en nuestro país, tema sin lugar a dudas interesante y que, en mi opinión, no ha recibido (no me refiero puntualmente a esta reseña en particular) hasta ahora un análisis más profundo. Esta "tendencia", continúa el reseñista, ha sido de alguna manera apuntalada por el trabajo de Bergara y Santullo (con Los últimos días del Graf Spee y Acto de guerra), que, en el caso de Dengue, vira hacia otro género más desatendido: el "policial de ciencia ficción". Es interesante que se considere un género a esa categoría; ejemplos, en todo caso, no faltan, desde los clásicos de Asimov (El sol desnudo, Bóvedas de acero) a los cuentos de Arthur Clarke de la "Taberna del Ciervo Blanco", que hacen uso de procedimientos de la novela policial clásica en un contexto de ciencia ficción. Más recientemente cabe nombrar a China Miéville (con su policial cuasi fantástico o slipstream The city & the city) y a Michael Chabon (con su ucronía noir El sindicato de policía yiddish). En cualquier caso, la reseña comienza enmarcando a Dengue dentro de un género claramente apreciable, para pasar después a afirmar -con innegable acierto- que ese género no estaba bien representado en el contexto de la historieta nacional. La lectura del reseñista sigue resaltando que el prólogo de Ian Watson prepara con eficiencia al lector para lo que seguirá:
Epidemias, mutaciones, virus de laboratorio, y los más sucios instintos humanos. En definitiva, rasgos de un futuro distópico que durante años vivieron en el imaginario de la ciencia ficción, pero que cada vez más parecen estar a la vuelta de la esquina.
Me interesa en especial la última afirmación: el reseñista parece sugerir que elementos propios de la ciencia ficción (o de cierta ciencia ficción) ya han pasado a ocupar las casillas de nuestro presente; esto, indudablemente, nos abre la posibilidad de preguntarnos hasta qué punto Dengue transcurre en un futuro apreciable como tal, un futuro con "marcas", digamos. Sobre este tema aclara el reseñista que "Dengue transcurre en un Montevideo que se intuye pertenece a un futuro próximo (y digo “intuye” porque en ningún momento se da una referencia exacta del año en que se desarrolla la historia)". Las marcas de "futuro" entonces quedarían implícitas. ¿Pero implícitas en qué? Dado que no hay muestras de tecnología diferente particularmente visibles (excepto la cubierta del Estadio Centenario, que, en todo caso, es posible en nuestro presente), ese inscribirse de la ficción en el futuro cercano dependerá de otro tipo de marcas: marcas de género quizá, y en el caso de Dengue son abundantes: catástrofes (al estilo de El día de los trífidos, por ejemplo) y mutantes (al estilo del subgénero biopunk, por ejemplo) parecen asegurarnos que la obra pertenece a la ciencia ficción y, por tanto, al futuro cercano.
La reseña prosigue comentando las primeras páginas de la novela gráfica, y de paso aproximándola a otro relato que la precede ("en cierta forma recuerda a los primeros minutos de The Happening, subvalorada película de M. Night Shyamalan"); la última página, añade, incluye un "detonante" para la ficción policial. Este crimen, sin embargo, sería sólo la "punta del iceberg" de una conspiración gubernamental. Es interesante que esto no sea tomado estrictamente como una marca de género por el reseñista, pero es cierto que no las "ficciones sobre conspiraciones" no parecen configurarse en un género en sí mismo (de otro modo habría una categoría que tendría a The illuminatus! trilogy como arquetipo) sino que dependen de un núcleo genérico que funcione como atractor, en el caso de Dengue el relato policial. A partir de estas tres primeras páginas comenzaría el "hilo" del relato, que según el reseñista es "interrumpido" por el capítulo segundo, "a priori un tanto descolgado del resto", aunque se afirma de inmediato que ese episodio "pone de manifiesto, explícitamente, la manera en que la nueva vida casi en aislamiento afectó a los habitantes de la ciudad"; el reseñista, entonces, detecta un pliegue en ese segundo episodio, una diferencia, digamos, pero la justifica en tanto obedece a un propósito narrativo. Volveré sobre esto más adelante.
Tras comentar un poco más de la trama y los personajes, el reseñista hace dos afirmaciones interesantes: 1) que la trama de Dengue es un poco previsible -y que esa previsibilidad "no disminuye el disfrute y la valoración de la obra"; 2) que "Santullo no teme caer en los distintos clichés de los géneros de los que se vale, y al mismo tiempo, los utiliza como una herramienta para canalizar los momentos más humorísticos, que dan respiro a aquellos de mayor densidad dramática". También volveremos a esto último, al comentar la reseña de Leonardo Cabrera y la de María José Santacreu.

El reseñista prosigue considerando el estilo de Bergara (y señala que en general los dibujantes no son quienes reciben la mayor cantidad de líneas en las reseñas o críticas, quizá porque quienes las escribimos -me atrevo a sugerir como respuesta, basándome en mi limitada experiencia- solemos no tener una experticia real en ilustración -y sí, más o menos, en narrativa-, más allá de ser capaces de reconocer alguna que otra pauta evidente), resaltando su evolución (desde Los últimos días del Graf Spee, cabe pensar) pero presentándola no como un hecho "absoluto" sino en relación a la capacidad de Bergara de "reinventarse para adaptarse a las exigencias de la historia", una apreciación interesante en sí misma, en tanto sugiere, en mi opinión de manera muy acertada, que cada historia lleva una suerte de "estilo implítico", y que parte del buen hacer de Bergara como artista consiste en detectar ese estilo y modularlo a sus capacidades y preferencias.
La reseña finaliza resaltando los valores narrativos de Dengue (en tanto "una historia bien contada") y estableciendo que otro elemento de su valor está en la caracterización, modulada no tanto a la complejidad de los personajes sino, más bien, a su credibilidad.

La reseña de Santacreu es más breve, en tanto pertenece a un artículo en el que se comentan varias publicaciones, y parte de establecer a Dengue como la mejor obra de Santullo. Entre las razones ofrecidas para esta caracterización están: 1) Dengue sería "literatura de género en estado puro (policial, ciencia ficción)"; 2) en Dengue Santullo se libera de los requerimientos del género histórico para "dar rienda suelta al puro disfrute de escribir una historia inventada"; 3) "se burla de los clichés de los géneros utilizándolos a mansalva". Debo admitir que no entiendo del todo esta justificación; para empezar, si Dengue fuera "género en estado puro" y por tanto "ciencia ficción en estado puro" (cosa que no existe, por otra parte; si lo es "El sonido de un trueno" no lo es Muero por dentro, por ejemplo; si lo es "La última pregunta" no lo es 334 -ver mi partícula del 7 de junio para una problematización de un concepto similar al de "ciencia ficción en estado puro"), cabría juzgar la resolución del argumento por las pautas de esa "ciencia ficción pura"; si se tratara de las pautas de la CF clásica, entonces Dengue, con su falta de "explicación" de las mutaciones y sus hechos más o menos pasados por alto (como por qué el "Príncipe" de los mutantes tiene aspecto casi enteramente humano mientras que los otros son monstruos horribles), resultaría una obra sumamente chapucera. Si la modulamos hacia otro tipo de CF ya no clásica (la "catastrofista" al estilo Ballard o Aldiss, digamos), entonces en Dengue hay, asimismo, pocos detalles y mínimo desarrollo del hecho "catastrófico" básico (se juega con elementos "solidarios" a la catástrofe, como el cambio climático, por ejemplo, pero siempre a título más bien connotativo). En otras palabras: creo que Santacreu se equivoca al pensar que Dengue es "género en estado puro" (en ese sentido me parece más fértil la lectura del reseñista de Multiverseros: "Santullo no teme caer en los distintos clichés de los géneros de los que se vale"); ella misma parece sugerirlo cuando dice que Santullo "se burla de los clichés de los géneros": eso hablaría, si fuera a todas luces cierto (como lector no encontré ninguna intención paródica en plan burla, pero es mi acercamiento particular al texto, no estoy diciendo que no sea posible leerlo como lo hizo Santacreu), de un gesto más bien de tipo irónico o de distanciamiento frente al género, lo cual se contradice con lo de "género en estado puro". Tampoco me convence que Santullo haya mejorado por abandonar ataduras que lo constreñían; en Valizas, por ejemplo, esas ataduras se prestan a una obra quizá incluso mejor lograda que Dengue, sin que se abandone el "feeling" histórico. Quizá para la lectura de Santacreu, Dengue es un aporte interesante porque, pese a usar "a mansalva" tantos clichés, lo hace desde una postura de "burla"; esto no sólo no es evidentemente cierto sino que, además, implicaría una serie de actitudes asumidas frente a las parodias y los géneros; si Santullo no se hubiera "burlado" del género policial o de la ciencia ficción sino meramente emplear sus clichés, ¿su obra no sería tan "buena"? Eso parece atentar contra la idea de "género en estado puro", una vez más, salvo que para Santacreu los "géneros en estado puro" no valgan tanto la pena como las "burlas" (lo cual es una actitud válida, más allá de que no sea la que yo asumiría).
El resto de la reseña glosa levemente el argumento, aportando una referencia a la película Sector 9, que también trabaja la noción de interacción entre especies. De Bergara se limita a señalar que no sería raro que "pasara a dibujar para DC". Se trata, en mi opinión, de un texto escrito con prisas, que no hace un verdadero aporte a la lectura de la novela gráfica.

La reseña de Leonardo Cabrera comienza en plan un poco didáctico, aportando ciertas pautas del ciclo infeccioso del dengue; es cierto que este conocimiento en principio aporta a la comprensión de la novela gráfica, pero ese aporte resulta relativamente innecesario, en mi opinión. En cualquier caso, la reseña se instala plenamente a continuación: Cabrera comenta la premisa del argumento y señala un defecto: "y quizá sea este punto uno de los que el lector puede echar en falta, el de la premisa pseudo-científica que habría merecido un desarrollo mayor". Esta afirmación merece que la consideremos más detenidamente. Es posible que una manera de justificarla sea apelando a, una vez más, la evidente pertenencia de la novela al género ciencia ficción; Cabrera seguro tiene presente cierto tipo de ciencia ficción, la más bien "clásica" o incluso "dura", que demanda explicaciones científicas ("pseudo-científica" no es una elección muy feliz de término, en tanto connota "pseudociencias" como la astrología o la homeopatía, que evidentemente quedan descartadas como mecanismo que genere verosimilitud en el paradigma clásico de la ciencia ficción) a los elementos extraños de la trama. Es decir, si una nave espacial acelera a una velocidad superior a la de la luz hay que explicar cómo; una manera de hacerlo es apelando a un cliché de género, como el "hiperespacio" o los "atajos interdimensionales" o los "agujeros de gusano"; estas pautas consagradas ("hiperespacio", creo, fue una creación de Asimov en su saga Fundación); a nadie se le ocurre pedirle a un escritor de CF una explicación consistente con la mecánica cuántica y la teoría de la relatividad, expresada en un buen número de ecuaciones, de cómo diablos funciona el hiperespacio: se acepta el lugar común del género en tanto se está dentro de una tradición, un género. En ese sentido, Dengue no necesariamente necesita explicaciones: puede apelar a lugares comunes de la CF como los mutantes o a ideas más o menos consabidas como el hecho de que los virus mutan; si Dengue fuera declaradamente CF dura, Cabrera tendría razón, sin lugar a dudas; pero Santullo no hace esa propuesta genérica: en todo caso, sí trabaja desde una hibridación (policial/ciencia ficción), de modo que, una vez más, la idea de "géneros en estado puro" de Santacreu parece chocar -ahora de acuerdo a otro sentido posible- con la novela gráfica. Es posible, en todo caso, que Cabrera se saltee las nociones de género y asuma simplemente que la verosimilitud del texto (insisto: más allá de su condición de ciencia ficción) está comprometida por la falta de explicaciones de tipo científico o cientificista. La preocupación por lo verosímil es, de hecho, una constante en sus reseñas para Club de Catadores, por lo que, desde esa perspectiva, su afirmación sobre Dengue parece justa. Un lector que -ciencia aparte- busque más solidez en la presentación de ciertos hechos en la trama tiene derecho a señalar como defectos algunos elementos de esta novela gráfica.
Cabrera continúa resaltando la hibridación de ciencia ficción y policial, y señala ciertos aciertos en la caracterización, en este caso mediante los aportes de Matías Bergara. Después se detiene -como la reseña de Multiverseros- en el capítulo dos, y también encuentra que su inclusión a la obra requiere cierta explicación o justificación:  "(el segundo capítulo) parece estar allí más que nada para permitir el lucimiento de las dotes detectivescas de Pronzini en un caso que sirve, también, para que Bergara muestre el Estadio Centenario cubierto por una cúpula y realice una estampa que recuerda al gol de Ghiggia en Maracaná", escribe. Tanto el reseñista de Multiverseros como Cabrera, entonces, señalan que la inclusión del episodio es, como mínimo, problemática; ambos, sin embargo, encuentran elementos para justificarla: su uso como manera de explicitar ciertas pautas de la Montevideo de la ficción, para Multiverseros, y la construcción del personaje de Pronzini, para Cabrera (es evidente que poder dibujar el Centenario con una cúpula no es una verdadera justificación).
Dengue parece invitar a sus reseñistas a incorporar referencias al cine. Lo hace Santacreu, lo hace el reseñista de Multiverseros y también lo hace Cabrera, que compara a la periodista Valeria Bonilla con Nicole Kidman en Todo por un sueño; otra afirmación, más de corte estructural digamos, es la vinculada a las referencias, precisamente, al cine y a la cultura popular. La lectura de Cabrera las convierte, con acierto en mi opinión, en desahogos humorísticos y, a la vez, metatextuales:
El distanciamiento humorístico que Pronzini realiza de manera sistemática tiene más de una lectura. Por un lado, funciona en el guión como válvula de escape a la tensión. El tema de “Dengue” bien habría podido volverse excesivamente lúgubre, de no ser por estas intervenciones. Por otro lado, las referencias esas referencias humorísticas se apoyan casi siempre en la mención de cierta cultura audiovisual, estableciendo un diálogo cruzado con ese bagaje que el lector trae consigo y volviéndolo evidente. Esto lo convierte en un personaje auto-consciente de su condición de criatura ficticia y de su rol en la historia
 De hecho, es especialmente lúcida la lectura de Cabrera en el momento en que señala " De ahí que [Pronzini] no pueda ser catalogado como un personaje estereotipado, sino, en todo caso, de un personaje con cierta vocación paródica"; en ese sentido, la lectura del uso de clichés o lugares comunes como estrategias de acercamiento al lector que no se agotan en sí mismas, fue especialmente evidenciada en esta reseña de Leonardo Cabrera.


La reseña publicada en El Observador no hace grandes aportes; comenta vagamente el argumento y señala -como parece ser norma- una referencia cinematográfica, estableciendo que el apellido del protagonista es una referencia al autor de novelas policiales Bill Pronzini (al que Santullo indudablemente conoce, en tanto es un notorio conocedor del género). También se menciona al prologuista Ian Watson, una referencia tomada además por la reseña en Multiverseros.com.


Mi primer comentario fue publicado en La Diaria, y ante todo se detiene en algunos llamadores de atención del libro: su aproximación a la ciencia ficción (poco frecuente, digamos, en el medio historietístico local, como señalaba la reseña de Multiverseros), el prólogo de Ian Watson y el espléndido trabajo de impresión a todo color. Más adelante consideré la hibridación policial/CF de la novela y me referí a la "estilización" de los personajes y de las referencias de género; en ese sentido, podría leerse, me manifesté en una actitud bastante contraria a la de Santacreu y su "género en estado puro"; mi lectura del uso de los géneros en Santullo pasa más por valorar su empleo de los lugares comunes en tanto un lenguaje que permite diferentes enunciados o construcciones posibles, sin apelar necesariamente al concepto de parodia.
En la reseña publicada ese mismo día en mi blog Partículas Rasantes, me detuve un poco más en las referencias a la cultura popular y al cine -algo ya trabajado por Leonardo Cabrera-, regresé a la lectura de Ian Watson desde su prólogo y desarrollé un poco más mi lectura del controvertido capítulo segundo, señalando que, en mi opinión, su inclusión no está justificada en un proyecto con las características de la novela gráfica publicada -y si en un eventual "crónicas del dengue" que se permitiese un buen número de relatos autoconclusivos.


En general, las reseñas consideradas coinciden (excepto la de Santacreu, que no menciona el tema, y la de El Observador, que, por lo breve, apenas debería considerarse un comentario -dejando de lado su principal aporte al ponerla en relación con  Bill Pronzini) en problematizar el capítulo 2. La de Multiverseros y la de Leonardo Cabrera terminan justificando su inclusión, mientras que la mía concluye que su presencia en el libro obedece a una lógica que no resulta del todo compatible con la de los otros episodios. A la vez, todas las reseñas coinciden en presentar Dengue como un hito más de la dupla Santullo/Bergara, y también existe cierto conseso a la hora de presentar como especialmente lograda la construcción de los personajes, aunque las razones esgrimidas no son siempre las mismas. Por último, quienes -Cabrera y yo- se detienen en los gestos metanarrativos resaltan su buen funcionamiento a la hora de funcionar como puentes hacia el lector.
El tema del acercamiento a la ciencia ficción también es una constante en las reseñas aparecidas hasta ahora; desde cierto mínimo reproche -desde la lectura de Leonardo Cabrera- hasta cierta indecisión conceptual -en la de Santacreu-, pasando por mi modulación hacia una "ciencia ficción light", el lugar de Dengue en el género y, además, en el corpus cienciaficcionero local, es uno de los asuntos más visibilizados en la novela gráfica.



martes, 12 de junio de 2012

historietas presentadas en Montevideo Comics 2011

2011 viene siendo el año del comic histórico. Valizas, de Rodolfo Santullo y Marcos Vergara, La isla elefante, de Alejandro Rodríguez Juele, y el colectivo Bandas orientales, que incluye a Federico de los Santos, Nicolas Peruzzo y otros, son un claro indicio de la buena salud del subgénero, que parece haber trepado hasta la cima de visibilidad de la historieta nacional. Podría discutirse mucho sobre las razones que propulsan esta tendencia; el cómic, como cualquier forma de arte, se mueve en un espacio pautado –para alcanzar una mayor visibilidad, difusión y lectura– por ciertos códigos de legitimación. Si comparamos el género histórico con el de superhéroes, por ejemplo, podemos concluir que el último –en Uruguay, por supuesto– es validado generalmente a través de una lectura irónica o una apuesta humorística, mientras que el primero se nutre de la “respetabilidad” inherente a los estudios históricos. Santullo suele contar que en una charla sobre su Los últimos días del Graf Spee una persona le preguntó si le parecía válido hacer “chistes” sobre algo tan importante como el hundimiento del legendario acorazado en aguas del Río de la Plata. La pregunta implicaba que toda narrativa gráfica es apenas “chistes”, es decir algo poco serio o que merece un mínimo de atención. Para convertir a esa historieta en algo “serio” hubo que apelar a valores de producción artística como el excelente dibujo de Matías Bergara o el largo trabajo de investigación histórica asumido por Santullo: es decir, si la historieta aparece vinculada a un discurso “serio” y legitimizado (que aquí además obra como legitimizador) como la Historia (con H mayúscula), adquiere una dimensión extra, un perfil de forma válida de arte narrativo. Este tipo de actitud, por supuesto, ha asesiado siempre al establecimiento del comic como forma artística en sí misma, y muchos autores han intentado (más o menos combativamente) minar esas suposiciones (lo mismo sucedió y sucede, por ejemplo, con la ciencia ficción o la fantasía heroica, en cualquier formato en que se presenten); podemos aceptar, en todo caso, que dadas ciertas características del medio cultural uruguayo, el cómic histórico parece investido de una mejor presentación, de una conexión más cercana con lo “serio” o lo “válido” en cuanto arte. No se trata de coincidir con esa postura, ni por mi parte ni por la de creadores como Juele o Santullo, pero podemos pensar que en el éxito reciente del comic histórico en nuestro país está vinculado a esa posible característica del medio cultural local. Es curioso, además, que el superhéroe más difundido del cómic nacional, Cisplatino, se nutre de alguna manera de la ficción histórica, aunque no pertenezca realmente al género, y  resulta curioso por tanto que el único superhéroe que ha “funcionado” (fuera del humor al estilo Orange Shaft o la lectura irónico-vernácula del género propiciada por Ciudad Fructuoxia) es, precisamente, un blandengue resucitado. Pero ya volveremos a esto.
Valizas está ambientada de un modo relativamente impreciso en los años de la dictadura, y ofrece una historia contada con excelente sentido del ritmo, en la que el arte de Marcos Bergara adquiere una profundidad de significado impresionante. Los guiones de Santullo han mostrado, de hecho, una evolución notable desde libros como Crímenes o Monstruo, ambos publicados por su editorial, Belerofonte. Incluso podría pensarse que Valizas muestra a un guionista más competente, por ejemplo, que Los últimos días del Graf Spee. El uso de diferentes registros de narración (las “irrupciones” de un plano mitológico, por ejemplo) es un recurso usado con excelentes resultados, y convierte a Valizas en una obra especialmente atendible, en cierto sentido más interesante que el modo más lineal de Los últimos días… y Acto de guerra, que, de todas formas, tenía el interés especial de funcionar como mosaico de historias breves que se complementaban entre sí.
La isla elefante es la apuesta más sólidamente “histórica” de este set de historietas. Acompañada por un interesante apéndice “real”, narra la historia de la primera misión uruguaya a aguas antárticas, así como también uno de los episodios en la “conquista” del polo sur. El trazo de Juele, fino, elegante y detallado, se revela aquí como un complemento perfecto para un modo de narrar tenso, que apuesta a incluir un máximo de acción en un mínimo de espacio, y que de hecho lo logra. Por momentos parece increíble que en tan pocas páginas se pueda contar de manera competente una historia que no carece de complejidad. En ese sentido, Juele es uno de los narradores más interesantes del medio gráfico local.
Bandas Orientales incluye trabajos de varios artistas, centrados en los acontecimientos del año 1811, partiendo del Grito de Asencio, capítulo a cargo de Nicolás Peruzzo. En las tres historias publicadas se puede apreciar un trabajo interesante de búsqueda de acontecimientos interesantes en sí mismos que se presenten contra un fondo histórico; en el capítulo de Peruzzo, por ejemplo, una situación de corte humorístico termina desembocando en el hecho histórico del que se debía dar cuenta desde la propuesta. Peruzzo resuelve muy bien la manera en que su trama alcanza los “hechos históricos”, pero, a la vez, instaura un recurso que los otros creadores llamados para el proyecto harían bien –es mi opinión– en no emplear como si fuera el único (me refiero a incorporar la “Historia” al final a modo de nota explicativa).

Ranitas: Historia (personal/generacional) gráfica

Mi favorita de las obras publicadas en lo que va del año es Ranitas, de Nicolás Peruzzo, publicada también por Belerofonte. La palabra “catarsis” aparece en el subtítulo y merodea la obra, pero hay mucho más. Peruzzo logra dar con un equilibrio perfecto entre la historia personal (sus años de adolescente, la interacción con la sociedad y las instituciones, su naciente vocación artística, su pasión por la música) y lo que podríamos llamar el “espíritu de su generación”. Está claro que todos los que tenemos entre 35 y 28 años, más o menos, nos sentiremos más que identificados con el desfile de íconos de la cultura popular y la geografía montevideana que exhibe Peruzzo en las páginas de su novela gráfica. Los lugares de la noche noventera, la música que muchos tomábamos en cierto modo como un bandera frente a la imposición del uruguashismo cultural y los grupos culturales jóvenes (podría hablarse de proto tribus urbanas quizá, pero se daban con un mínimo de autoconciencia o incluso militancia) o subgrupos que coexistían en el momento (las “chetas” que bailaban “marcha” e iban a ciertas discotecas, los “rugbiers”, etc), configuran un mapa que hará sonar las cuerdas (y las canas) de la nostalgia en muchos corazones; pero ese no es el único punto de interés de Ranitas. La parte gráfica, por ejemplo, muestra un progreso más que notorio en relación a trabajos previos de Peruzzo, alcanzando momentos de expresividad increíbles. Un lugar común en la crítica historietística local es resaltar ciertas “fallas” en el dibujo de este creador: en mi opinión, es un ejemplo de falta de atención a la obra. El dibujo de Ranitas es tan funcional a su propuesta como el estilo sucio y visceral de Matías Bergara en Acto de guerra, o, para seguir con Bergara, la gráfica estilizada con la que representó los personajes de Los últimos días del Graf Spee; en ese sentido, el dibujo de Ranitas es perfectamente funcional y satisface en un 100% las demandas de su proyecto; insistir en presuntas “fallas” técnicas es, me parece, no entender de qué se trata el libro, y no quiero decir que su planteo “tolere” torpezas de ejecución, sino que el estilo y lo narrado se complementan de un modo fluido y natural.
Ranitas, me parece, señala una dirección a explorar para el comic nacional, en cuanto obra absolutamente personal. Es quizá una actitud romántica de mi parte, pero, en cualquier caso, es algo que hacía falta en un medio cuyas obras mas sobresalientes (con la excepción de Renzo Vayra, seguramente) tienden a una impersonalidad creadora o una conexión (como en el caso de Acto de guerra) a asuntos fuertemente implicados en cierto sentimiento colectivo o nacional. Creo que es muy saludable para la historieta local que coexista la narrativa histórica de corte clásico con obras más personales como Ranitas. Es posible, además, que otras líneas a explorar estén agotadas o a punto de agotarse, o que, a priori (y habría en realidad que cotejarlo con la experiencia) podrían resultar inviables.

¿Comic de vanguardia?

En una reseña publicada en La diaria hace pocos días, Federico de los Santos comentó con lucidez La galería de los sueños, historieta de Renzo Vayra presentada en el último número de la revista Vagón. De los Santos apunta una serie de líneas que sirven de eje a una lectura muy fértil de esta obra gráfica, y resalta conexiones con el manga, la relación de esta Galería con la obra anterior de Vayra y el uso de diferentes formas expresivas. En cualquier caso, la riqueza de esta historia es por momentos abrumadora. Vayra es uno de los pocos historietistas uruguayos contemporáneos “de vanguardia”, en el sentido de que su obra permanentemente indaga las posibilidades expresivas del medio elegido (la historieta, digamos) y rompe sus barreras. En “Un sueño realizado”, trabajo incluido en el volumen recopilatorio de los premios y menciones del concurso de historieta Juan Carlos Onetti 2009, así como también (en menor medida) en Las aventuras de Juan el Zorro, La venganza del Tigre, inspirado en la obra de Serafín J. García, Vayra parece crear un territorio intermedio entre la narrativa verbal y la gráfica, sin llegar a producir historieta en el sentido tradicional del término. En el caso del cuento de Onetti grandes fragmentos de texto conviven con ilustraciones, con un abordaje mínimo de lo secuencial, mientras que en Juan el Zorro la narrativa está presentada con una agilidad más similar al comic, manteniendo de todas formas cierta sensación de territorio intermedio. La pregunta de si estas obras son historietas nos lleva a entender a Vayra como un creador experimental, que no deja de cuestionar el lenguaje y las formas expresivas del género.
La galería de los sueños es más “claramente” historietística que las otras obras citadas, pero presenta al menos una notoria irrpución: dos páginas enteras en las que el texto cede paso a una partitura “glosada” por ilustraciones. Se instala un diálogo, entonces, entre la música y la historieta, que genera en el lector una sorpresa y una incapacidad de “clasificar” lo que se está ¿leyendo? (¿mirando? ¿escuchando?). Este tipo de estrategias aportan a La galería… (y a gran parte de la obra de Renzo Vayra) una suerte de “singularidad”, convirtiéndolas en obras únicas en su género –o en argumentos contra la validez del concepto de género.
Vayra es, por supuesto, uno de los artistas más personales y fascinantes del cómic uruguayo. Los riesgos asumidos en una obra como La galería… (parte a su vez de una saga de gran complejidad y ambición artística), su condición de obra “experimental” o “de vanguardia”, la convierten en la publicación más inquietante de los últimos tiempos en la historieta local.


Superhéroes, humor y grandes aspiraciones

Orange Shaft, de Roy & Bea, funciona perfectamente como historia humorística. El mayor progreso, quizá, se nota en la parte gráfica, comparándola por ejemplo con otros trabajos de este dúo creativo, pero también a nivel guión hay hallazgos interesantes. Por ejemplo, la incorporación de una historia secundaria a modo de epílogo u apéndice, dibujada en un estilo deliberadamente retro, aporta una dimensión extra al libro. La historia principal está bien resuelta y resulta por momentos desopilante, pero es posible, en cualquier caso, que insistir en esta línea de trabajo redunde en un “más de lo mismo” o un estancamiento.
El trabajo presentado por Maco es una muestra de su habilidad como dibujante y del encanto y la sensibilidad indudable de sus creaciones; en una línea básicamente igual a la del material que publica en su blog, desarrolla una situación sugerente con una buena dosis de un humor sutil que bordea el absurdo.
Aunque no participó de esta última edición de Montevideo Comics, es ineludible mencionar al proyecto Sidekick, a cargo de Ignacio Calero y su equipo. En una reseña que escribí el año pasado para La diaria expresé una serie de dudas con respecto a la calidad (especialmente “guionística”) del primer número. Esas dudas, en general, las reiteraría para su segunda entrega, que, si bien ha mejorado en muchos aspectos, mantiene ciertas fallas que podrían ser muy fácilmente solucionadas si existiera voluntad de hacerlo. En el caso por ejemplo de “Martillo de brujas” (guión de Calero y arte de Fernando Ramos), esta segunda entrega parecería lograr hacernos sentir que allí hay una historia interesante, a diferencia de su primer episodio, en el que un final abrupto venía a interrumpir varias páginas de promesas demasiado tenues. El recurso de aportar un “resumen de lo publicado anteriormente” logra poner un poco de orden en retrospectiva al caos del primer episodio, y conducirlo a una narrativa más visible, pero también es cierto que ese “resumen” en gran medida reinventa el capítulo anterior aportando información que no era del todo accesible en la manera en que estaba resuelta la primera entrega de este arco narrativo.
En el caso de “Roadcomic: Las aventuras de Allison y Polly” (Guión de Bruno Cotic e Ignacio Calero, lápices y tinta de Calero) sucede algo similar: la bastante torpe presentación de la historia en su primera entrega ha sido mejorada y este capítulo se deja leer con más fluidez. No sucede lo mismo con “Horuk” (Guión de Yamandú Orce y Calero, arte de Yamandú Orce), que sigue siendo una tontería dibujada muy vistosamente; esta entrega, de hecho, es poco más que un pretexto para poner a pelear al protagonista con Thor, hasta que Odin interviene y nos comunica (como si en eso se ocultara una revelación de increíble importancia) que el tal Horuk es su “campeón”.
“Capitán Oriental” me sigue pareciendo ilegible, y es, junto a “Horuk” (aunque esta última al menos se vuelve interesante desde el punto de vista visual), el punto más bajo de este segundo número de Sidekick. Lo mejor, en mi opinión, es “Güalter”, de Agustín Caferatta, y “Ultimate Cow”, de Leonardo Silva. Esta última logra subir considerablemente el nivel de la revista; si todo lo que presentara Sidekick fuera tan bueno como este segmento, la revista no tendría nada que envidiarle (y de hecho superaría) a la argentina Fierro (la contemporánea, aclaro, no la histórica).
“Los ajusticiadores” (Guión: Fernando Ramos; lápices y tinta: Fernando Souzamotta) mantiene un nivel muy bajo. Si bien es difícil tomársela “en serio”, por momentos cabe ponerse a pensar en su trasfondo ideológico, de derecha conservadora y apenas disimulado por el humor simplote y adolescente (sí, ya sé que la audiencia de esta revista es en gran medida un montón de adolescentes simplotes que quieren dibujar y que ven a este proyecto como el Santo Grial, pero aun así, aun así…) y armado con loas a la burguesía y al barrio de Carrasco. ¿Podemos leerlo como un gesto deliberadamente incorrecto? ¿Un statement contra la compulsión a lo políticamente correcto al mejor estlio Glee? Lo dudo. No es por subestimar a nadie, pero me parece que no hay en esta historia ningún esfuerzo consciente por decir algo. La fascistada, digamos, se les escapa sola.
Dejé para el final “La Casa Escarlata” (Guión: Pablo Serellanes; Arte: Joel Correa); dije más arriba que lo peor de esta edición de Sidekick era “Horuk” y “Capitán Oriental”; “La Casa Escarlata”, cuya única virtud es una narración más o menos bien resuelta, merecería un tercer lugar. En cierto modo, lo peor de Sidekick se ve reflejado en esta historia: el uso acrítico de lugares comunes y clichés, la pésima redacción, la indiferencia absoluta hacia la parte “verbal” (por llamarla de alguna manera) de la historia, la falta de una mínima repasada o corrección y el desdén por construir guiones interesantes. Es una historia de vampiros, como se han visto centenares, y se vuelve involuntariamente humorística, en gran medida por las torpezas de lenguaje.
En balance, el segundo número de Sidekick logra ofrecer una mejora con respecto a su predecesor. “Ultimate Cow” y “Güalter” son ejemplos muy bien logrados de narrativa gráfica, cada uno en su estilo, mientras “Allison y Polly” y “Martillo de brujas” superan sus respectivas entregas iniciales y prometen, al menos en el caso de “Martillo” una historia interesante. Pero, pese a este progreso (a mi modo de ver, al menos), Sidekick sigue ofreciendo las mismas fallas, que son esencialmente las que señalé para “La Casa Escarlata”. Es una revista con un gran potencial: su equipo sabe dibujar y colorear, de eso no cabe duda; si se detuvieran a corregir un poco sus palabras y a pensar mejor sus guiones, la revista sí podría convertirse en lo que pretendía el Editorial del primer número.

Psicotónico contra blandengues

Cisplatino fue concebida como una revista de comic de superhéroes al estilo clásico, y se la apoyó atinadamente con un abundante material extrahistorietístico (que incluía biografías de los creadores e información más o menos pertinente sobre los personajes) y con un buen cargamento de merchandising que, ante todo, habla de las habilidades como gestor de Zignone. Leyendo las entregas una a continuación de la otra, y no con la periodicidad espaciada con la que la editorial las ponía a la venta (que volvía un poco irritante el recurso a los flashbacks y las digresiones, dando la sensación de que el equipo productor no sabía a dónde quería ir), podía pensarse que las revistas publicadas podían equivaler al primer tercio de un arco narrativo, que debía ser continuado por un establecimiento sólido de la trama y por el correspondiente desenlace, que dejara un mínimo de cabos sueltos. Sin embargo, en lugar de seguir esa línea, sus creadores optaron por dar por terminada la historia y relanzarla reformulando al personaje. Es como si se hubiese dado el siguiente diálogo:
T: -¡Wow! ¡Los reboots están de moda! ¡Mira lo que logró Abrams con Star Trek y el éxito de Nolan con Batman!
Z: -¡Ea! ¡Hagamos un reboot de Cisplatino y alcancemos el cielo de los comics!
Pero, por supuesto, para que valga la pena un reboot debe haber, ante todo, un personaje establecido, bien presentado, explorado e, incluso, agotado. De más está decir que nada de eso vale para Cisplatino, cuya presentación era trémula y su exploración narrativa nula. ¿Para qué reformularlo, entonces? Es obvio que para que valga una reformulación debe haber primero un personaje bien formulado y establecido, y en ese sentido el blandengue de ojos blancos ha dejado mucho que desear.
En cualquier caso, quizá hubiese sido más interesante continuar con el Cisplatino original mientras se ofrecía como alternativa el Cisplatino reformulado. Es posible que esto todavía suceda, pero, por el momento, lo que ofrece Zignone Comics es una especie de minisaga en tres episodios que consiste en nada más que una pelea entre Cisplatino y Mandinga. Leerla, por momentos, produce vergüenza ajena. El lenguaje afectado, los errores gramaticales y la grandilocuencia al servicio de una historia totalmente anodina la vuelven un trago difícil de pasar. Si los defectos de la encarnación previa del personaje podían ser resueltos en sucesivas entregas de la serie que explorasen y trabajasen las líneas narrativas abiertas por los primeros números, en el caso del nuevo Cisplatino, lamentablemente, no hay mucho que hacer.
Pero, como si esto fuera poco, Zignone también lanzó Sicotrónica (guión de Zignone y arte de Sebastián Navas), las aventuras de una especie de investigador de fenómenos paranormales en plan John Constantine muy descafeinado y disuelto. Si el nuevo Cisplatino al menos está resuelto con cierta competencia en la parte gráfica, Sicotrónica, en cambio, parece el trabajo de un amateur que apela a todos los clichés disponibles a la hora de disponer a sus personajes en todo tipo de poses acartonadas -y aún así Zignone dice en una entrevista que Navas es uno de los artistas más "autocríticos" del medio local. Pero no es el arte de Navas (que, en última instancia, podría defenderse diciendo que trabaja dentro de los parámetros del género superhéroes) que Sicotrónica es la peor historieta aparecida últimamente en Uruguay; el fallo más flagrante es el guión de Zignone, que parece determinado a profundizar los defectos que pueden encontrarse en Sidekick. Errores gramaticales y ortográficos, indecisión entre un español “neutro” y uno más local, ampulosidad, clichés, falta de una historia sólida que desarrollar… la política de Zignone parecería ser publicar a toda costa, sin mirar en lo más mínimo la calidad del producto ofrecido. Y habilita varias preguntas, por ejemplo: ¿Qué lo llevó a convencerse de que podía escribir guiones, hasta el punto de dejar de lado la parte gráfica, en la que indudablemente había dado cuenta de su competencia? ¿A qué se refiere cuando habla de Cisplatino como el primer comic “puro” lanzado al mercado local? ¿Por qué tomar un personaje que requería trabajo pero que, en principio, podía ofrecer mucho más y convertirlo en un tipito de metal que pelea con un zombi y nada más? Me gustaría saber las respuestas; en cualquier caso, está claro que más Zignone (quien, además, dice desconocer el comic nacional "pero no porque no exista si no (sic) porque no me ha llegado") no es lo que el comic nacional necesita. Y lo que sí hace falta es más Peruzzo, más Vayra, y más iniciativas sólidas como Bandas Orientales o el trabajo editorial de Rodolfo Santullo en Belerofonte. El comic histórico goza de buena salud… es momento de abrir el espectro a otros géneros. Y Ranitas marca un camino más que válido.