
El 2012 viene siendo un gran año para Pablo "Roy" Leguísamo; publicó la novela gráfica
Las partes malas (ganadora del premio de relato gráfico de Montevideo Comics, ver mi reseña
aquí) junto al dibujante entrerriano Nahus, la novela juvenil
Los Pérez viajan a Marte (pendiente de lectura) y además
Vientre, otra novela gráfica, en este caso con arte de Lauri Fernández y Nacha Vollenweider.
Las dos novelas gráficas mencionadas tienen una serie de elementos en
común que me interesa comentar en esta reseña. El más evidente es quizá
que ambas incorporan a sus tramas el tema de la maternidad, pero también
hay una actitud de cierto realismo que anima a ambas propuestas: una
narración "realista" (como opuesto a idealizada y romántica, digamos) de
"las partes malas de la vida" y de los personajes es especialmente
iluminada por Rodolfo Santullo en su prólogo a
Vientre, centrado
en presentar la narrativa de Roy como especialmente "adulta" y "real",
en tanto propone una representación sin tapujos de esa vida
"increíblemente cruel" que tocó vivir a las protagonistas de la novela y
que deja al lector atrapado de una opresiva sensación de inquietud y
angustia al cerrar el libro.
Es relación a la manera en que es abordado en
Vientre el tema de
la maternidad encontramos ante todo una construcción bajo el signo de la
duplicidad: dos mujeres y dos historias en apariencia extrañas la una a
la otra y que se tocan al final, en un ómnibus que puede pensarse como
una metáfora del decurso de la vida (así lo hizo José Lezama Lima en uno
de los últimos episodios de
Paradiso). De hecho, esto hace pensar en otra coincidencia entre
Vientre y
Las partes malas,
un punto de contacto que habla de cómo ha concebido y construido Roy
estas historias: ambas tienen en su final una metáfora visual, el
ómnibus de
Vientre y el salto base de
Las partes malas,
ambos pasibles de ser leídos en referencia a un concepto que viene a
cerrar la obra. Un cierre en cierto sentido no estrictamente narrativo,
por cierto, ya que la apelación a la idea de que "la vida sigue" (que a
su vez puede remitir al viejo sentido de la
rota medieval y su
correspondiente arcano mayor del Tarot, la Rueda de la Fortuna, que nos
presenta a la vida como una sucesión -cíclica, pero en un ciclo no
necesariamente pensable en tanto patrón racional- de momentos de
felicidad y de desolación) presente en la noción del ómnibus que
continúa su viaje viene a sugerir que lo mostrado no tiene más límites
que los del relato: ambas vidas seguirán, bien, mal, y quizá la mujer
cuyo drama es la incapacidad de concebir podrá eventualmente adoptar (la
novela sugiere muy enfáticamente que esto se le niega en una primera
instancia por su declaración de vivir sola y sin pareja estable) o, por
el contrario, no logrará jamás ser madre y su historia encontrará otros
escollos y felicidades ajenas a la maternidad, mientras que la que optó
por el aborto podrá -o no- formar una nueva pareja y/o retomar -o no- la
vida que llevaba en el pasado reciente, y además, por supuesto, superar
-o no- la herida emocional que tan elocuentemente representa Lauri
Fernández con la última imagen que aportó para este personaje, manos en
vientre (con el gesto de una embarazada, digamos, pero con el vientre
vaciado). En otras palabras: la narración -en ambas novelas- se detiene
en los límites del concepto construido, como si se tratara de una suerte
de fábula (sin moraleja, por otra parte), y se nos señala que, en
última instancia, la vida, indiferente, ha de seguir (algo similar opera
en el final de
Las partes malas, en la yuxtaposición de la
imagen del protagonista saltando al vacío -pero firmemente afirmado a la
montaña- y la cita de la canción "Resistiré", aquello de "soy como el
junco que se dobla / pero siempre sigue en pie").
La idea de duplicidad fue puesta en evidencia además en
la publicación original de la novela, en el blog Marche un Cuadrito,
que mostraba simultaneamente, en una suerte de doble página vertical,
las historias de las dos protagonistas, Micaela y Paula, permitiendo al
lector descubrir con mayor facilidad pautas que se repetían, cosa que
requiere otro tipo de lectura (de relectura, mejor dicho) en acción para
la versión publicada en libro, que ordena la historia no tanto de
acuerdo a la unidad de la página doble sino por capítulos sucesivos,
dedicados los impares a Paula y los pares a Micaela. La excepción a esta
regla es el último episodio, un acierto -en mi opinión- del libro en
relación a la versión web; aquí vemos resumida y mutada la estructura
del libro en cuatro páginas: la primera dedicada a Paula, la segunda a
Micaela, la tercera a la última imagen de ambas sentadas juntas en un
asiento de ómnibus (curiosamente no se trata del asiento "maternal", que
suele estar a la derecha del conductor) y la cuarta al vehículo en su
camino.
Nunca sabremos, por supuesto, si Paula y Micaela intercambian palabras
(y a partir de ahí si una llega a conocer la vida y problemas de la
otra) en su viaje en ómnibus; el lector sabe que esas historias son
complementarias, y parte del desasosiego producido por la novela es
producido, precisamente, por entender que la vida de ambas hubiese
tomado un camino muy diferente si se hubiesen encontrado antes, en tanto
Micaela pudiera entregar en adopción su bebé a Paula, en lugar de
abortar. Pero, por supuesto, el encuentro no sucede; o si sucede, fuera
del libro, sucede tarde (de hecho de eso se trata: suceder fuera del
libro es suceder cuando ya no importa). Aquí la dimensión del futuro (en
tanto lugar posible del encuentro o, más específicamente, de la
comunicación entre las dos mujeres) está vaciada (como el útero de
Micaela) de lo que el lector, por empatía con las protagonistas, desea
que suceda o, mejor dicho, desea
que hubiese sucedido. Ningún
futuro, en ese sentido, será satisfactorio; aunque, a la vez, "la vida
sigue", como sugiere el camino del ómnibus. Por lo tanto ese futuro al
que las lleva el vehículo es, para el lector, un futuro vacío; todo lo
que pueda suceder permanece en la exterioridad más total de la historia;
todo lo que surja del posible diálogo entre ambas no podrá más que
generar
otra historia, que no aportará a la que acabamos de leer,
ya cerrada por completo. Esa noción de "clausura" de las dos historias
es otro gran acierto de la novela; es cierto que el camino de los
personajes sigue, pero
estas dos historias contadas ya ha
terminado y el "la vida sigue" no nos sirve para mitigar nuestra
angustia como lectores; de hecho, dispuesto en el final del libro, hasta
parecería un último eco de ironía, como aquello de que llueva en tu
boda o que te regalen un boleto gratis después de que hayas pagado.
Indudablemente otro de los aciertos de
Vientre es que sean
dos
las dibujantes que aportan la parte gráfica. Y dos dibujantes
diferentes para dos personajes diferentes, casi opuestos podría decirse.
Para Paula, que ansía ser madre y choca con una o dos paredes que no
esperaba, encontramos el arte de Nacha Vollenweider, desolador por
momentos, visceral, que parece envolver a los personajes y sus grises
aguados en una maraña de líneas capaces de hacernos sentir que el mundo
que los rodea, con su ambiguedad y su indiferencia, es una especie de
laberinto derrumbado y caótico. Y para Micaela encontramos el trazo, más
fuerte, de Lauri Fernández, más rotundo en el contraste, como si se
tratara de un signo de la personalidad del personaje, que vio de alguna
manera su vida enfocada hacia una decisión entre dos variables y dio el
paso que consideró más viable en el momento. Por contraste, entonces,
Paula es un personaje desenfocado, una mente quizá más caótica; el deseo
de ser madre posee su vida, por decirlo así, y su conducta se vuelve
obsesiva, distanciándola de su marido ya de por sí distante y ambiguo en
relación al tema de la maternidad.
Esto nos lleva a la representación de los personajes masculinos, otro tema que comunica
Vientre con
Las partes malas.
El marido de Paula, Gerardo, no sólo no la acompaña de verdad ("de
corazón", digamos) en los momentos primarios de su vocación/obsesión
maternal sino que planta una barrera infranqueable: cuando ella emplea
la primera persona del plural para expresar la incapacidad de la pareja
de tener hijos biológicos, él le responde "
vos no podés", abriéndose de ella y de la historia (no lo volvemos a ver, de hecho). Recordemos que en el caso de
Las partes malas
el padre del protagonista también se aparta de la historia, abandonando
a sus hijos y a su mujer; y en ambos casos las "madres" (la madre que
fue y la madre que no pudo ser) presentan aristas como mínimo
"complicadas", por decirlo así, "realistas", para seguir la lectura de
Santullo, personajes que trascienden lo caricaturesco o lo
unidimensional, logren -o no- despertar la simpatía del lector. Ahora
bien, del lado de Micaela también vemos otro abandono; su novio demanda
una explicación sencilla ("pero no fue tu culpa, ¿no?") y ella, movida
por una sinceridad u honestidad que la lleva a ser incapaz de
simplificar la situación para dar la respuesta que él, cabe asumir,
quiere escuchar, responde "es todo borroso, no sé", y él la deja y a la
historia. Pero tampoco en este caso la situación está presentada en
términos simples: la novela propone que la concepción de la pareja que
tiene Micaela es, o puede ser, diferente a la de su novio, en tanto se
nos la muestra -notoriamente en la página 22- como una persona ante todo
independiente (lo cual, por supuesto, conduce a la decisión que tomará
al final y, además, podemos pensar que influyó en el alejamiento
decidido por su novio). La otra figura masculina en la vida de Micaela,
Diego, juega un papel más minoritario y ambiguo.
En cuanto a las figuras femeninas aparte de las protagonistas, las más
notorias son la madre de Micaela, que no logra influir en la decisión de
su hija (aunque sí quizá en su sensación de culpa), y las "otras
madres" que aparecen en la historia de Paula (p.12) y le comentan varios
aspectos percibidos como negativos de la maternidad... cosa que Paula
asume como elementos que la ayudarán a "estar preparada".
La construcción de los personajes, entonces, siempre incorpora una
complejidad extra, una dimensión de ambiguedad, de riqueza; esto, de
hecho, funciona mucho mejor en estos trabajos recientes de Roy que en
esfuerzos anteriores como algunas de las historias de
Freedom Knights (ver
aquí mi
reseña del segundo volumen recopilatorio) donde el intento de aportar
un mayor espesor a los personajes podía verse como más forzado y menos
satisfactorio. Esto, además, nos lleva a considerar el camino que ha
seguido Roy como autor, desde su dedicación al género de superhéroes
hasta este afincamiento en un realismo visceral y desgarrador; por
supuesto que cambiar superhéroes por personas reales no es
necesariamente una virtud en sí misma: sí lo es la complejidad de los
personajes (demandada, además, por el realismo de
Las partes malas y
Vientre)
y el excelente manejo de la trama y su estructura, visible en ambas
novelas. El uso de las metáforas visuales (el ómnibus como
representación de decurso de la vida, en ambas novelas, el salto en
Las partes malas), además, y las buenas decisiones editoriales (trabajar con dos artistas en
Vientre,
por ejemplo, y dos artistas excelentes) logran que Roy se convierta en
uno de los guionistas más sólidos de la historieta uruguaya
contemporánea.
Publicada originalmente en Partículas Rasantes
el 31 de mayo de 2012