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miércoles, 28 de septiembre de 2016

Tupamaros: la fuga/1971, Roy & Lauri Fernández



Excavando en la historia
 
 

El hecho es harto conocido: el 6 de septiembre de 1971 lograron fugarse 111 tupamaros recluidos en el Penal de Punta Carretas. Lo hicieron a través de un túnel y sin hacer un solo disparo, en la que fue una de las fugas más grandes de la historia, bautizada El Abuso. 
 
La anécdota ocupa un lugar destacado en la cultura popular uruguaya, junto a la visita del Che a nuestro país en 1961 o al arribo a la bahía de Montevideo del acorazado alemán Graf Spee en 1939. Los lectores atentos a la historieta uruguaya más reciente sin duda detectarán por qué he mencionado ambos acontecimientos: el segundo fue llevado a la historieta en 2008 por Rodolfo Santullo y Matías Bergara y el primero por Pablo “Roy” Leguisamo y Marcos Vergara en 2013, y ahora le ha llegado el turno al gran escape.
 
Tupamaros: la fuga/1971 cuenta con guión del ya mencionado Pablo “Roy” Leguisamo y arte de Lauri Fernández; el dúo ya había ofrecido la mitad de la excelente novela gráfica Vientre y también la ficción distópica de Regulación 0.75 – La dádiva (lo que parece sugerir una predilección especial del guionista por los títulos alfanuméricos) y encuentra en este nuevo aporte un buen momento: algunas de las páginas de Tupamaros la fuga están sin duda entre lo mejor que han producido juntos y, de hecho, entre lo más interesante visualmente que se ha publicado en los últimos años en Uruguay. Podrían proponerse como ejemplos la mitad inferior de la página 47, las páginas 36 y 37 y las excelentes 32 y 33, aunque, en rigor, el nivel gráfico de la obra es parejo y alto: el fuerte de Lauri Fernández es sin duda la expresividad de sus trazos, a la que se suma en este libro un bellísimo uso del color. 
 
El guión de Roy funciona correctamente, y es cierto que contar una historia tan conocida y de la que cualquiera sabe el final no es fácil; pero en ese sentido es que aparecen quizá no fallas sino elecciones curiosas, significativas, del guionista, que si bien dan personalidad al libro también podrían ser objeto de alguna forma de crítica. No cabe duda de que el relato en general fluye bien y que hay aciertos en los diálogos y la presentación de algunos personajes, pero parece evidente también que no hay una verdadera tensión dramática o narrativa, quizá porque no se la buscó. De hecho, la relación de Roy con la anécdota a contar parece por momentos esquemática: lo mejor de su propuesta está en la página desplegable que esquematiza el túnel y la fuga, y eso comporta una manera brillante de salir adelante con el problema de cómo narrar el pasaje por un túnel subterráneo pero, a la vez, parece ceder o resignarse ante la idea de presentar el acontecimiento como un esquema en el pizarrón de una clase de Historia. Pero tengo para mí que la elección fue la correcta, que era más fácil fallar si se buscaban otras alternativas y, como su historial de publicaciones y guiones lo señala, hay en Roy más bien un espíritu de jugar por lo seguro, una aspiración a concretar ocasiones de publicación y crecimiento para su editorial. Afortunadamente, su manera de hacer una apuesta segura –en esto sin duda interviene el talento de su dibujante– es satisfactoria en sí misma.
 
En cierto modo, Tupamaros la fuga / 1971 no termina de salir de esa suerte de esquema o exposición en clave histórica; hay más de Historia, es decir, que de narrativa, pero dada la elección del tema eso pudo ser una buena idea. Cargar los elementos digamos novelísticos con más diálogos de Mujica y Huidobro, más personajes ficticios dispuestos para la conveniencia de la trama y más intrigas accesorias sin duda habría debilitado la propuesta; Roy parece haber decidido llevar la narrativa a su mínimo indispensable, y el apéndice (“notas históricas”), que vuelve a contar completo el relato con diferente atención a los detalles, es una muestra clara de que había más que decir de lo que fue contado en viñetas. No parece desatinado leer la inclusión de este apéndice (así como también el recurso de la página desplegable) como una reflexión sobre la Historia en la historieta, sobre el alcance, si se quiere, de la historieta en relación a la Historia; el tema podrá parecer trivial a algunos lectores, pero no lo es, en lo más mínimo, para el comic uruguayo reciente. La estrategia de ofrecer una novela gráfica que toque elementos tan vivos en la cultura popular uruguaya para obtener un fondo concursable (cuya formulación, por supuesto, condiciona cierto interés por lo histórico) y financiar así un libro que después alimentará las arcas de la editorial y propiciará nuevos proyectos, en una movida que sin duda pone primero al proyecto editorial que a las realizaciones particulares (sin que haya necesariamente un desmedro en la calidad de estas, por cierto), ha propulsado la historieta uruguaya reciente y permitido el crecimiento de editoriales que luego pueden permitirse prescindir de ese modo de gestión. En este contexto, la manera en que es trabajada y presentada la Historia (la atención a posibles polémicas, la opción de autor, la presentación de investigaciones exhaustivas  que de alguna manera respaldan lo viable del proyecto y lo contagian de un aura de seriedad, las licencias tomadas por el guionista, la atención a la fidelidad histórica por parte del dibujante, los recursos narrativos, la apuesta o no a una comunicación aceitada y poco demandante con el lector, etc), y más aún la Historia reciente, es sin duda relevante. Y Tupamaros: la fuga / 1971 se vuelve un buen ejemplo de cómo resolver ciertos problemas y salir adelante a la hora de presentar un producto satisfactorio en todos los sentidos.

Publicada en La Diaria el lunes 8 de agosto de 2016

jueves, 19 de febrero de 2015

Sangre y sol, Nahus & Alves



El gallego y los samurais
 

Abel Alves (Ferrol, España, 1981), qué duda cabe, es el más interesante entre los novísimos historietistas de la escena local. Sus primeros trabajos publicados por estas latitudes pertenecen a Zombess, su saga humorística y übergeek iniciada en el blog webcomic Marche un cuadrito y recogida posteriormente en dos volúmenes, Zombi psicópata adolescente y El orbe del conocimiento. Después publicó un relato breve en el compilado Otoño, donde su afición por la obra de H.P.Lovecraft derivó en un tratamiento más alejado del humor y cercano a la fuente de horror cósmico de los famosos Mitos de Cthulhu, y participó del proyecto histórico Bandas Orientales. Ahora –hace unos meses, en realidad– se puede encontrar en librerías su tercer libro, la novela gráfica Sangre y sol.
 
El libro es por supuesto interesante en sí mismo y muy disfrutable como historia de intriga y aventuras en clave de novela histórica (ya llegaremos a eso), pero también vale la pena detenerse por un momento en su lugar dentro de la obra de Alves, quien para esta oportunidad prefirió desempeñarse como guionista y dejar los lápices a otro dibujante. 
 
Podemos pensarlo de muchas maneras, pero quizá sea válido ver en ese gesto algo parecido a lo que lleva a ciertos escritores a publicar algunos de sus libros bajo un  pseudónimo; Levrero, por poner un ejemplo cercano, sintió en su momento que la “persona” que venía construyendo con sus primeros libros no estaba del todo sintonizada con los códigos estéticos y conceptuales de la novela Nick Carter se divierte mientras el lector es asesinado y yo agonizo, por lo que optó por firmarla (curiosamente no se trató de un pseudónimo sino de una suerte de recolonización de su nombre “real”) como Jorge Varlotta (recordemos que el nombre completo del autor de Desplazamientos era Jorge Mario Varlotta Levrero). Podría pensarse, entonces, que ciertos contenidos, para Abel Alves, funcionan mejor trabajados en el estilo de otro dibujante, y probablemente tenga razón. Los trazos de Zombess, que funcionan a la perfección dentro de los límites de esa propuesta, difícilmente habrían resultado los ideales para una historia esencialmente “seria” (perdón por el término tan poco preciso) como Sangre y sol, de modo que la idea de confiar ese guión a otro dibujante puede ser reconocido como uno de los primeros aciertos de la propuesta. Y la elección de Nahuel “Nahus” Silva, con su estilo visceral, lleno de manchas y trazos cuya imprecisión parece potenciar tremendamente su expresividad, sin lugar a dudas marcó la personalidad de esta novela gráfica. Es fácil imaginar una historieta de corte histórico que se proponga hacer equivaler la precisión en la representación de la época con un dibujo de línea clara, también preciso y detallista, pero la elección de Silva, justamente, implica una elección diferente y más arriesgada, que confiere a Sangre y sol una personalidad extraordinaria. 
 
Es cierto que algunas viñetas no parecen del todo bien resueltas, o que en algunas páginas el dibujo da la sensación de haber sido notoriamente menos trabajado (la página 16, en particular la tercera viñeta, podría ser un buen ejemplo) que en los mejores momentos del libro, pero defectillos de este tipo no empañan, en mi opinión, el balance general. La idea de poner a Nahuel Silva a cargo de la parte gráfica, entonces, puede pensarse como arriesgada y exitosa, a contrapelo quizá de lo que habría sido la opción conservadora y segura.

Tiempo e historia
1853. Los barcos del Comodoro estadounidense Matthew Perry llegan a Japón e inician el fin de una era. La superioridad militar americana es abrumadora, y los japoneses no pueden hacer otra cosa que aceptar los tratados comerciales propuestos por Estados Unidos, dando así el primer paso hacia la restauración Meiji, época caracterizada por la rápida modernización del país nipón (p.113) 
 
Así comienzan las “Notas históricas” que complementan la historieta propiamente dicha en Sangre y sol. Con ese escenario de una época de profundos cambios en la sociedad japonesa, la novela gráfica de Alves cuenta la historia de Antón, un “bandolero” gallego que se desempeña como guardaespaldas de un diplomático español que, en las primeras páginas del libro, es trasladado desde Manila hasta Japón. Allí ambos se enredarán con las acciones de un grupo de asesinos que deploran la apertura y modernización del país y anhelan un retorno a las viejas tradiciones, para lo cual actúan en plan “terrorista”, asesinando diplomáticos extranjeros. La trama, entonces, es simple, pero su marco histórico –por llamarlo de alguna manera– le permite a Alves una apertura de ideas y referencias que enriquecen la propuesta. Por ejemplo, cerca del final del libro, el líder de los asesinos es confrontado por una de las fuerzas del orden niponas, y en ese diálogo pone en evidencia un sustrato más profundo,  que sirve de algo así como un tema subyacente al libro. El acierto de Alves no es únicamente sacar eso a colación (lo cual es, si se quiere, natural dado el tema de la narración) ni saber a qué altura de su relato hacerlo, sino también el permitir que ese tema (qué hacer frente a los cambios irrefrenables en la sociedad, digamos, y cómo pararse ante el paso del tiempo) logre resignificar el proceso de Antón como personaje. Entre el bandolero español que vive en busca de la aventura y da sentido a sus actos desde un episodio de su adolescencia (página 52) y el asesino japonés que sueña con un tiempo estático, con una sociedad libre de cambios y eterna, aparece el universo en que se instala el libro y en el que propone sus reflexiones y su problemática. 
 
Se ha repetido hasta el cansancio que el cómic histórico encuentra un lugar privilegiado en la más reciente producción historietística local; evidentemente Sangre y sol no es una excepción, pero en lugar de convertirse en una solución fácil para moverse más cómodamente en una escena o mercado bastante pautado por historias de lo “relevante uruguayo” y por un mínimo riesgo a la hora de pensar cómo contar o cómo no contar, lo de Alves aparece como una apuesta más compleja y jugada. No sólo por su elección de dibujante sino especialmente por tratarse de una narrativa más ambiciosa de lo que parece a simple vista y que no cede a ciertos facilismos de tema o presentación. Podría pensarse que hay algo significativo en el hecho de que un español se consolide en la escena historietística local escribiendo sobre la historia de Japón (y la de su país también, evidentemente), lo cual podría también presentarse como tenía que ser un español el que pudiera permitirse hacer una historieta histórica que se aparta de la historia nacional, pero la cosa no se agota ahí. El tema de fondo es qué pasa con la novela gráfica uruguaya (en oposición al relato gráfico breve, serializado o no) y de qué manera sus referentes más claros (Santullo, Leguisamo, Peruzzo) encuentran y moldean sus propios caminos de trabajo y exploración; así aparecen libros como Ranitas, que combinan la narrativa autobiográfica  con el trabajo de observación y construcción de época, o que apelan a la literatura del yo (como la excelente Las partes malas, con guión de Pablo “Roy” Leguisamo), a la memoria histórica (Valizas, de Santullo sería un ejemplo) o a temas especialmente vivos en el debate diario (Vientre, del ya nombrado Roy). Desde este punto de vista, Sangre y sol elige el molde histórico para desarrollar una sensibilidad o una postura ante los cambios, ante la historia (esa “pesadilla de la que me quiero despertar”, como decía el Stephen Dedalus de Joyce), para hacer algo así como una “filosofía”. En su elección del Japón decimonónico como escenario, Alves parecería proponernos algo estrictamente ajeno a los referentes más comunes de la escena historietística local, pero lo hace para hablarnos de un tema que fácilmente podemos imaginar como esencial, independiente de nacionalidad y de época histórica. En ese sentido, su pariente más cercano podría ser el Nicolás Peruzzo de La mudanza, un libro en rigor más sutil o incluso tenue, aunque de gran belleza.
 
Podría hablarse, a la vez, de las maneras en que Alves contruye o reconstruye la historia en Sangre y sol. El apéndice parahistorietístico del libro pone en evidencia la “fidelidad a la historia” en un gesto que es relativamente común en el subgénero histórico (su punto más minucioso en cuanto a la historieta uruguaya podría rastrearse al Matías Castro de Bernardina hacia la tormenta o al Alejandro Rodríguez Juele de La isla elefante), pero el mayor problema de este texto es que resulta casi completamente redundante. Lo que Alves nos cuenta (como el párrafo citado) ya estaba dicho con claridad  en la historieta (la página 17 sería un buen ejemplo), de modo que su traducción o traslación a otro lenguaje parece obedecer a la noción de que ciertos modos de la prosa sirven para apuntalar lo dicho con imágenes y globitos, como si estos no se bastaran por sí mismos. Quizá habría valido la pena menos reiteración y más detalles, como una suerte de zoom en la información histórica implícita en las páginas de historieta. Así, el apéndice aporta poco, hecha la excepción de las fotografías presentadas, que sirvieron de modelo al dibujante para su representación de lugares y rostros, y quizá resulta o bien superfluo o bien una oportunidad no aprovechada de ofrecerle al lector un nivel más denso de representación de una época. Pero eso es secundario: la historieta de Alves y Silva es lo suficientemente elocuente como para que el libro valga la pena y se convierta en una de las publicaciones más interesantes del 2014, además de un libro renovador y significativo para la escena historietística local.

Publicada en La Diaria el 18 de febrero de 2015

miércoles, 24 de septiembre de 2014

Crononautas, Magnus, Taibox, Lemos



Aventuras en la historia




El grupo GAS Comics no para de crecer. Tras la edición del libro Grimorio del plata el año pasado y de la quinta entrega de su “miscelánea de historias cortas” (también conocida como GAS3K.5) ahora nos proponen su primera incursión de lleno en la historieta para niños. O, mejor dicho, en el tipo de historietas para niños que cualquier lector de comics podrá disfrutar. 
 
Y, en ese sentido y como era de esperar, Crononautas (guión de Martín “MaGnUs” Pérez y arte de Federico “Taibox” Taibo y Carlos Lemos) está llena de referencias al universo geek o nerd o a varias regiones de la “cultura popular”, es decir Star Wars (ver las páginas 47-48 para un divertido juego con El regreso del jedi), juegos de rol (“me saqué 20 en la tirada de escapismo”, leemos en la página 43) y Doctor Who (“es más grande por dentro”, p.46; “esos que viajaban en la cabina telefónica y no eran Doctores…”, p.51), por nombrar solo algunos. 
 
También hay en esta historia de viajes en el tiempo y arqueología (una suerte de cruce entre algo de Stargate, algo de Indiana Jones y el ya mencionado Doctor Who como ficción paradigmática de viajes en el tiempo) muchas referencias a la historia “real”, que parecen sugerir una intención didáctica o que pretende contagiar a los jóvenes lectores el entusiasmo por las civilizaciones del pasado y, de paso, la historia nacional. Así, además de los episodios que transcurren en el auge de la civilización maya, en la Banda Oriental de la víspera de la Batalla de Sarandí o en el Reino Nuevo del antiguo Egipto (todo debidamente marcado por fechas y anotaciones geográficas), el libro incluye un apéndice parahistorietístico que aporta información acerca de esos momentos de la historia.
 
En relación al trabajo anterior del grupo, Crononautas muestra un notorio avance en la calidad de edición y en el arte. El aporte de Lemos (capítulos 1, 3 y epílogo) es sin duda lo mejor del libro, pero en esta oportunidad Taibo, cuyo desempeño en el pasado pudo pensarse como un posible talón de Aquiles de las publicaciones de GAS, logra encontrar una expresión adecuada para su estilo y sus habilidades, acaso porque su enfoque cartoonesco en esta oportunidad cuadra perfectamente con los objetivos del libro, acaso por lo que puede pensarse como un verdadero progreso en su desempeño como dibujante. Entonces, si bien todavía pueden encontrarse algunas viñetas resueltas con torpeza (la última de la página 47, por ejemplo), también aparecen evidentes aciertos, como las páginas 22-23 o la última viñeta de la página 41.
Taibo también ofició de colorista en este libro, desempeño que merece una consideración aparte, en tanto la calidad de su trabajo –en la primera publicación a todo color del grupo GAS– es notoria. A una paleta escogida con buen tino y sensibilidad (hay interesantes diferencias en el color de los diferentes episodios, como sugiriendo una cierta “sensación de época”) se le suman aciertos puntuales, entre ellos la pirámide maya de las ya mencionadas páginas 22 y 23 y buena parte de las viñetas nocturnas del tercer capítulo (en particular la primera de la página 37, que suma al acierto composicional de Lemos un excelente trabajo de Taibo en el color).
 
Esta vez el punto más débil del trabajo del grupo GAS está en el guión. Pérez quizá todavía debe afinar su puntería –ya probada en cuanto a relatos cortos– con el aliento más prolongado de una novela gráfica o una narración de cierta extensión. Si bien el guión de Crononautas está bien resuelto en líneas generales, en tanto no permite que decaiga el interés y mantiene un buen nivel de diversión al que se suma el acierto de no pocos diálogos, también es verdad que el final está notoriamente precipitado, hasta el punto que entre las páginas 46 y 48 se malogra parte de la resolución de la trama, en relación a un personaje concreto cuya aparición –no se trata acá de contar el final del libro, de todas formas– da la sensación de un fallo en la narrativa, de “apuro” o de cierta impericia a la hora de manejar trama y personajes. Es en ese sentido que el guión de Crononautas brinda a su autor –quien indudablemente viene mostrando un crecimiento muy acusado en los últimos dos o tres años, aunque ahora podría pensarse que esa evolución quedó más o menos confinada a los límites de una narración gráfica breve– la ocasión de aprender más y ofrecer mejores trabajos en el futuro. Porque si algo es seguro en relación a Pérez y el resto de los integrantes de GAS, siempre inmiscuidos en una gran variedad de proyectos (hay al final del libro, después de los bocetos y comentarios del proceso de creación de la historieta, una lista de enlaces de Internet que dan la pauta de la gran cantidad de publicaciones del grupo), es justamente que van a seguir trabajando, que no van a parar de buscar oportunidades para crecer.

Publicada en La Diaria el 24 de septiembre de 2014

jueves, 28 de agosto de 2014

Los pasajeros perdidos, Zgabros; Regulación 0.75 - La dádiva, Roy & Lauri Fernández



Explorando mundos


La más nueva historieta uruguaya no abunda especialmente en trabajos de ciencia ficción y fantasía. Habría que nombrar, en todo caso, a Dengue, de Rodolfo Santullo y Matías Bergara, que apuesta por una ciencia ficción más bien estilizada, ambientada en un futuro muy cercano y derivada en un relato más bien de corte policial, y a Grimorio del plata, con guión de Martín “MaGnUs” Pérez y arte de varios dibujantes, que retoma elementos de la fantasía oscura y el terror sobrenatural y los presenta en un contexto narrativo localista. 
 
Sin embargo, en la última entrega de historietas (las presentadas en torno a la convención Montevideo Comics) aparecieron dos libros que llamaron la atención por su calidad y su manera de acercarse a los géneros arriba mencionados. Así, Regulación 0.75 – La dádiva, de Pablo “Roy” Leguisamo (guión) y Lauri Fernández (arte) remite a la ciencia ficción distópica mientras que Los pasajeros perdidos, de Zgabros (Gabriel Ciccariello) se instala cómodamente en el ámbito de la fantasía con un toque de ciencia ficción, o, acaso, en ese lugar intermedio entre esos géneros que tanto y tan bien trabajara en su momento Roger Zelazny (Tú el inmortal, Una rosa para el Eclesiastés, El señor de la luz, Criaturas de luz y tinieblas).

Pasajeros en trance
Ciccariello no es para nada un recién llegado a la escena historietística. Fue uno de los fundadores de la editorial Grupo Belerofonte, hace más de diez años, en la que se desempeñó como diseñador además de aportar un excelente relato de fantasmas para el libro Monstruo. También publicó en revistas como Freedonia, Freeway, la vieja Quimera y, más recientemente, en las antologías Verano y Otoño, de la Asociación Uruguaya de Creadores de Historieta (AUCH). De hecho, su aporte a Verano, “La cantera” es sin duda uno de los mejores relatos gráficos publicados en Uruguay en los últimos cinco años.
 
En Los pasajeros encontramos un mundo fantástico creado con gran economía de medios a la vez que haciendo gala de una notoria amplitud de referencias. Propone una aventura de un grupo de investigadores especializados en “casas embrujadas, mundos paralelos y portales al infierno”, quienes, al inspeccionar una mansión ubicada en una isla (en una laguna habitada por monstruos marinos y rodeada por bosques donde viven gigantes), acceden a un mundo en peligro de extinción. El dibujo de Ciccariello aquí parece aproximarse a un mínimo de trazos y a un máximo de expresividad; a la vez, la dinámica de la narración y la solución de buena parte de sus viñetas (ejemplos: las páginas 26, 31, 41, 56 y 66) es sencillamente brillante, por no señalar que todas las viñetas en que vemos la laguna y el bosque por la noche (páginas 9-15 y 65-69) son increíblemente sugerentes.

Un mundo feliz
Pablo “Roy” Leguisamo, por su parte, viene consolidándose como uno de los guionistas más interesantes de la nueva historieta uruguaya, y definitivamente uno de los más prolíficos. El de Regulación probablemente no sea su mejor guión hasta la fecha, pero el libro llama la atención a primera vista por el excelente trabajo de la dibujante Lauri Fernández, con quien Roy ya había compartido autoría en la excelente novela gráfica Vientre
 
La narración, en cualquier caso, es en general prolija, con algunos aciertos a tener en cuenta, por ejemplo la división en cuatro líneas del relato entre las páginas 33 y 43. La anécdota ofrecida apunta hacia una distopía en un futuro relativamente cercano y, si bien no aporta tratamiento o ideas sorprendentes para la tradición narrativa en la que se inscribe o para lo complejo del tema, definitivamente redunda en un mundo bien explorado. Hay ecos del cuento “The pre-persons”, de Philip Dick, en el que se lleva a un extremo la lógica de los partidarios al aborto (y ya en su momento el gesto de Dick, que todavía hoy va a contramano de cierto pensamiento progresista, ofendió a escritoras de ciencia ficción vinculadas a varios feminismos, entre ellas Joanna Russ y Ursula K. LeGuin) y se propone un mundo en el que el aborto es legal hasta los tres años. En el caso de la ficción de Roy esta idea va claramente vinculada al tema del control de natalidad en un mundo superpoblado y con escasez de recursos. En el mundo planteado por Roy el derecho a procrear puede ser comprado y vendido, con un máximo de dos hijos por pareja, escenario cuya transgresión activa la trama. Roy, entonces, escribe una distopía de corte humanista, bradburiana digamos, con un final un poco más amargo de lo que cabría esperar en esas coordenadas pero en modo alguno forzado.
 
Regulación fue publicada originalmente por entregas en el blog colectivo Marche un cuadrito; su aparición en forma de libro viene de la mano del colectivo editorial Mojito, integrado por las editoriales uruguayas Dragoncomics (en la que Roy es editor y fundador), Estuario y Grupo Belerofonte, además de la argentina Loco Rabia. También a Mojito se debe la edición de Los pasajeros perdidos, aunque en su caso la publicación fue derivada del Primer Premio Nacional de historieta, del que participan además la fundación Lolita Rubial y el Museo del Humor y la Historieta Julio E. Suarez “Peloduro”, de la ciudad de Minas.

Experimentos profesionales
Es interesante leer las actas del jurado y el prólogo del libro, en el que se explicitan las virtudes encontradas en la propuesta de Ciccariello. El jurado, integrado por Roy, Rodolfo Santullo, Marcos Vergara, Alejandro Farías y Beatriz Leibner, destacó lo “profesional” de la obra y su “idea bien llevada”, además de referirse al dibujo como “experimental, poético y original”. Lo que interesa acá, entonces, es la manera en que esos elementos son presentados como virtudes y como esa presentación habla de la línea estética preferida en el contexto de edición de historietas uruguayas actual (en el que Mojito, claramente, reúne a las dos propuestas editoriales más viables). 
 
Reconocer que la “idea bien llevada” sea una virtud parece trivial, pero no lo es en modo alguno el énfasis (se repite el término en las actas y en el prólogo) en lo de “profesional”. Desde las editoriales más importantes de la escena historietística uruguaya contemporánea, entonces, se privilegia lo “profesional” en una obra, eso mismo que desde otras áreas, entre ellas el lado levreriano de la narrativa más reciente, va asociado a cierta idea del escritor inauténtico. Quizá esas ideas –levrerianas en el sentido de que Mario Levrero las hizo explícitas en varios momentos de su obra y que fueron claramente heredadas o repetidas por buena parte (no la totalidad, aclaremos) de sus seguidores inmediatos– sí aparecían con más claridad en la generación inmediatamente anterior a la de Santullo, Ciccariello y Roy (por nombrar a los implicados en este libro, jurados y creador), más dada al gesto under y contracultural. El cambio desde ese modo de pensar y formatear la escena historietística local (así como la relación del creador con su medio y con los lugares de poder de ese medio) hasta el visible en estas últimas publicaciones y editoriales es interesante en sí mismo y un eje posible de una historia del comic uruguayo de los últimos veinte años.
 
Es llamativo también el término “experimental”, con el que este reseñista se permite disentir. Los pasajeros perdidos es más el tipo de obra que reúne modos de expresión diversos y provenientes de varias tradiciones y los canaliza en una propuesta limpiamente definida, tratándolos como elementos ya consagrados por el uso, como elementos de un lenguaje, que una obra “experimental”. Este último término parecería implicar, entonces, un componente mayor de riesgo, de fallo potencial, de negación deliberada y violenta, si se quiere, de ciertas tradiciones consagradas o canónicas. 
 
Quizá un rótulo preferible sería “diferente”. Los pasajeros perdidos, entonces (el más valioso de los libros reseñados acá y seguramente entre los mejores del año), puede cómodamente ser presentado como una obra “diferente” en el contexto de la historieta uruguaya, y en esa diferencia –que habla bien de las editoriales que la proponen, incluso cuando los programas estéticos de sus fundadores y editores vaya por otros caminos– hay muy bienvenida pauta de variedad, de riqueza. 

Publicada en La Diaria el 28 de agosto de 2014