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lunes, 17 de julio de 2017

Distinta: nueva historieta argentina, selección de Martín Perez y Liniers

Asamblea ilustrada



El prólogo de Martín Pérez a Distinta – nueva historieta argentina propone un esquema clarísimo: después de sus momentos de auge (creative, editorial, etc) la historieta argentina enfrentó la peor crisis de su historia al comienzo del siglo XXI, cuando “desaparecieron las editoriales que habitualmente ponían las historietas en el kiosko” (p.11), y después ciertos dibujantes empezaron a resistir –y el término elegido por Pérez sin duda que es significativo y elocuente– creando fanzines, revistas, nuevas plataformas y nuevas editoriales, reformateando así la escena historietística.
A los actores de esa refundación de la historieta argentina, entonces, cabe reunirlos bajo la noción de una “nueva” historieta o de una historieta diferente, y precisamente eso hace Distinta, compilado por Pérez y también por Ricardo “Liniers” Siri. Digámoslo de una vez, entonces: se trata de un libro imprescindible para sentir y pensar esa nueva historieta argentina toda (o casi toda: como pasa siempre con las antologías queda abierto el canal para debatir por qué este sí y aquel no) reunida entre tapa y contratapa: 400 páginas, 33 dibujantes (34 contando a Liniers, 40 contando a los guionistas), debidamente presentados con sus biografías y sus bibliografías esenciales.

Es decir: el libro es sin duda lo que cualquier lector necesita para hacerse una idea sólida de lo que pasó en los últimos años en la historieta argentina y, obviamente, lo que sigue pasando en el presente; en ese sentido, es tan atractivo para el lector que sigue la escena (ya que ahora accede a un libro que reúne lo que cabe argumentar como lo mejor del noveno arte contemporáneo argentino y aporta de paso más de una historieta especialmente creada para el libro) como para el que desconoce a todos o casi todos los artistas implicados y quiere formarse una idea, orientarse y acaso seguir explorando.
Porque hay para todos los gustos, y por eso mismo no vale la pena que este reseñista ofrezca su visión de qué es lo “mejor” y qué es lo “peor” de la selección; es cierto, por otro lado, que vale la pena resaltar la importante presencia de obras digamos “de autor” (y me refiero estrictamente a aquellas en que el dibujante, el colorista y el guionista son la misma persona), que supera marcadamente en número a la de las creadas por equipos; así, tenemos “Discépolo” (Max Aguirre), “Mamá de mamá” (Clara Lagos), “Una invitación” (María Luque), “Un poco de paz” (Pablo “Kioskerman” Holmberg), “Electromiograma con el diablo” (Frank Vega), “Altavista” (Fernando Calvi), “Cables” (Sole Otero), “Mar chiquita” (Fran López), “El robot gigante del rabino” (Brian Janchez), “Un triángulo perfecto” (Ariel López V.), “Servicio con inteligencia emocional” (Ezequiel García), “Mucho mundo” (Ernán Cirianni), “Paraná” (Pablo Tunica), “Cabaret del infierno” (Lucas Nine), “Parkelandia “ (Sémola Souto), “Esqueleto” (Salvador Sanz), “Volver a verte” (María Delia “Delius” Lozupone), un fragmento de “Fueye” (Jorge González), otro de “Suárez” (Mariano “Marianoenelmundo” Díaz Prieto), “Inquilinos” (Guillermo “Decur” Decurguez), “Historia de una niña y Dios” (Gato Fernández), “Furia en el centro de la tierra” (Camila Torre Notari), “Era una noche tormentosa” (Pablo Vigo), “Una página nueva” (Gustavo Sala), “El capitán cortesía “ (Damián “Polaco” Scalerandi) y “Los marcianos nerds” (Ayar Blasco), más dos historietas a modo de prólogo y epílogo a cargo de Liniers: 28 historietas, es decir, frente a las 7 creadas por un equipo de dibjante-guionista: ”Peluca” (Federico Pazos con guión de Nicolás Esperante), “Conejos al escabeche” (Lucas Varela con guión de Diego Agimbau), “Animales” (Marcos Vergara con guión de Rodolfo Santullo, el único uruguayo presente en la selección), “Vitamina potencia” (Ángel Mosquito con guión de Federico Reggiani), “Espíritu de cuerpo” (Dante Ginevra con guión de Diego Agrimbau), “El salmón” (Daniela Kantor con guión de Alejandro “Arekasadaro” Marinkovich), y también “La madre de todas las desgracias” (Juan Sánez Valiente, aunque lamentablemente no queda claro si el guión es suyo basado en un cuento de Hernán Casciari o si fue el propio Casciari quien escribió el guión). De esta desproporción (28 contra 7 es sin duda algo significativo) seguro cabe leer un estado o una característica de la nueva historieta argentina, incluso si se tomara en cuenta (tan grande es la diferencia, es decir) una posible preferencia de los compiladores.

La variedad de las historietas es asombrosa: desde enfoques (de guión y de dibujo) más convencionales o tradicionales (la de Vergara/Santullo, la de Salvador Sanz) hasta la abstracción (del dibujo y del lenguaje historietístico) de la de Calvi, desde el grotesco a la Crumb de la  de Frank Vega hasta la ternura de la de Sole Otero, desde la apuesta plástica y expresiva de las de Jorge González (una favorita personal, por cierto), Max Aguirre, Pablo Túnica,  Juan Sáenz Valiente y Marianoenelmundo al arte aparentemente naif de Clara Lagos, Delius y María Luque o la desprolijidad deliberada y visceral de Ernán Cirianni, desde la estética más bien minimalista de Pablo Vigo, Brian Janchez y Kioskerman hasta las abigarradas viñetas en blanco y negro de Polaco Scalerandi, desde el humor de Gustavo Sala y Sémola Souto hasta la nota amarga y desoladora de Ginevra y Agrimbau, desde la ciencia ficción de Salvador Sanz hasta el costumbrismo realista futbolero y porteño de Pazos y Esperante, con todo el espectro que se despliega entre ambas opciones y, además, la apuesta más conceptual de Lucas Nine y Decur (y en cuanto a esta última no hay que ser un verdadero purista para preguntarse si acaso es historieta).
Otra posible desproporción en la escena historietística argentina de la que se vuelve espejo este libro es la que desfavorece a las mujeres. Distinta incluye el trabajo de 7 historietistas mujeres (Lagos, Luque, Otero, Delius, Fernández, Torre Notari, Kantor) frente a 27 hombres (sin contar los guionistas, de ser así estaríamos hablando de 6 o 7 más, 33 o 34 en total), y Martín Pérez se hace cargo de esto en una entrevista reciente para Telam, donde además de acercar este hecho a la misma desproporción notoria en el rock, la ciencia ficción o la literatura policial, señala que se trata de una realidad que “felizmente está cambiando” y que “las autoras más interesantes de la nueva generación (…) son mujeres”.

A primera vista el trabajo de las mujeres antologadas parece un poco más uniforme –en términos de estilo y tono– que el de los hombres, pero al ser éstos muchos más el dato no parece del todo significativo, y además la presencia de una historieta tan inquietante como la de Gato Fernández complica el panorama de una serie de historietistas mujeres dedicadas a historias de la memoria, de la sensibilidad o a cierto costumbrismo realista (como parece fácil notar en “Mamá de mamá”, “Una invitación”, y la buenísima “Furia en el centro de la tierra”, esta última con algún pliegue extraño), del mismo modo que la propuesta abiertamente plástica de Daniela Kantor suma variedad visual al subconjunto de las historietas aquí presentadas que fueron creadas por mujeres.
En la misma entrevista señala Martín Pérez que la libertad (en tanto los historietistas, al haber desaparecido la industria historietística, “ya no tienen jefes ni lineamientos que seguir u obedecer, a lo que se añade que en muchos casos no hay una verdadera necesidad de vivir de la historieta en tanto esta no es una “salida laboral”) y la introspección son notas esenciales a la nueva historieta argentina; sería interesante reconstruir la impresionante labor de Pérez y Liniers para una antología similar de la nueva historieta uruguaya, que entraría en diálogo directo con las dos características recién citadas propuestas por Pérez y acaso mostraría un equilibrio más grande entre historieta “de autor” y la creada por equipos de guionista/dibujante. Para los interesados en indagar en esa línea –habría que buscar, en todo caso, a una editorial que pueda permitirse un libro de la calidad (y tamaño) de Distinta– la mejor manera, por ahora, es recurrir a los tres tomos ya editados del ciclo de las estaciones del año de AUCH (Asociación Uruguaya de Creadores de Historieta), que si bien operan más bien como el resultado de un concurso y no tanto como una selección de un antólogo específico que también edita, prologa y prepara el volumen, son tan útiles a la hora de ofrecer un panorama de qué está pasando en la historieta uruguaya desde los primeros años del siglo XXI como el ya imprescindible Distinta, una obra de referencia obligada para todo lector de historietas.

Publicada en La Diaria el 7 de junio de 2017


jueves, 2 de febrero de 2017

El viaje a la nieve, Alejandro Farias (guión), Tomás Gimbernat (arte); Aloha, Maco




Paisajes interiores


2016 fue un año especialmente rico para la historieta uruguaya. La publicación de la novela gráfica Rincón de la bolsa, por ejemplo, terminó de consolidar a Nicolás Peruzzo como uno de los dos o tres guionistas más talentosos del medio local; asimismo, el crecimiento en cuanto a publicaciones en el extranjero de Rodolfo Santullo (que escribe frecuentemente para editoriales argentinas y ha visto traducida su novela gráfica Dengue a varios idiomas) es sin duda un hecho atendible, al que cabe añadir que su editorial, Grupo Belerofonte, continua co-editando con editoriales argentinas y ofreciendo en el mercado local, por tanto, la obra de los historietistas más interesantes del país vecino.

Un buen ejemplo es sin dudas Alejandro Farías (Bahía Blanca, 1978), de quien fueron ya distribuidos en Uruguay los libros Piedra, papel o tijera (con dibujos de Jozz) y ¿Qué he ganado con quererte? (con dibujos de Junior Santellán), dos muestras notorias de su versatilidad y sus buenas ideas a las que se sumó a fines del año pasado la novela gráfica El color de la nieve, con guión de su autoría y arte de Tomas Gimbernat.

Acaso sea el arte lo más fascinante del libro. Gimbernat debuta en la novela gráfica creando un universo visual bellísimo y expresivo, tributario, cabría pensar, de algunos elementos visuales en las películas de Hayao Myazaki (de hecho uno de los personajes, un escritor, se parece bastante al japonés). Se trata, en cualquier caso, de un mundo habitado por animales antropomórficos (el guión, en ese sentido, remite quizá al clásico Watership Down, tanto la novela de 1972 como el largometraje de 1978, además de, por supuesto, a Animal Farm, de Orwell) y también humanos, que comparten una geografía de carreteras, paradores, desiertos y ciudades escondidas en los bosques. Las viñetas de carretera, de hecho están entre las más sugestivas del libro (la primera de la página 8, toda la página 15, la primera de la página 39, toda la página 83), junto al final visualmente alanmooreano y a las representaciones del bosque como frontera o empalme entre mundos. 

El guión de Farías es correcto y, en general, el relato está construido con solvencia. Hay, sin embargo, ciertas bajadas de línea románticas o hasta cursis, y la incorporación del poema “Paseo Ahumada” de Enrique Lihn (páginas 52-57), si bien no atenta contra la narrativa, termina por convertirse en el momento más flojo del libro (en particular la página 55, que parece querer desviar la atención del lector hacia otro tipo de pacto de lectura, para que de pronto sea retomado el hilo narrativo). La creación del mundo o los mundos ficcionales, de todos modos, termina siendo el lado fuerte de la propuesta, y el ritmo de relato de aventuras que le impone Farías a su guión funciona indudablemente bien.
  
La trama sigue las peripecias de una tortuga (otro de los personajes emplea el término “tortugo”) que se propone alcanzar la región austral en la que comienzan las nieves, y es interesante que al señalar esa dirección el relato queda ubicado en el hemisferio sur del mundo ficcional, acaso como referencia a la geografia de Argentina. La vaguedad en el cometido del protagonista, unida al poder evocativo de advertencias sobre “entrar al bosque” y lo sorprendente de las circunstancias en que termina entrometido el “tortugo” (guerras entre tortugas, ciudades que son inundadas periódicamente, sociedades mecanizadas), si bien en algunos momentos parecen acercarse un poco al cliché (p.38, por ejemplo), aportan a una trama sugerente y por momentos fascinante, a la que no socava el desenlace algo simple y la comprensión de qué perseguía en verdad el protagonista. 

Farías maneja bien el molde clásico de la trama de aventuras basada en los escollos que van apareciendo, azarosamente, en el camino de un protagonista cuya misión no es presentada con claridad, pero también reescribe ese modelo de relato (al que suma el componente inevitable de alegoría que se desprende del uso de animales antropomórficos) siguiendo las pautas de una road-movie, lo cual de alguna manera “actualiza” (o conecta a otra tradición) el molde elegido. Esto es sin duda un acierto de Farías, y un buen argumento a favor de esta novela gráfica


Llenando espacios

Cabe pensar que un indicador de la buena salud de la que goza la escena historietística local es la aparición de reediciones, que reinstalan en el mercado títulos ya no fácilmente conseguibles y que contribuyen a pensar en determinadas obras a las que se propone especialmente rescatables y perdurables. Así, Criatura Editora acaba de proponer una nueva edición de Aloha, la novela gráfica que publicara María Concepción “Maco” Algorta en 2011 con la editorial Grupo Belerofonte. La calidad del trabajo de Maco hace más que fácil la justificación para una reedición, y el trabajo de Criatura Editora desemboca en un libro bello, un objeto a tono con la calidad de su contenido; a la vez, la reaparición de Aloha puede servir (como suele pasar con las reediciones) de punto de partida para algunas reflexiones sobre la obra de esta historietista singular.
La bibliografía de Maco (1987) no es abundante. En los casi seis años que pasaron desde la publicación original de Aloha la dibujante vio republicada su primera novela gráfica en la prestigiosa editorial Periférica (de Madrid), aportó la tira “Fedra” para el blog Marche un cuadrito, gestionado por AUCH (Asociación Uruguaya de Creadores de Historieta), y publicó algunas historietas en revistas como Lento y en volúmenes compilatorios -como ser los tomos Verano y Otoño, surgidos de una convocatoria de AUCH-, algunas de ellas recogidas en el libro Maco & Roy Greatest Hits, que sería el segundo en el que la historietista figura como autora de todo el material ofrecido (co-autora, en rigor, porque aquí Maco actúa como dibujante junto al guionista Pablo “Roy” Leguisamo).

Es interesante entonces preguntarse si Maco ha continuado los elementos más notorios o flagrantes entre lo que proponía Aloha -cierto clima apenas onírico, experimentación con la narración secuencial, juegos con los límites de la página, procedimientos metahistorietístico, imaginación visual cuidada y no desbordante-, y una respuesta apresurada es que la dibujante ha depurado ese impulso metahistorietístico que aparecía a la gran mayoría de las páginas de su primera obra. Es cierto que el trabajo junto a un guionista -y en su colaboración con Roy sin duda Maco logró ofrecer alguno de sus mejores obras más allá de Aloha- implica un proceso de dibujo sin duda diferente al de un libro más de autora, pero quizá pueda concluirse que el arte de Maco se concentra más -y funciona mejor- cuando dibuja guiones ajenos. Así, tanto “Serendipia” y “Entre viñetas”, disponibles ambas en Maco & Roy Greatest Hits y publicada originalmente la primera en Lento y en Otoño, están sin duda entre lo mejor de lo dibujado por Maco (son ambas más satisfactorias, por ejemplo, que “Señales de vida”, la historieta de su autoría completa que apareció en Verano). En ambas, los recursos formales más descollantes de Aloha aparecen notoriamente atemperados, o usados con más sutileza, de manera que podría pensarse que, hasta la fecha al menos, Aloha no señala tanto un sistema de líneas a explorar como una obra puntual y cerrada en la carrera de su autora, en lugar de un conjunto de rasgos idiosincráticos o de estilo que serán reiterados en obras sucesivas. Es cierto que la hipótesis es apresurada, y que acaso la dibujante esté en estos momentos terminando una Aloha 2 todavía más barroca que la primera, pero a juzgar meramente por lo publicado el panorama parece diferente.
Con esto no quiere decirse que los dibujos de Maco pos-Aloha propongan una estética completamente separada de la de sus primeros esfuerzos: por el contrario, los trazos cuidados, el ingenio y el virtuosismo en la narración visual están siempre presentes, así como también elementos más fácilmente reconocibles como ser el dibujo simplificado y expresivo de los rostros y la atención a las actitudes corporales de los personajes.

Por cierto, en el medio del repaso queda “Fedra”, una tira inconclusa que por ahora no ha sido llevada al papel; quizá pueda pensársela como una suerte de trabajo de transición, pero, en general, su nivel (que hace hincapié en el relato de lo cotidiano y en una mirada apenas extrañada de las cosas) no está a la altura de lo mejor de Aloha ni, tampoco, de las historietas guionadas por Roy que fueron mencionadas más arriba.
Seguramente quepa esperar de Maco un libro enteramente de su autoría y a la altura de su primera obra; muestras de su talento abundan en todas sus viñetas, por cierto. Mientras tanto, con el volumen Maco & Roy Greatest Hits y esta nueva edición de Aloha, los lectores de historieta uruguayos tienen acceso a lo mejor del trabajo de una historietista singular y atendible.

Publicada en La Diaria el 20 de enero de 2017


Banda de Orcos, Rodolfo Santullo (guión) y Marc Borstel (arte)



Orcos noir
 

Los géneros, no importa si en narrativa gráfica o literaria, demandan un equilibrio entre lo mismo (aquello que vincula el relato en cuestión al género) y lo nuevo (lo que lo hace valer la pena y trascender la mera repetición de lugares comunes agotados). A la vez, cabe pensar que algunos géneros toleran un peso mayor de lo mismo y otros demandan un énfasis más notorio en lo nuevo; de esta manera, la ciencia ficción clásica reclamaba “originalidad” mientras que la fantasía épica tolera el ensayo de variantes más bien tenues sobre el repertorio de figuras consagrado por Tolkien en El señor de los anillos y El Silmarillion. Es cierto que las obras maestras del género (Canción de fuego y hielo, Terramar, Elric de Melnibone, etc) arriesgan una distancia mayor con el molde, pero nadie puede dudar que buena parte del cuerpo del género, al menos a nivel comercial, se limita a imponer variantes mínimas a su matriz.
 
En ese sentido, Banda de Orcos, la novela gráfica de Rodolfo Santullo (guión) y Marc Borstel (arte) propone un equilibrio atendible entre los lugares comunes del género (magia, batallas, razas diferenciadas, feudalismo, etc) y el ímpetu de ofrecer una vuelta de tuerca. Su trama es sencilla: sigue a un grupo de orcos en su intento de regresar a casa tras haber llegado tarde (y en esa “llegada tarde” aparece ya una modulación de interés con respecto al ímpetu épico del género) a una batalla decisiva; en el camino, por supuesto, se toparán con resabios de esa batalla y con personajes en principio más “nobles” que ellos, al menos de acuerdo a los esquemas o taxonomías clásicas o tácitas del género. Pero Santullo no evita ofrecer esquemas demasiado maniqueos sino que –y aquí aparece uno de los elementos de mayor interés en su guión– tampoco condesciende a imponer nobleza u honor a sus protagonistas orcos para garantizar de esa manera la empatía del lector. Por cierto, que integrantes de esta especie fantástica reclamen protagonismo no es algo nuevo (pasa, por ejemplo, en el videojuego Warcraft III y en la película inspirada por esa serie), pero en general cuando se propone como personaje principal un orco (o un grupo de orcos) se opta también por destacarles/inventarles alguna virtud –honor, sacrificio, etc– que facilite la mencionada empatía; Santullo, felizmente, no repite ese gesto, y a sus orcos los mueven apenas móviles egoístas o de supervivencia. Casi como si se tratara de un híbrido entre la crook-story de la novela negra y la fantasía, con una modulación a una narrativa, digamos, amigable con los lectores jóvenes. Black fantasy o hard-boiled fantasy, digamos, para diferenciarla de la dark fantasy, o fantasía hibridada con el horror y lo inquietante.
 
El guión, entonces, es interesante y funciona bien; pero es en el arte de Marc Borstel –que también se nutre de lugares comunes del género y les impone un giro personal– donde Banda de Orcos brilla más. La narración visual es fluida y dinámica, y el diseño de personajes (y razas) sugerente. Es fácil notar la impronta del modelo de producción elegido por Peter Jackson para sus seis películas ambientadas en la Tierra Media (los “sindiros” de este libro se parecen en cuanto a yelmos y armaduras a los elfos de la Segunda Edad en el prólogo a La comunidad del anillo; el armamento y las defensas de los orcos recuerda al de los Uruk-hai en esa misma película y en Las dos torres), a lo que cabe sumar la representación de las “falkirias”, cuya evidente sensualidad remite a comics europeos setentero-ochenteros, pero Borstel se las arregla para imponer, especialmente a nivel de detalles, su propia variante del estilo consagrado por el género. Y dibuja y entinta maravillosamente bien. Quizá merezca, de paso, una atención especial su tratamiento de los fondos o escenarios, que funciona perfectamente en el contexto de un género en el que las geografías ficticias (no en vano casi todos los libros de high fantasy o fantasía épica incluyen mapas) son tan importantes.
Banda de Orcos, subtitulado Una razón para morir, es notoriamente la primera entrega de una saga. Lo que ofrecen sus 74 páginas de relato y otras tantas de diseño de personajes, entonces, cumple con el objetivo de dejar al lector pidiendo más.

Publicada en La Diaria el 6 de enero de 2017

jueves, 19 de febrero de 2015

Sangre y sol, Nahus & Alves



El gallego y los samurais
 

Abel Alves (Ferrol, España, 1981), qué duda cabe, es el más interesante entre los novísimos historietistas de la escena local. Sus primeros trabajos publicados por estas latitudes pertenecen a Zombess, su saga humorística y übergeek iniciada en el blog webcomic Marche un cuadrito y recogida posteriormente en dos volúmenes, Zombi psicópata adolescente y El orbe del conocimiento. Después publicó un relato breve en el compilado Otoño, donde su afición por la obra de H.P.Lovecraft derivó en un tratamiento más alejado del humor y cercano a la fuente de horror cósmico de los famosos Mitos de Cthulhu, y participó del proyecto histórico Bandas Orientales. Ahora –hace unos meses, en realidad– se puede encontrar en librerías su tercer libro, la novela gráfica Sangre y sol.
 
El libro es por supuesto interesante en sí mismo y muy disfrutable como historia de intriga y aventuras en clave de novela histórica (ya llegaremos a eso), pero también vale la pena detenerse por un momento en su lugar dentro de la obra de Alves, quien para esta oportunidad prefirió desempeñarse como guionista y dejar los lápices a otro dibujante. 
 
Podemos pensarlo de muchas maneras, pero quizá sea válido ver en ese gesto algo parecido a lo que lleva a ciertos escritores a publicar algunos de sus libros bajo un  pseudónimo; Levrero, por poner un ejemplo cercano, sintió en su momento que la “persona” que venía construyendo con sus primeros libros no estaba del todo sintonizada con los códigos estéticos y conceptuales de la novela Nick Carter se divierte mientras el lector es asesinado y yo agonizo, por lo que optó por firmarla (curiosamente no se trató de un pseudónimo sino de una suerte de recolonización de su nombre “real”) como Jorge Varlotta (recordemos que el nombre completo del autor de Desplazamientos era Jorge Mario Varlotta Levrero). Podría pensarse, entonces, que ciertos contenidos, para Abel Alves, funcionan mejor trabajados en el estilo de otro dibujante, y probablemente tenga razón. Los trazos de Zombess, que funcionan a la perfección dentro de los límites de esa propuesta, difícilmente habrían resultado los ideales para una historia esencialmente “seria” (perdón por el término tan poco preciso) como Sangre y sol, de modo que la idea de confiar ese guión a otro dibujante puede ser reconocido como uno de los primeros aciertos de la propuesta. Y la elección de Nahuel “Nahus” Silva, con su estilo visceral, lleno de manchas y trazos cuya imprecisión parece potenciar tremendamente su expresividad, sin lugar a dudas marcó la personalidad de esta novela gráfica. Es fácil imaginar una historieta de corte histórico que se proponga hacer equivaler la precisión en la representación de la época con un dibujo de línea clara, también preciso y detallista, pero la elección de Silva, justamente, implica una elección diferente y más arriesgada, que confiere a Sangre y sol una personalidad extraordinaria. 
 
Es cierto que algunas viñetas no parecen del todo bien resueltas, o que en algunas páginas el dibujo da la sensación de haber sido notoriamente menos trabajado (la página 16, en particular la tercera viñeta, podría ser un buen ejemplo) que en los mejores momentos del libro, pero defectillos de este tipo no empañan, en mi opinión, el balance general. La idea de poner a Nahuel Silva a cargo de la parte gráfica, entonces, puede pensarse como arriesgada y exitosa, a contrapelo quizá de lo que habría sido la opción conservadora y segura.

Tiempo e historia
1853. Los barcos del Comodoro estadounidense Matthew Perry llegan a Japón e inician el fin de una era. La superioridad militar americana es abrumadora, y los japoneses no pueden hacer otra cosa que aceptar los tratados comerciales propuestos por Estados Unidos, dando así el primer paso hacia la restauración Meiji, época caracterizada por la rápida modernización del país nipón (p.113) 
 
Así comienzan las “Notas históricas” que complementan la historieta propiamente dicha en Sangre y sol. Con ese escenario de una época de profundos cambios en la sociedad japonesa, la novela gráfica de Alves cuenta la historia de Antón, un “bandolero” gallego que se desempeña como guardaespaldas de un diplomático español que, en las primeras páginas del libro, es trasladado desde Manila hasta Japón. Allí ambos se enredarán con las acciones de un grupo de asesinos que deploran la apertura y modernización del país y anhelan un retorno a las viejas tradiciones, para lo cual actúan en plan “terrorista”, asesinando diplomáticos extranjeros. La trama, entonces, es simple, pero su marco histórico –por llamarlo de alguna manera– le permite a Alves una apertura de ideas y referencias que enriquecen la propuesta. Por ejemplo, cerca del final del libro, el líder de los asesinos es confrontado por una de las fuerzas del orden niponas, y en ese diálogo pone en evidencia un sustrato más profundo,  que sirve de algo así como un tema subyacente al libro. El acierto de Alves no es únicamente sacar eso a colación (lo cual es, si se quiere, natural dado el tema de la narración) ni saber a qué altura de su relato hacerlo, sino también el permitir que ese tema (qué hacer frente a los cambios irrefrenables en la sociedad, digamos, y cómo pararse ante el paso del tiempo) logre resignificar el proceso de Antón como personaje. Entre el bandolero español que vive en busca de la aventura y da sentido a sus actos desde un episodio de su adolescencia (página 52) y el asesino japonés que sueña con un tiempo estático, con una sociedad libre de cambios y eterna, aparece el universo en que se instala el libro y en el que propone sus reflexiones y su problemática. 
 
Se ha repetido hasta el cansancio que el cómic histórico encuentra un lugar privilegiado en la más reciente producción historietística local; evidentemente Sangre y sol no es una excepción, pero en lugar de convertirse en una solución fácil para moverse más cómodamente en una escena o mercado bastante pautado por historias de lo “relevante uruguayo” y por un mínimo riesgo a la hora de pensar cómo contar o cómo no contar, lo de Alves aparece como una apuesta más compleja y jugada. No sólo por su elección de dibujante sino especialmente por tratarse de una narrativa más ambiciosa de lo que parece a simple vista y que no cede a ciertos facilismos de tema o presentación. Podría pensarse que hay algo significativo en el hecho de que un español se consolide en la escena historietística local escribiendo sobre la historia de Japón (y la de su país también, evidentemente), lo cual podría también presentarse como tenía que ser un español el que pudiera permitirse hacer una historieta histórica que se aparta de la historia nacional, pero la cosa no se agota ahí. El tema de fondo es qué pasa con la novela gráfica uruguaya (en oposición al relato gráfico breve, serializado o no) y de qué manera sus referentes más claros (Santullo, Leguisamo, Peruzzo) encuentran y moldean sus propios caminos de trabajo y exploración; así aparecen libros como Ranitas, que combinan la narrativa autobiográfica  con el trabajo de observación y construcción de época, o que apelan a la literatura del yo (como la excelente Las partes malas, con guión de Pablo “Roy” Leguisamo), a la memoria histórica (Valizas, de Santullo sería un ejemplo) o a temas especialmente vivos en el debate diario (Vientre, del ya nombrado Roy). Desde este punto de vista, Sangre y sol elige el molde histórico para desarrollar una sensibilidad o una postura ante los cambios, ante la historia (esa “pesadilla de la que me quiero despertar”, como decía el Stephen Dedalus de Joyce), para hacer algo así como una “filosofía”. En su elección del Japón decimonónico como escenario, Alves parecería proponernos algo estrictamente ajeno a los referentes más comunes de la escena historietística local, pero lo hace para hablarnos de un tema que fácilmente podemos imaginar como esencial, independiente de nacionalidad y de época histórica. En ese sentido, su pariente más cercano podría ser el Nicolás Peruzzo de La mudanza, un libro en rigor más sutil o incluso tenue, aunque de gran belleza.
 
Podría hablarse, a la vez, de las maneras en que Alves contruye o reconstruye la historia en Sangre y sol. El apéndice parahistorietístico del libro pone en evidencia la “fidelidad a la historia” en un gesto que es relativamente común en el subgénero histórico (su punto más minucioso en cuanto a la historieta uruguaya podría rastrearse al Matías Castro de Bernardina hacia la tormenta o al Alejandro Rodríguez Juele de La isla elefante), pero el mayor problema de este texto es que resulta casi completamente redundante. Lo que Alves nos cuenta (como el párrafo citado) ya estaba dicho con claridad  en la historieta (la página 17 sería un buen ejemplo), de modo que su traducción o traslación a otro lenguaje parece obedecer a la noción de que ciertos modos de la prosa sirven para apuntalar lo dicho con imágenes y globitos, como si estos no se bastaran por sí mismos. Quizá habría valido la pena menos reiteración y más detalles, como una suerte de zoom en la información histórica implícita en las páginas de historieta. Así, el apéndice aporta poco, hecha la excepción de las fotografías presentadas, que sirvieron de modelo al dibujante para su representación de lugares y rostros, y quizá resulta o bien superfluo o bien una oportunidad no aprovechada de ofrecerle al lector un nivel más denso de representación de una época. Pero eso es secundario: la historieta de Alves y Silva es lo suficientemente elocuente como para que el libro valga la pena y se convierta en una de las publicaciones más interesantes del 2014, además de un libro renovador y significativo para la escena historietística local.

Publicada en La Diaria el 18 de febrero de 2015