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lunes, 1 de agosto de 2016

Aram el Armenio, Alvez & Majox & Lee; Rincón de la bolsa, Peruzzo & Serra



Leer el hígado onettiano




Parece fácil constatar el crecimiento (incluso el “auge”) del cómic uruguayo en los últimos seis u ocho años. Hay, de hecho, varias líneas especialmente visibles: la consolidación de proyectos editoriales (en particular Grupo Belerofonte, seguido por Dragon Comics y Ninfa Comics, con el grupo GAS a cierta distancia) y de un pequeño grupo de guionistas liderado (en más de un sentido, pero detallarlo sería motivo para otra nota) por Rodolfo Santullo, sobre quien es ya un lugar común señalar su buen hacer y –detalle para nada menor– su prolificidad. Es posible, de hecho, que las virtudes y defectos de Santullo como guionista sean también los defectos y las virtudes de la escena historietística local, al menos en lo referente a los guiones. 
 
Esto, me parece, es particularmente visible en dos novelas gráficas de aparición reciente: Aram el armenio, con guión de Abel Alves y arte de Majox y Lara Lee, y Rincón de la bolsa, con guión de Nicolás Peruzzo y arte de Gabriel Serra. Novelas sólidas, bien hechas, pero, a la vez, creaciones en cierto modo conservadoras.
 
La última fue publicada por entregas en Lento, y correspondió a José Gabriel Lagos, editor de la revista, aportar el prólogo al libro coeditado por Ninfa Comics, Grupo Belerofonte y Estuario Editora. Se trata de un texto valiosísimo, en tanto propone una serie de líneas de lectura particularmente claras, ofrece un vínculo fértil con una tradición literaria y contagia de entusiasmo al lector. Sería muy difícil, en efecto, contradecir a Lagos cuando comenta la relación de la historieta de Peruzzo con Onetti y, en particular, con El Astillero y una de sus “interpretaciones” más consagradas. En el caso del guión de Peruzzo, ese recurso de referencia al centro del canon narrativo uruguayo sirve para espesar significados; Onetti jugó a aceptar y negar la lectura de su novela como una alegoría del Uruguay del neobatllismo ya decadente, y Peruzzo, hábilmente, instala su alegoría en el mismo juego iniciado por Onetti. El lector, ya desde la portada, donde se ve un edificio venido a menos que ostenta el cartel “Larsen S.A.”, puede pensar que va a encontrarse con una novela gráfica en la que la decadencia de una fábrica remeda la decadencia del país de la misma manera en que la decadencia del astillero Onettiano remeda… bueno, ya me entendieron. Esa instalación de una alegoría, sin embargo, podría ser mejor pensada –y acá aparece otro gran acierto de Peruzzo– como una modulación de cierta alegoría, ya que si la onettiana es dada por sentado desde el comienzo, a medida que se avanza en la novela gráfica está claro que cobran especial relieve otros asuntos más vinculados al proceso del protagonista y no menos onettianos.
 
En manos de un guionista menos hábil la referencia podría ahogar o agotar la narrativa, pero eso no pasa en Rincón de la Bolsa. En la línea de las virtudes del trabajo de Santullo visibles en la obra  de los guionistas que integran ese grupo de historietistas del que hablaba más arriba (y cabe listar a Peruzzo, a Pablo “Roy” Leguisamo y a Martín “Magnus” Pérez), sin duda el manejo hábil de las estructuras narrativas, la economía de medios y el conocimiento de referentes literarios (que pueden ser tanto géneros como escritores puntuales) son los valores que se persiguen y, en general, se alcanzan. Peruzzo, entonces, logra armar un relato sólido, dinámico y ágil. 
 
Los defectos que cabe encontrar, por cierto, no pesan más que lo mejor de lo propuesto por la novela. Es cierto que hay una suerte de ansiedad en Peruzzo por compactar significados y alusiones en pocas viñetas, y que a veces hasta se vuelve involuntariamente gracioso como cada personaje que toma la palabra se pone a discurrir sobre los males que aquejan al lugar donde vive y suelta parrafadas sobre la vida y obra de los vecinos del lugar. En una novela gráfica significativamente más larga esto quizá no habría sido un punto en contra, pero dada la brevedad de Rincón de la bolsa se trata de un detalle que no juega realmente a favor.
Del mismo modo, Peruzzo parece atento a no contravenir prácticas consagradas y a construir su narrativa de acuerdo a los manuales más en uso. Así, la división en “actos” de Rincón de la bolsa, por ejemplo, es sumamente notoria y hasta un poco forzada (en Santullo, la misma actitud suele verse, al menos en sus mejores momentos, como más natural). Si no operara, de hecho, en relación a un evidente descenso del protagonista a una forma gris del infierno, esa prolijidad iría en detrimento de la potencia del libro. Pero no sucede: si entendemos que lo que le importa a Peruzzo es más bien “cumplir” con códigos de artesanado y –quizá sea un término clave– profesionalidad, queda claro que su principal logro al respecto  es que desde esa actitud poco jugada o conservadora la novela logra abrirse camino en expresividad e interés.
Hay que señalar que buena parte del balance positivo de Rincón de la Bolsa (y de su mencionada expresividad) tiene que ver con el hermoso arte de Gabriel Serra, que por momentos parece heredero de los momentos más expresivos de Matías Bergara, por dar un referente reciente y local. En cualquier caso, la construcción del pueblo, la fábrica y las playas por las que caminan los personajes, es impecable. El arte de Serra construye un clima aplastante e implacable, tanto que es fácil ponerse a imaginar relatos de Onetti vueltos imagen por la mano de este dibujante.


La pesadilla de la historia
El caso de Aram el armenio es similar; de hecho, no sería un juicio tan desencaminado señalar que ambos libros son correctos, que ambos libros funcionan y que, a la vez, ninguno de ellos llega realmente a asombrar o sobrecoger, al menos desde una operación tan antinatural como la implícita en separar el guión del arte visual (porque es notorio que el arte de Serra sí funciona como un verdadero golpe al lector).
Abel Alves tiene su fuerte en el humor geek y delirante de la serie Zombess; sin embargo, ha dado también muestras de ese profesionalismo, versatilidad y buen hacer narrativo que la escena local privilegia sobre otros valores posibles (la experimentación, el desafío al lector, etc). En el caso de Aram…, el tema histórico –el genocidio del pueblo armenio– impone, por supuesto, una actitud de respeto hacia la fuente “real” de la narración y una sensibilidad cuidadosa, y en ambas cosas Alves sale adelante. Como en el caso de la novela de Peruzzo, los defectos apenas comprometen el balance final, y de hecho las relecturas –incluso más que en el caso de Rincón…– terminan por “convencer” de que ciertas zonas de la trama funcionan bien (o mejor de lo que se pensaba) pese a una primera impresión. 
 
Una de las estrategias más claras de Alves en Aram… es rehuir de absolutismos o maniqueísmos y apelar a complicar las facciones en pugna. Dicho de un modo burdo, hay en esta novela gráfica –de las pocas o poquísimas que abordan el tema del genocidio armenio a manos del Imperio Otomano, hecho que, vergonzosamente, sigue sin ser aceptado por el estado sucesor del perpetrador– turcos buenos y turcos malos, armenios empáticos y hasta heroicos y también armenios… pues no tanto. Esta estrategia –que es, por qué no decirlo, también de manual– se convierte en uno de los ejes por los que prolifera la construcción de significado (narrativo e histórico, por tanto también político) de Aram…, que fluye desde esas premisas y condiciones iniciales hasta un desenlace quizá un poco simple y un final (me refiero a exactamente la última página) que no está a la altura de los momentos más expresivos. Una vez más, la elección de Majox y Lara Lee para el arte visual del libro es un detalle clave. Alves es un dibujante más que atendible (de hecho brilla en el registro de la ya mencionada serie Zombess), y a la vez demuestra ser capaz de detectar que para ciertos guiones su estilo no es el más adecuado. Hace ya algunos años, la colaboración con el entrerriano Nahuel “Nahus” Silva generó  Sangre y sol, un libro atendible pero con altibajos notorios (en particular en la parte gráfica); en Aram…, en cambio, el aspecto visual es impecable, tanto desde el dibujo como –y diría especialmente– desde el coloreado.
 
Tanto Aram… como Rincón… exhiben equipos de dibujantes y guionistas notoriamente competentes; en el contexto de la escena historietística uruguaya reciente, donde la apuesta por la profesionalidad, la consistencia y la versatilidad es sin duda clave del crecimiento y visibilidad de sus artistas, aparecen como libros valiosos, sólidos, que construyen o confirman la buena salud de la que goza el comic uruguayo (o rioplatense, o iberoamericano, dado que Majox y Lara Lee son argentinas y Alves gallego); en ese sentido, sus propuestas son más que bienvenidas. Del mismo modo, en cuanto al goce de lectura, los dos libros cumplen. Ambas novelas gráficas son excelentes muestras de lo que se está publicando en historieta por estas latitudes, y sin duda aportan más argumentos a la hora de establecer el talento en potencia y en acto de sus creadores, así como también la manera o maneras en que se configura la escena historietística local.

Publicada en La Diaria el 1 de julio de 2016

jueves, 19 de febrero de 2015

Sangre y sol, Nahus & Alves



El gallego y los samurais
 

Abel Alves (Ferrol, España, 1981), qué duda cabe, es el más interesante entre los novísimos historietistas de la escena local. Sus primeros trabajos publicados por estas latitudes pertenecen a Zombess, su saga humorística y übergeek iniciada en el blog webcomic Marche un cuadrito y recogida posteriormente en dos volúmenes, Zombi psicópata adolescente y El orbe del conocimiento. Después publicó un relato breve en el compilado Otoño, donde su afición por la obra de H.P.Lovecraft derivó en un tratamiento más alejado del humor y cercano a la fuente de horror cósmico de los famosos Mitos de Cthulhu, y participó del proyecto histórico Bandas Orientales. Ahora –hace unos meses, en realidad– se puede encontrar en librerías su tercer libro, la novela gráfica Sangre y sol.
 
El libro es por supuesto interesante en sí mismo y muy disfrutable como historia de intriga y aventuras en clave de novela histórica (ya llegaremos a eso), pero también vale la pena detenerse por un momento en su lugar dentro de la obra de Alves, quien para esta oportunidad prefirió desempeñarse como guionista y dejar los lápices a otro dibujante. 
 
Podemos pensarlo de muchas maneras, pero quizá sea válido ver en ese gesto algo parecido a lo que lleva a ciertos escritores a publicar algunos de sus libros bajo un  pseudónimo; Levrero, por poner un ejemplo cercano, sintió en su momento que la “persona” que venía construyendo con sus primeros libros no estaba del todo sintonizada con los códigos estéticos y conceptuales de la novela Nick Carter se divierte mientras el lector es asesinado y yo agonizo, por lo que optó por firmarla (curiosamente no se trató de un pseudónimo sino de una suerte de recolonización de su nombre “real”) como Jorge Varlotta (recordemos que el nombre completo del autor de Desplazamientos era Jorge Mario Varlotta Levrero). Podría pensarse, entonces, que ciertos contenidos, para Abel Alves, funcionan mejor trabajados en el estilo de otro dibujante, y probablemente tenga razón. Los trazos de Zombess, que funcionan a la perfección dentro de los límites de esa propuesta, difícilmente habrían resultado los ideales para una historia esencialmente “seria” (perdón por el término tan poco preciso) como Sangre y sol, de modo que la idea de confiar ese guión a otro dibujante puede ser reconocido como uno de los primeros aciertos de la propuesta. Y la elección de Nahuel “Nahus” Silva, con su estilo visceral, lleno de manchas y trazos cuya imprecisión parece potenciar tremendamente su expresividad, sin lugar a dudas marcó la personalidad de esta novela gráfica. Es fácil imaginar una historieta de corte histórico que se proponga hacer equivaler la precisión en la representación de la época con un dibujo de línea clara, también preciso y detallista, pero la elección de Silva, justamente, implica una elección diferente y más arriesgada, que confiere a Sangre y sol una personalidad extraordinaria. 
 
Es cierto que algunas viñetas no parecen del todo bien resueltas, o que en algunas páginas el dibujo da la sensación de haber sido notoriamente menos trabajado (la página 16, en particular la tercera viñeta, podría ser un buen ejemplo) que en los mejores momentos del libro, pero defectillos de este tipo no empañan, en mi opinión, el balance general. La idea de poner a Nahuel Silva a cargo de la parte gráfica, entonces, puede pensarse como arriesgada y exitosa, a contrapelo quizá de lo que habría sido la opción conservadora y segura.

Tiempo e historia
1853. Los barcos del Comodoro estadounidense Matthew Perry llegan a Japón e inician el fin de una era. La superioridad militar americana es abrumadora, y los japoneses no pueden hacer otra cosa que aceptar los tratados comerciales propuestos por Estados Unidos, dando así el primer paso hacia la restauración Meiji, época caracterizada por la rápida modernización del país nipón (p.113) 
 
Así comienzan las “Notas históricas” que complementan la historieta propiamente dicha en Sangre y sol. Con ese escenario de una época de profundos cambios en la sociedad japonesa, la novela gráfica de Alves cuenta la historia de Antón, un “bandolero” gallego que se desempeña como guardaespaldas de un diplomático español que, en las primeras páginas del libro, es trasladado desde Manila hasta Japón. Allí ambos se enredarán con las acciones de un grupo de asesinos que deploran la apertura y modernización del país y anhelan un retorno a las viejas tradiciones, para lo cual actúan en plan “terrorista”, asesinando diplomáticos extranjeros. La trama, entonces, es simple, pero su marco histórico –por llamarlo de alguna manera– le permite a Alves una apertura de ideas y referencias que enriquecen la propuesta. Por ejemplo, cerca del final del libro, el líder de los asesinos es confrontado por una de las fuerzas del orden niponas, y en ese diálogo pone en evidencia un sustrato más profundo,  que sirve de algo así como un tema subyacente al libro. El acierto de Alves no es únicamente sacar eso a colación (lo cual es, si se quiere, natural dado el tema de la narración) ni saber a qué altura de su relato hacerlo, sino también el permitir que ese tema (qué hacer frente a los cambios irrefrenables en la sociedad, digamos, y cómo pararse ante el paso del tiempo) logre resignificar el proceso de Antón como personaje. Entre el bandolero español que vive en busca de la aventura y da sentido a sus actos desde un episodio de su adolescencia (página 52) y el asesino japonés que sueña con un tiempo estático, con una sociedad libre de cambios y eterna, aparece el universo en que se instala el libro y en el que propone sus reflexiones y su problemática. 
 
Se ha repetido hasta el cansancio que el cómic histórico encuentra un lugar privilegiado en la más reciente producción historietística local; evidentemente Sangre y sol no es una excepción, pero en lugar de convertirse en una solución fácil para moverse más cómodamente en una escena o mercado bastante pautado por historias de lo “relevante uruguayo” y por un mínimo riesgo a la hora de pensar cómo contar o cómo no contar, lo de Alves aparece como una apuesta más compleja y jugada. No sólo por su elección de dibujante sino especialmente por tratarse de una narrativa más ambiciosa de lo que parece a simple vista y que no cede a ciertos facilismos de tema o presentación. Podría pensarse que hay algo significativo en el hecho de que un español se consolide en la escena historietística local escribiendo sobre la historia de Japón (y la de su país también, evidentemente), lo cual podría también presentarse como tenía que ser un español el que pudiera permitirse hacer una historieta histórica que se aparta de la historia nacional, pero la cosa no se agota ahí. El tema de fondo es qué pasa con la novela gráfica uruguaya (en oposición al relato gráfico breve, serializado o no) y de qué manera sus referentes más claros (Santullo, Leguisamo, Peruzzo) encuentran y moldean sus propios caminos de trabajo y exploración; así aparecen libros como Ranitas, que combinan la narrativa autobiográfica  con el trabajo de observación y construcción de época, o que apelan a la literatura del yo (como la excelente Las partes malas, con guión de Pablo “Roy” Leguisamo), a la memoria histórica (Valizas, de Santullo sería un ejemplo) o a temas especialmente vivos en el debate diario (Vientre, del ya nombrado Roy). Desde este punto de vista, Sangre y sol elige el molde histórico para desarrollar una sensibilidad o una postura ante los cambios, ante la historia (esa “pesadilla de la que me quiero despertar”, como decía el Stephen Dedalus de Joyce), para hacer algo así como una “filosofía”. En su elección del Japón decimonónico como escenario, Alves parecería proponernos algo estrictamente ajeno a los referentes más comunes de la escena historietística local, pero lo hace para hablarnos de un tema que fácilmente podemos imaginar como esencial, independiente de nacionalidad y de época histórica. En ese sentido, su pariente más cercano podría ser el Nicolás Peruzzo de La mudanza, un libro en rigor más sutil o incluso tenue, aunque de gran belleza.
 
Podría hablarse, a la vez, de las maneras en que Alves contruye o reconstruye la historia en Sangre y sol. El apéndice parahistorietístico del libro pone en evidencia la “fidelidad a la historia” en un gesto que es relativamente común en el subgénero histórico (su punto más minucioso en cuanto a la historieta uruguaya podría rastrearse al Matías Castro de Bernardina hacia la tormenta o al Alejandro Rodríguez Juele de La isla elefante), pero el mayor problema de este texto es que resulta casi completamente redundante. Lo que Alves nos cuenta (como el párrafo citado) ya estaba dicho con claridad  en la historieta (la página 17 sería un buen ejemplo), de modo que su traducción o traslación a otro lenguaje parece obedecer a la noción de que ciertos modos de la prosa sirven para apuntalar lo dicho con imágenes y globitos, como si estos no se bastaran por sí mismos. Quizá habría valido la pena menos reiteración y más detalles, como una suerte de zoom en la información histórica implícita en las páginas de historieta. Así, el apéndice aporta poco, hecha la excepción de las fotografías presentadas, que sirvieron de modelo al dibujante para su representación de lugares y rostros, y quizá resulta o bien superfluo o bien una oportunidad no aprovechada de ofrecerle al lector un nivel más denso de representación de una época. Pero eso es secundario: la historieta de Alves y Silva es lo suficientemente elocuente como para que el libro valga la pena y se convierta en una de las publicaciones más interesantes del 2014, además de un libro renovador y significativo para la escena historietística local.

Publicada en La Diaria el 18 de febrero de 2015

viernes, 11 de julio de 2014

El club de los ilustres - Conspiración en las sombras, Santullo & Hansz, y Zombess - El orbe del conocimiento, Abel Alves



Humor, Lovecraft y Batlle y Ordóñez

 

Este año la zafra de historietas (por llamar de alguna manera a ese primer momento del año en que, en torno a la convención Montevideo Comics, son lanzadas nuevas historietas al mercado) dejó dos libros que hacen del humor una parte fundamental de su propuesta. Se trata de El club de los ilustres – Conspiración en las sombras, de Rodolfo Santullo (guión) y Guillermo Hansz (arte), y de Zombess – El orbe del conocimiento, de Abel Alves (guión y arte), y ambos proponen nuevos relatos en series ya establecidas. 
 
En ese sentido, el libro de Santullo y Hansz ha de entenderse como una secuela directa de El club de los ilustres, publicado en 2012. Las mismas coordenadas de ese libro fundador de la saga aparecen en la segunda entrega, aunque para esta ocasión el guión deja un poco de lado los elementos más steampunk (corriente narrativa y estética originada en la ciencia ficción y basada en una extrapolación de la tecnología del vapor en la era Victoriana) e introduce un nuevo enemigo, cuya irrupción en el 1914 de ese Uruguay delicadamente alternativo (en el que Varela no murió en 1879 ni Delmira Agustini en el año en que transcurre este relato, y ambos –junto a Horacio Quiroga– integran un equipo de agentes secretos o, si se quiere, superhéroes) motiva el regreso a Montevideo de Quiroga y la reagrupación del equipo. 
 
En ambos libros es fácil la simbiosis entre el guionista y el dibujante; a un guión bien aceitado, con una narración fluida y un amplísimo panorama de guiños a la narrativa y la historieta de aventuras y superhéroes (por ejemplo, en la página 15 encontramos a Batlle y Ordóñez jugando al ajedrez con Lorenzo Latorre, villano del libro primero, como si fuesen Magneto y Charles Xavier, de X-men) se suma el impresionante talento de Hansz para el humor gráfico y los gags visuales. Su estilo, además, limpio y preciso, en la mejor tradición de Francisco Ibáñez (Mortadelo y Filemón), brilla por sí mismo en algunas de las mejores páginas del libro: la 14, la 39, las 42-43, con su reconstrucción de la batalla de Masoller, las 76-77 y la 78.
 
Conspiracion en las sombras es, en definitiva, un excelente añadido a la creciente (y sobria: Santullo evita la tentación de barroquizar su saga en una acumulación de referencias y elementos de historia alternativa, decisión que lo aparta saludablemente del modelo extremo de Alan Moore en La liga de caballeros extraordinarios) mitología de los Ilustres, ahora también con Luis Alberto de Herrera en la nómina de agentes.


La zombi sobre Innsmouth
El gallego Abel Alves es, sin duda, uno de los creadores más interesantes de la nueva escena historietística uruguaya. Como dibujante acierta siempre, en parte porque es evidentemente consciente de sus limitaciones y sus posibilidades –lo que no le ha impedido seguir creciendo–, y como guionista es capaz de trabajar cómoda y atinadamente en registros y tonos tan variados como los que encontramos en la historieta Sangre y sol (que cuenta con arte del entrerriano Nahuel Silva), el relato corto “Mañana empieza el otoño” (en el compilado Otoño, editado por la Asociación Uruguaya de Creadores de Historietas) y, por supuesto, la serie de Zombess. Como en el caso del segundo libro de El club de los ilustres, aquí las coordenadas son las mismas que dominan a la serie: humor, páginas con un remate gracioso en la última viñeta, referencias a la cultura geek, el cine de culto, los juegos de rol, el anime y, en particular, a las obras de H.P.Lovecraft y sus Mitos de Chutlhu. En el universo de Alves, eso sí, Cthulhu es Cthurro y el terrible Necronomicon es un libro “salido” (dirían los españoles) obsesionado con las tetas, pero estos detalles no empañan el hecho de que Alves se demuestra un gran conocedor de la narrativa de Lovecraft, en tanto esta nueva entrega de Zombess funciona perfectamente (humor al margen ahora) dentro de la lógica de todas los relatos lovecraftianos, en los que la amenaza del retorno de los terribles dioses primigenios está a punto de estallar (y cambiar la faz de la Tierra por lo tanto) pero es, eventualmente, disipada o, mejor dicho, postergada
 
Un añadido especialmente interesante a este libro aparece en las páginas 62-64, en las que el arte queda a cargo de Matías Bergara, uno de los dos o tres dibujantes más importantes de la nueva historieta uruguaya. El pretexto narrativo es que los personajes atraviesan un portal que los conduce al “Caos”, una suerte de dimensión paralela a la que ha sido arrojado Cthurro y en la que se enfrenta a la principal antagonista –en este libro al menos– de los personajes de la serie, generando un contraste especialmente vívido entre el arte trabajado en grises y tremendamente expresivo de Bergara y el dibujo estilizado y divertido de Alves. Vale la pena, además, destacar la cuarta viñeta de la página 64, en la que Bergara incorpora una impresionante referencia gráfica a animaciones como Dragon Ball.
Tanto Zombess – El orbe del conocimiento como El club de los ilustres – Conspiración en las sombras hablan, y con elocuencia, de la buena salud de la escena historietística local. Es de esperar entonces que estas series continúen (ambas, cada una a su manera, juegan a dejar en vilo al lector con sus últimas páginas) y que el panorama siga desplegándose en esta pauta de variedad y buen hacer crecientes que viene dándose desde hace ya unos buenos seis años.

Publicado en La Diaria el 11 de julio de 2014

miércoles, 14 de mayo de 2014

Otoño, varios autores



Historietas de media estación



Hace un año y unos meses AUCH (Asociación Uruguaya de Creadores de Historieta) publicó Verano, primer compilado de historietas creadas por sus miembros. De calidad desigual –había al menos un par de historietas buenísimas, otro tanto poco llamativas y una o dos francamente terribles–, ese libro resultó de especial interés a la hora de constatar la emergencia y crecimiento de ciertos historietistas –en particular Martín “Magnus” Pérez y Pablo “Roy” Leguisamo– y mapear una buena porción de la escena historietística local. Ahora, la publicación de Otoño, también premiado por un Fondo Concursable en la categoría Relato Gráfico, nos permite preguntarnos qué ha cambiado y qué se ha mantenido.
 
Para empezar, hay algunas firmas nuevas. O, al menos, ausentes del compilado anterior. Llama la atención, por ejemplo, la incorporación de Nacho Alcuri como guionista, junto al deslumbrante trabajo de Santiago Vecino en el arte gráfico. Y otro nombre “nuevo” (en esta serie de compilados, claro está, porque los seguidores de su trabajo saben que desde hace no poco tiempo que publica en Uruguay) es el de Abel Alves, quien aporta la mejor de las historietas presentadas en este libro.
De los que repiten se puede decir que su trabajo se mantiene entre lo mejor que está produciéndose en nuestro país. Así, Magnus –junto al veterano William Gezzio– aporta “Guerra secreta”, un relato divertido sólidamente narrado tanto desde el guión de Magnus como desde los dibujos de Gezzio. En Verano, además, el trabajo de Magnus llamaba la atención por su opción de género (la más visible entre todos los relatos, al inscribirse sin tapujos en la ciencia ficción), pero en Verano, en cambio, no sucede tal cosa, ya que otros de los creadores incluidos optaron por trabajar ese mismo género. Es el caso de la ya mencionada dupla Alcuri/Vecino, que propone en “Mecha” una narrativa cerrada sobre sí misma y hecha casi exclusivamente de imágenes encadenadas vertiginosamente. A este trabajo, por supuesto, le juega a favor la brevedad y el talento de su dibujante.
 
Siguiendo con los creadores que se repiten en ambas muestras encontramos a Pablo “Roy” Leguisamo y a María Concepción “Maco” Algorta, quienes proponen una hermosa historieta resuelta con gran habilidad, anclada visualmente –con gran eficiencia narrativa, cabe aclarar– en una perspectiva casi al nivel del suelo y centrada desde el punto de vista del relato en un objeto perdido que pasa de mano en mano y de historia en historia. La primera mitad de esta breve pero brillante historieta parece tratar irónicamente el serendipity (a veces se traduce como “serendipia”, y una aproximación a su significado podría ser el de una suerte de coincidencia extremadamente improbable que logra tener un efecto importantísimo en la vida de las personas a las que afecta) del título, para luego restaurar el sentido más tradicional del término en la segunda mitad, que conduce al lector a una resolución satisfactoria, casi un final feliz. 
 
También repiten Nicolás Rodríguez Juele (como dibujante de un guión de Alceo Thrasyvoulou) y Gabriel Ciccariello, ambos sólidamente. El talento de Rodríguez Juele como dibujante está más que probado, y “El otoño es un linyera borracho”, la historia a la que aporta aquí sus lápices, es una excelente muestra de su buen hacer. En el caso de Ciccariello tampoco hay sorpresas; su aporte (“Una cabeza de muerto en un frasco”) toca el tema del otoño quizá sólo tangencialmente pero, de todas formas, es una historieta sólida, no de las más interesantes del libro pero tampoco la peor.
En cuanto a las nuevas incorporaciones, destaca el aporte del ya mencionado Abel Alves, quien propone en “Mañana empieza el otoño” una historieta cuya sola inclusión ya justificaría la compra del libro. A su extrema economía de medios se suma una narración textual sugerente, cercana al tono del célebre cuento “El extraño”, de H.P.Lovecraft, relato que está en la matriz, por decirlo de alguna manera, de lo narrado por Alves. Si bien la solución del escenario propuesto podría quizá estar mejor delineada –y eso no quiere decir que no esté clara en la historieta tal como fue publicada–, en cualquier caso lo mejor del aporte de Alves es el clima de ominosidad construido con apenas algunas líneas y un uso magistral del espacio en blanco en las viñetas.
 
El punto más flojo del Otoño es precisamente la primera de las historietas que compila, “Delirio”, con guión y dibujos de Leonardo Silva. Si bien hay momentos interesantes, en general se trata de un relato manido y por tanto lleno de lugares comunes. El guión de Alceo para “El otoño es un linyera borracho”, a la vez, si bien está lejos en cuanto a calidad del decepcionante comienzo del libro, termina un poco diluido entre chistes más o menos graciosos, alguno de ellos tontamente explicado, y da en general una impresión de ansiedad, como si el guionista se hubiese esforzado demasiado en incorporar elementos que sintió ingeniosos pero que, en realidad, no terminan cuajando en un buen aporte. En cualquier caso, el limpio dibujo de Rodríguez Juele salva la historieta; del mismo modo, quienes sigan los trabajos de Alceo podrán disfrutar aquí de los elementos recurrentes de su producción, entre ellos cierta manera de trabajar el humor y una gran abundancia de referencias a la cultura geek.
 
En cierto sentido, dado que de las siete historietas incluidas en el volumen apenas una resulta, digamos, a todas luces fallida o poco satisfactoria, Otoño da la sensación de haber superado cómodamente el nivel de Verano y de convertirse, incluso, en un libro mucho más valioso y disfrutable en su totalidad. En el prólogo que aporta al libro, el argentino Andrés Accorsi señala que el otoño siempre le pareció “amargo”, “mediocre” y “mezquino”; curiosa, acaso irónicamente, el libro que lo tomó como tema es mucho más vibrante, arriesgado y generoso que su predecesor, centrado en el mejor publicitado verano. De hecho, está claro que las mejores historietas de Otoño son mejores que las más descollantes de su predecesor, a la vez que sus momentos menos interesantes (“El otoño es un linyera borracho”, “Una cabeza de muerto en un frasco”, especialmente “Delirio” y, si abstraemos el arte de Santiago Vecino, “Mechas”) son muy superiores a las peores historietas de Verano. Es cierto que Verano tenía más páginas y, por tanto, su muestra de historietas e historietistas era más rica, pero, a la vez, sus momentos más flojos eran malísimos y amenazaban al disfrute del libro, cosa que no sucede –más allá del comienzo dudoso– con este nuevo libro propuesto por AUCH. 
 
En cualquier caso, lo que muestra esta compilación es una escena historietística vital, que sigue enriqueciéndose y que ya cuenta con creadores de gran valor. Lo mejor de la nueva historieta uruguaya, entonces, debe incluir en su nómina de autores a gente como Abel Alves, Magnus y Roy, muy bien representados en las páginas de Otoño.


Publicada (en una versión ligeramente más corta) el 14 de mayo de 2014 en La Diaria

viernes, 23 de noviembre de 2012

Zombess, Abel Alves

Dragon Comics Editora, el sello de Pablo "Roy" Leguisamo y Beatriz "Bea" Leibner, ha dado un paso importante hacia su establecimiento como una editorial: acaba de publicarse su primer libro que no incluye a sus fundadores a nivel autoral. Y se trata de un gran comienzo, en tanto Zombess / ¡Zombi Psicópata Adolescente!, del gallego Abel Albes (1981), es sin lugar a dudas uno de los mejores cómics humorísticos publicados últimamente en nuestro país.
El libro ofrece dos historias protagonizadas por el trío de personajes compuesto por Elizabeth "Bessy" Dellamorte, una zombie de 1.34m que pretende dominar el mundo, Anna Lou, una modelo/actriz rubia, lesbiana y tetona cuya frase favorita es "¡claro que no tengo problema en salir desnuda en esa película!", y nada más y nada menos que el Necronomicon, el libro maldito imaginado por H.P.Lovecraft.
Cada una de las historias ofrecidas, a su vez, está compuesta por páginas que funcionan también a nivel autoconclusivo, en tanto ofrecen un "gag" o chiste que las redondea. Y uno de los grandes aciertos de Alves está precisamente ahí: cualquier página de Zombess nos hará reír, pero, leídas en el orden del libro, arman además una narrativa perfectamente funcional. En la primera historia -"Planeta no muerto"- tenemos la zombificación de la tierra -gracias a la radiación de un cometa- y las maniobras de Anna Lou y "Necro" para restaurarla, contra los planes de Bessy. En este relato aparecen tres de los ocho "objetos de poder arcano", el Necronomicon, un "cetro chispeante" capaz de anular la magia y el "guantelete chispeante", a la vez, en el segundo del libro -"¿Quién es Chiharu Hattori?"-, e insinuando de esta manera un arco narrativo más amplio y que promete más álbumes de Zombess en el futuro, Bessy intentará encontrar un cuarto objeto de poder, el "orbe del conocimiento", para lo cual -gracias una vez más a la magia del Necronomicon- deberán viajar al pasado, más específicamente a 1574 y a Japón, para intervenir en la -histórica- batalla de Nagashino, en la que las fuerzas de Katsuyori Takeda fracasaron en su sitio al castillo defendido por Sadamasa Okudaira y por las fuerzas comandadas por Leyasu Tokugawa y Nobunaga Oda. En ese sentido, la historieta de Alves es una suerte de -más que historieta histórica- "intervención" en la historia japonesa, incorporando en su ficción -sin alterar el desenlace "real"- elementos del universo de sus creaciones (lo cual, curiosamente, traza una línea hacia otra historieta humorística aparecida recientemente, El club de los ilustres, de Rodolfo Santullo y Guillemo Hansz). Esos elementos incluyen abundantes referencias a la cultura popular y friki; en la primera de las historias del libro, de hecho, hay guiños memorables a películas y comics como Star Wars y 300, a videojuegos como Space Invaders, a personajes de ficción como Hello Kitty  y Godzilla, y también -en una suerte de pliegue ficcional especialmente interesante- a personajes históricos reclamados -reciclados, reimaginados, resignificados- por la ficción, como Hattori Hanzo, que, en la historia "real" fue un samurai al servicio del clan Matsudaira -como es presentado en Zombess-, y en la cultura poular es encontrado, además de en Kill Bill, en la serie Hattori Hanzô: Kage no Gundan, interpretado por Sonny Chiba,  y en el manga Path of the Assasin, de Kazuo Koike y Goseki Kojima. El humor de Alves, de hecho, se apoya en esta complicidad con ciertos lectores; además del gusto por el absurdo a la Monty Python (ver, por ejemplo, al "maestro del camuflaje" de la página 59, que lo único que hace es sostener ante sí el dibujo de un arbusto) y de un toque de toilet humor, las irrupciones de mundos ficcionales reconocidos por el lector convierten a muchas de las situaciones narradas en hilarantes.
Otro elemento que aporta al humor es cierto toque ligero de metanarrativa; por ejemplo, en la página 26 vemos los resultados de la invasión de kattens (alienígenas iguales a los personajes de Hello Kitty) a la Tierra; en la primera viñeta se trata de París, en la segunda de New York, y Tokyo en la tercera. En la cuarta viñeta los personajes comentan:
BESS: ¡Maldición! En todo el mundo se está repitiendo la misma catástrofe... ¡Nuestro ejército de muertos está perdiendo la vida!
VINCENT: ¡Cierto! Es como si alguien cortase y pegase el mismo escenario a lo largo del planeta.
Y en efecto, se trata exactamente de los mismos edificios, los mismos daños y explosiones, las mismas naves invasoras, con la salvedad de que en la primerea viñeta vemos, en el centro de la composición, a la Torre Eiffel, mientras que en la segunda aparece la Estatua de la Libertad y en la tercera Godzilla -y que como signo de Tokyo se tome a este personaje es ya de por sí otro chiste, en otro nivel, y, evidentemente, otro guiño al lector. Las palabras del personaje de Vincent, su alusión a "cortar y pegar" no sólo describen el procedimiento del dibujante (es decir un nivel "por encima" de la ficción) sino que, además, funcionan perfectamente en la narrativa, en tanto la misma catástfrofe para las tropas de Bess se repite en todas las ciudades importantes (es decir, en el nivel de la ficción).
El libro está lleno de momentos como este, y la inteligencia y el acierto no decaen en página alguna. Es cierto que para un habitante del Río de la Plata la comicidad está garantizada desde el momento en que podemos leer frases como "¡Come rayo, mamonazo!" (p.49), que quizá suenen un poco más "naturales" para un hablante de las variedades ibéricas del español; sin embargo, el talento de Alves para los diálogos y para el humor meramente verbal, independientemente del registro lingüístico, es innegable. Y como dijera Homero Simpson de Los hombres golpeados por el football, el cortometraje de Juan Topo, el humor de Zombess "funciona en varios niveles".