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jueves, 2 de febrero de 2017

El viaje a la nieve, Alejandro Farias (guión), Tomás Gimbernat (arte); Aloha, Maco




Paisajes interiores


2016 fue un año especialmente rico para la historieta uruguaya. La publicación de la novela gráfica Rincón de la bolsa, por ejemplo, terminó de consolidar a Nicolás Peruzzo como uno de los dos o tres guionistas más talentosos del medio local; asimismo, el crecimiento en cuanto a publicaciones en el extranjero de Rodolfo Santullo (que escribe frecuentemente para editoriales argentinas y ha visto traducida su novela gráfica Dengue a varios idiomas) es sin duda un hecho atendible, al que cabe añadir que su editorial, Grupo Belerofonte, continua co-editando con editoriales argentinas y ofreciendo en el mercado local, por tanto, la obra de los historietistas más interesantes del país vecino.

Un buen ejemplo es sin dudas Alejandro Farías (Bahía Blanca, 1978), de quien fueron ya distribuidos en Uruguay los libros Piedra, papel o tijera (con dibujos de Jozz) y ¿Qué he ganado con quererte? (con dibujos de Junior Santellán), dos muestras notorias de su versatilidad y sus buenas ideas a las que se sumó a fines del año pasado la novela gráfica El color de la nieve, con guión de su autoría y arte de Tomas Gimbernat.

Acaso sea el arte lo más fascinante del libro. Gimbernat debuta en la novela gráfica creando un universo visual bellísimo y expresivo, tributario, cabría pensar, de algunos elementos visuales en las películas de Hayao Myazaki (de hecho uno de los personajes, un escritor, se parece bastante al japonés). Se trata, en cualquier caso, de un mundo habitado por animales antropomórficos (el guión, en ese sentido, remite quizá al clásico Watership Down, tanto la novela de 1972 como el largometraje de 1978, además de, por supuesto, a Animal Farm, de Orwell) y también humanos, que comparten una geografía de carreteras, paradores, desiertos y ciudades escondidas en los bosques. Las viñetas de carretera, de hecho están entre las más sugestivas del libro (la primera de la página 8, toda la página 15, la primera de la página 39, toda la página 83), junto al final visualmente alanmooreano y a las representaciones del bosque como frontera o empalme entre mundos. 

El guión de Farías es correcto y, en general, el relato está construido con solvencia. Hay, sin embargo, ciertas bajadas de línea románticas o hasta cursis, y la incorporación del poema “Paseo Ahumada” de Enrique Lihn (páginas 52-57), si bien no atenta contra la narrativa, termina por convertirse en el momento más flojo del libro (en particular la página 55, que parece querer desviar la atención del lector hacia otro tipo de pacto de lectura, para que de pronto sea retomado el hilo narrativo). La creación del mundo o los mundos ficcionales, de todos modos, termina siendo el lado fuerte de la propuesta, y el ritmo de relato de aventuras que le impone Farías a su guión funciona indudablemente bien.
  
La trama sigue las peripecias de una tortuga (otro de los personajes emplea el término “tortugo”) que se propone alcanzar la región austral en la que comienzan las nieves, y es interesante que al señalar esa dirección el relato queda ubicado en el hemisferio sur del mundo ficcional, acaso como referencia a la geografia de Argentina. La vaguedad en el cometido del protagonista, unida al poder evocativo de advertencias sobre “entrar al bosque” y lo sorprendente de las circunstancias en que termina entrometido el “tortugo” (guerras entre tortugas, ciudades que son inundadas periódicamente, sociedades mecanizadas), si bien en algunos momentos parecen acercarse un poco al cliché (p.38, por ejemplo), aportan a una trama sugerente y por momentos fascinante, a la que no socava el desenlace algo simple y la comprensión de qué perseguía en verdad el protagonista. 

Farías maneja bien el molde clásico de la trama de aventuras basada en los escollos que van apareciendo, azarosamente, en el camino de un protagonista cuya misión no es presentada con claridad, pero también reescribe ese modelo de relato (al que suma el componente inevitable de alegoría que se desprende del uso de animales antropomórficos) siguiendo las pautas de una road-movie, lo cual de alguna manera “actualiza” (o conecta a otra tradición) el molde elegido. Esto es sin duda un acierto de Farías, y un buen argumento a favor de esta novela gráfica


Llenando espacios

Cabe pensar que un indicador de la buena salud de la que goza la escena historietística local es la aparición de reediciones, que reinstalan en el mercado títulos ya no fácilmente conseguibles y que contribuyen a pensar en determinadas obras a las que se propone especialmente rescatables y perdurables. Así, Criatura Editora acaba de proponer una nueva edición de Aloha, la novela gráfica que publicara María Concepción “Maco” Algorta en 2011 con la editorial Grupo Belerofonte. La calidad del trabajo de Maco hace más que fácil la justificación para una reedición, y el trabajo de Criatura Editora desemboca en un libro bello, un objeto a tono con la calidad de su contenido; a la vez, la reaparición de Aloha puede servir (como suele pasar con las reediciones) de punto de partida para algunas reflexiones sobre la obra de esta historietista singular.
La bibliografía de Maco (1987) no es abundante. En los casi seis años que pasaron desde la publicación original de Aloha la dibujante vio republicada su primera novela gráfica en la prestigiosa editorial Periférica (de Madrid), aportó la tira “Fedra” para el blog Marche un cuadrito, gestionado por AUCH (Asociación Uruguaya de Creadores de Historieta), y publicó algunas historietas en revistas como Lento y en volúmenes compilatorios -como ser los tomos Verano y Otoño, surgidos de una convocatoria de AUCH-, algunas de ellas recogidas en el libro Maco & Roy Greatest Hits, que sería el segundo en el que la historietista figura como autora de todo el material ofrecido (co-autora, en rigor, porque aquí Maco actúa como dibujante junto al guionista Pablo “Roy” Leguisamo).

Es interesante entonces preguntarse si Maco ha continuado los elementos más notorios o flagrantes entre lo que proponía Aloha -cierto clima apenas onírico, experimentación con la narración secuencial, juegos con los límites de la página, procedimientos metahistorietístico, imaginación visual cuidada y no desbordante-, y una respuesta apresurada es que la dibujante ha depurado ese impulso metahistorietístico que aparecía a la gran mayoría de las páginas de su primera obra. Es cierto que el trabajo junto a un guionista -y en su colaboración con Roy sin duda Maco logró ofrecer alguno de sus mejores obras más allá de Aloha- implica un proceso de dibujo sin duda diferente al de un libro más de autora, pero quizá pueda concluirse que el arte de Maco se concentra más -y funciona mejor- cuando dibuja guiones ajenos. Así, tanto “Serendipia” y “Entre viñetas”, disponibles ambas en Maco & Roy Greatest Hits y publicada originalmente la primera en Lento y en Otoño, están sin duda entre lo mejor de lo dibujado por Maco (son ambas más satisfactorias, por ejemplo, que “Señales de vida”, la historieta de su autoría completa que apareció en Verano). En ambas, los recursos formales más descollantes de Aloha aparecen notoriamente atemperados, o usados con más sutileza, de manera que podría pensarse que, hasta la fecha al menos, Aloha no señala tanto un sistema de líneas a explorar como una obra puntual y cerrada en la carrera de su autora, en lugar de un conjunto de rasgos idiosincráticos o de estilo que serán reiterados en obras sucesivas. Es cierto que la hipótesis es apresurada, y que acaso la dibujante esté en estos momentos terminando una Aloha 2 todavía más barroca que la primera, pero a juzgar meramente por lo publicado el panorama parece diferente.
Con esto no quiere decirse que los dibujos de Maco pos-Aloha propongan una estética completamente separada de la de sus primeros esfuerzos: por el contrario, los trazos cuidados, el ingenio y el virtuosismo en la narración visual están siempre presentes, así como también elementos más fácilmente reconocibles como ser el dibujo simplificado y expresivo de los rostros y la atención a las actitudes corporales de los personajes.

Por cierto, en el medio del repaso queda “Fedra”, una tira inconclusa que por ahora no ha sido llevada al papel; quizá pueda pensársela como una suerte de trabajo de transición, pero, en general, su nivel (que hace hincapié en el relato de lo cotidiano y en una mirada apenas extrañada de las cosas) no está a la altura de lo mejor de Aloha ni, tampoco, de las historietas guionadas por Roy que fueron mencionadas más arriba.
Seguramente quepa esperar de Maco un libro enteramente de su autoría y a la altura de su primera obra; muestras de su talento abundan en todas sus viñetas, por cierto. Mientras tanto, con el volumen Maco & Roy Greatest Hits y esta nueva edición de Aloha, los lectores de historieta uruguayos tienen acceso a lo mejor del trabajo de una historietista singular y atendible.

Publicada en La Diaria el 20 de enero de 2017


domingo, 11 de diciembre de 2016

Greatest hits, Maco & Roy



Duo dinámico



Hay algo en la colaboración entre la dibujante María Concepción “Maco” Algorta y el guionista Pablo “Roy” Leguísamo que parece interesante a priori. Entre los antecedentes de Maco aparece Aloha (2011), un libro que brillaba, además de por la calidad de su dibujo, en el trabajo sobre la narrativa secuencial, la organización de las viñetas en la página y los recursos metahistorietísticos; un libro singular ante todo, al menos para el contexto de la historieta uruguaya más reciente. En el caso de Roy, su evolución en los últimos años es clara y contundente y lo coloca entre los dos o tres guionistas más interesantes de la escena local, en gran medida por su atención a las estructuras narrativas, su aplicación al detalle histórico y su amplitud de registros. Así, donde en Maco es visible cierto impulso digamos “experimental” (o al menos desafiante en cuanto a las pautas más lineales de lectura), en Roy aparece más bien un buen hacer de corte algo conservador o disciplinado. La combinación de sus talentos, parecería entonces, debería o bien estallar en un libro fallido u ofrecer un trabajo de gran calidad.
 
Por suerte el reciente compilado Maco & Roy Greatest Hits es una evidencia a favor de la última posibilidad, pero no sólo eso: está además la sorpresa de que esa relación entre la dibujante y el guionista puede configurarse de varias maneras y ofrecer un panorama sorprendentemente diverso de relatos gráficos.
Entre los cinco trabajos compilados acaso el mejor sea la historieta creada a propósito para la edición del libro, el único relato previamente inédito. Se trata de “Alicia entre viñetas”, una adaptación/reescritura/apropiación de Las aventuras de Alicia en el país de las maravillas, de Lewis Carroll, resuelta con inteligencia, sensibilidad, humor y no pocos aciertos especiales. El planteo, por otra parte, es sencillo: una historietista debe adaptar Alicia a las viñetas y, ante la inminencia de la hora de entrega del trabajo, toma unas pastillitas para facilitar/estimular/apurar la creación. A partir de allí la aventura de Alicia es reconstruida en el contexto del efecto de sea cual sea la sustancia ingerida, con la oruga convertida en un hippie veterano y disperso prendido a su bong y la Reina de Corazones devenida una drag-queen, además de un par de momentos especialmente brillantes en los que esa faceta experimental ya mencionada de la dibujante adquiere un primer plano y vemos a la protagonista percibir el mundo que la rodea como un boceto a lápiz atravesado por líneas de perspectiva y luchar contra la compartimentación a la que la someten las viñetas en la página.
 
Otro gran momento del libro es la historieta “Serendipity”, publicada originalmente en la revista Lento, donde la forma de las viñetas y la división de la página se convierte en un elemento esencial. Hay también momentos metanarrativos especialmente graciosos, como el diálogo entre unos Maco y Roy ficcionales a modo de epílogo de “El castillo interior – Moradas segundas”, una adaptación del texto de Santa Teresa de Jesús que, si bien bellísima desde el punto de vista gráfico, no está a la altura –en cuanto a inteligencia de apropiación o adaptación– de “Alicia entre viñetas”. 
 
Todo compilado tiene sus momentos menos interesantes, y quizá el de este libro sea la brevísima “Entre silencios”, que, por otro lado, es la única de las historietas ofrecida en colores, y colores particularmente bien elegidos por cierto. 
 
Cierra el compilado otra adaptación ya publicada, la de La señora Cornelia, una de las Novelas ejemplares de Cervantes. Si bien en algunos momentos cabe preguntarse si valía la pena incorporar los más o menos consabidos juegos de Maco con la división de la página en viñetas y la secuencia narrativa (es, de hecho, el único caso en que parece aplicable el término consabidos: para todos los demás los recursos de Maco parecen frescos y oportunos), la historieta se sostiene perfectamente desde el excelente guión de Roy.
Fue sin duda una buena idea compilar estas historietas. Reunidas en un libro se complementan, se apuntalan y, especialmente, estrechan todavía más la relación creativa entre su dibujante y su guionista.
Relación que, esperemos, nos depare más sorpresas en el futuro.

Publicada en La Diaria el 10 de octubre de 2016

miércoles, 14 de mayo de 2014

Otoño, varios autores



Historietas de media estación



Hace un año y unos meses AUCH (Asociación Uruguaya de Creadores de Historieta) publicó Verano, primer compilado de historietas creadas por sus miembros. De calidad desigual –había al menos un par de historietas buenísimas, otro tanto poco llamativas y una o dos francamente terribles–, ese libro resultó de especial interés a la hora de constatar la emergencia y crecimiento de ciertos historietistas –en particular Martín “Magnus” Pérez y Pablo “Roy” Leguisamo– y mapear una buena porción de la escena historietística local. Ahora, la publicación de Otoño, también premiado por un Fondo Concursable en la categoría Relato Gráfico, nos permite preguntarnos qué ha cambiado y qué se ha mantenido.
 
Para empezar, hay algunas firmas nuevas. O, al menos, ausentes del compilado anterior. Llama la atención, por ejemplo, la incorporación de Nacho Alcuri como guionista, junto al deslumbrante trabajo de Santiago Vecino en el arte gráfico. Y otro nombre “nuevo” (en esta serie de compilados, claro está, porque los seguidores de su trabajo saben que desde hace no poco tiempo que publica en Uruguay) es el de Abel Alves, quien aporta la mejor de las historietas presentadas en este libro.
De los que repiten se puede decir que su trabajo se mantiene entre lo mejor que está produciéndose en nuestro país. Así, Magnus –junto al veterano William Gezzio– aporta “Guerra secreta”, un relato divertido sólidamente narrado tanto desde el guión de Magnus como desde los dibujos de Gezzio. En Verano, además, el trabajo de Magnus llamaba la atención por su opción de género (la más visible entre todos los relatos, al inscribirse sin tapujos en la ciencia ficción), pero en Verano, en cambio, no sucede tal cosa, ya que otros de los creadores incluidos optaron por trabajar ese mismo género. Es el caso de la ya mencionada dupla Alcuri/Vecino, que propone en “Mecha” una narrativa cerrada sobre sí misma y hecha casi exclusivamente de imágenes encadenadas vertiginosamente. A este trabajo, por supuesto, le juega a favor la brevedad y el talento de su dibujante.
 
Siguiendo con los creadores que se repiten en ambas muestras encontramos a Pablo “Roy” Leguisamo y a María Concepción “Maco” Algorta, quienes proponen una hermosa historieta resuelta con gran habilidad, anclada visualmente –con gran eficiencia narrativa, cabe aclarar– en una perspectiva casi al nivel del suelo y centrada desde el punto de vista del relato en un objeto perdido que pasa de mano en mano y de historia en historia. La primera mitad de esta breve pero brillante historieta parece tratar irónicamente el serendipity (a veces se traduce como “serendipia”, y una aproximación a su significado podría ser el de una suerte de coincidencia extremadamente improbable que logra tener un efecto importantísimo en la vida de las personas a las que afecta) del título, para luego restaurar el sentido más tradicional del término en la segunda mitad, que conduce al lector a una resolución satisfactoria, casi un final feliz. 
 
También repiten Nicolás Rodríguez Juele (como dibujante de un guión de Alceo Thrasyvoulou) y Gabriel Ciccariello, ambos sólidamente. El talento de Rodríguez Juele como dibujante está más que probado, y “El otoño es un linyera borracho”, la historia a la que aporta aquí sus lápices, es una excelente muestra de su buen hacer. En el caso de Ciccariello tampoco hay sorpresas; su aporte (“Una cabeza de muerto en un frasco”) toca el tema del otoño quizá sólo tangencialmente pero, de todas formas, es una historieta sólida, no de las más interesantes del libro pero tampoco la peor.
En cuanto a las nuevas incorporaciones, destaca el aporte del ya mencionado Abel Alves, quien propone en “Mañana empieza el otoño” una historieta cuya sola inclusión ya justificaría la compra del libro. A su extrema economía de medios se suma una narración textual sugerente, cercana al tono del célebre cuento “El extraño”, de H.P.Lovecraft, relato que está en la matriz, por decirlo de alguna manera, de lo narrado por Alves. Si bien la solución del escenario propuesto podría quizá estar mejor delineada –y eso no quiere decir que no esté clara en la historieta tal como fue publicada–, en cualquier caso lo mejor del aporte de Alves es el clima de ominosidad construido con apenas algunas líneas y un uso magistral del espacio en blanco en las viñetas.
 
El punto más flojo del Otoño es precisamente la primera de las historietas que compila, “Delirio”, con guión y dibujos de Leonardo Silva. Si bien hay momentos interesantes, en general se trata de un relato manido y por tanto lleno de lugares comunes. El guión de Alceo para “El otoño es un linyera borracho”, a la vez, si bien está lejos en cuanto a calidad del decepcionante comienzo del libro, termina un poco diluido entre chistes más o menos graciosos, alguno de ellos tontamente explicado, y da en general una impresión de ansiedad, como si el guionista se hubiese esforzado demasiado en incorporar elementos que sintió ingeniosos pero que, en realidad, no terminan cuajando en un buen aporte. En cualquier caso, el limpio dibujo de Rodríguez Juele salva la historieta; del mismo modo, quienes sigan los trabajos de Alceo podrán disfrutar aquí de los elementos recurrentes de su producción, entre ellos cierta manera de trabajar el humor y una gran abundancia de referencias a la cultura geek.
 
En cierto sentido, dado que de las siete historietas incluidas en el volumen apenas una resulta, digamos, a todas luces fallida o poco satisfactoria, Otoño da la sensación de haber superado cómodamente el nivel de Verano y de convertirse, incluso, en un libro mucho más valioso y disfrutable en su totalidad. En el prólogo que aporta al libro, el argentino Andrés Accorsi señala que el otoño siempre le pareció “amargo”, “mediocre” y “mezquino”; curiosa, acaso irónicamente, el libro que lo tomó como tema es mucho más vibrante, arriesgado y generoso que su predecesor, centrado en el mejor publicitado verano. De hecho, está claro que las mejores historietas de Otoño son mejores que las más descollantes de su predecesor, a la vez que sus momentos menos interesantes (“El otoño es un linyera borracho”, “Una cabeza de muerto en un frasco”, especialmente “Delirio” y, si abstraemos el arte de Santiago Vecino, “Mechas”) son muy superiores a las peores historietas de Verano. Es cierto que Verano tenía más páginas y, por tanto, su muestra de historietas e historietistas era más rica, pero, a la vez, sus momentos más flojos eran malísimos y amenazaban al disfrute del libro, cosa que no sucede –más allá del comienzo dudoso– con este nuevo libro propuesto por AUCH. 
 
En cualquier caso, lo que muestra esta compilación es una escena historietística vital, que sigue enriqueciéndose y que ya cuenta con creadores de gran valor. Lo mejor de la nueva historieta uruguaya, entonces, debe incluir en su nómina de autores a gente como Abel Alves, Magnus y Roy, muy bien representados en las páginas de Otoño.


Publicada (en una versión ligeramente más corta) el 14 de mayo de 2014 en La Diaria

martes, 12 de febrero de 2013

Verano, varios autores



De la temporada
 
Las virtudes de la muestra de historietas Verano, organizada por AUCH (Asociación Uruguaya de Creadores de Historietas), resultaron evidentes al jurado que falló en la categoría Relato Gráfico de los Fondos Concursables 2012 del MEC, integrado por quien esto escribe, José Gabriel Lagos y Alfredo Soderguit: el proyecto valía la pena en tanto repertorio de la obra de un grupo de historietistas que viene publicando y creciendo desde, más o menos (algunos más, otros menos), mediados de la década de los dosmiles y en tanto plataforma para mejorar la visibilidad del trabajo de guionistas como Martín “Magnus” Pérez o para consolidar la solidez en el desempeño de creadores como Pablo “Roy” Leguisamo. Verano es, entonces, en su conjunto, un aporte interesante y atendible a la historieta uruguaya “nueva” o “joven”.
Una vez con el libro en las manos, sin embargo, queda habilitada una mirada más de cerca, relato por relato, que evidencia (después de constatar algunos fallos notorios en la diagramación y en la disposición de las historietas) un nivel dispar. Hay, ante todo, cuatro aportes sólidos, que justifican para cualquier lector la compra del libro: se trata de los relatos con guiones de Pérez, Leguisamo (el primero de los dos que son incluidos), Ciccariello y Santullo.
El mejor de este grupo posiblemente sea “More tan meets the eye”, escrito por Pablo Leguisamo y dibujado por Alejandro Figueroa, a cuyo atractivo arte se suma un guión hábilmente resuelto, llevado con buen pulso y preparando a la perfección la vuelta de tuerca del final. 8 páginas, entonces, aprovechadas al máximo.
Sigue “Noche de vértigo”, el aporte de Rodolfo Santullo (guión) y Matías Bergara (arte), que además de contar con solvencia una historia interesante logra generar en el lector una buena dosis de empatía por sus personajes. La última página, además, está entre los trabajos más bellos y expresivos de Bergara.
Una de las historietas más llamativas del libro es “Cantera”, de Gabriel Ciccariello, un historietista sin lugar a dudas interesante que, lamentablemente, ha sido muy poco prolífico en los últimos años. Este trabajo llama la atención no sólo por su bello colorido sino por su distintiva construcción de la narrativa, que apela al contraste entre las páginas dialogadas y las presentadas en torno (casi como si fueran ilustraciones) a grandes bloques de texto.
Por último, el relato de Martín “Magnus” Pérez (guión) y Carlos Lemos (arte), propone una historia interesante, que llama la atención por ser la única pensada desde un género concreto –en este caso la ciencia ficción– y por descartar lo que podríamos pensar un enfoque más costumbrista o incluso autobiográfico o autoficcional. Se trata, además, de una confirmación más de la versatilidad narrativa de Pérez, quizá el guionista “nuevo” que más ha crecido en los últimos dos años; su punto débil, sin embargo, está en el arte de Lemos, que en muy pocas ocasiones supera un nivel más apto para un fanzine. Si bien presenta un número no deleznable de aciertos (la expresividad en los rostros y algunas viñetas puntuales, como la tercera de la séptima página o la que remata la historieta), el balance –en gran medida por el poco trabajo dedicado, en general, a los fondos y los detalles– es negativo, lo que no sucede en lo más mínimo con el guión.
Verano también incluye un grupo de historietas que cabría pensar como fallidas. Por ejemplo, “Morrison Vive”, de Nicolás Peruzzo –a todas luces un capítulo desgajado de su excelente Ranitas–, se ve seriamente perjudicada por la estructura no lineal elegida por su autor a la hora de presentar la trama. Tratándose de una anécdota simple (un grupo de chicos que pintan “Morrison vive” en la fachada de una casa y son perseguidos por sus dueños), la necesidad de “complicarla” un poco, en este caso, sólo logró empañar el disfrute del relato. Del mismo modo, “Lo último que se pierde”, de Leguisamo (guión) y Lisandro Di Pasquale (arte), quizá la más floja de este conjunto, podría haber resultado un relato más satisfactorio de no ser por el bajo nivel del dibujo de Di Pasquale, que no logra cuajar el potencial emotivo de la historia y, además, falla notoriamente en elementos puntuales (la protagonista parece una mujer de 20y pico de años en su primera aparición y una adolescente de 15 en adelante, por ejemplo); un dibujo más competente hubiese convertido a este relato en un momento sólido del libro, sin lugar a dudas.
Otros de los trabajos presentados, sin fallas demasiado evidentes, parecen poco interesantes. Es el caso de “Señales de vida”, de Maco, que, pese a la belleza del dibujo, no logra armar una historia que valga la pena (nena recorre una playa, recoge varios cangrejos y mira una tonina) y, una vez terminada, resulta un trabajo ante todo inane. Con otro nivel de complejidad, pero no necesariamente más efectividad narrativa, “Blancarena”, el aporte de Alejandro Rodríguez Juele, no pasa de una anécdota familiar con evidente valor afectivo para su creador pero poco interés para el lector, que se encuentra con las alternativas de la creación de un balneario en el departamento de Colonia en 1948, con la muerte de uno de sus pioneros (lo cual indudablemente habría funcionado mejor en un relato más largo) y, cuando empieza a volverse urgente un desarrollo narrativo, tropieza con un anticlimático salto a 1956 y una nota final que podría pretenderse emotiva pero que, lamentablemente, no logró despertar la empatía de, al menos, este lector.
En una zona intermedia entre este conjunto de trabajos de menor nivel y los cuatro mejores cabría incluir “Malvín”, de Bea (arte y guión), que, con un dibujo rico y sugestivo, esboza una historia atendible, honesta y sentida, lamentablemente malograda por la falta de resolución o, mejor dicho, por la errada resolución que le da la última viñeta. También en esta categoría intermedia aparece “Luz”, de Fernando Ramos, un trabajo con algunos errores de guionista principiante (por momentos el peso del texto narrativo se vuelve un poco abrumador, a la vez que se intenta comprimir en las 8 páginas pautadas por la convocatoria más información de la que el pulso del Ramos guionista, por el momento, sabe manejar) pero, a la vez, con un arte especialmente interesante, en gran medida por su excelente manejo del alto contraste.
Por último, los relatos más flojos –o decididamente malos– resultan ser “Perfume de enero” (con guión de Federico de los Santos y arte de Andrés y Leonardo Silva) y “Ensueño de una tarde de verano”, (Nicolás Rodríguez Juele). Curiosamente, ambos ofrecen un nivel más que destacado a nivel del arte: tanto el trabajo de los hermanos Silva como el de Rodríguez Juele llaman la atención por su excelente factura, por desgracia completamente opacada por la insuficiencia de los guiones. En el caso de Federico de los Santos se trata de una historia indecisa, más un compendio de intenciones –y pretensiones– que un relato satisfactorio, mientras que, en lo que respecta a Rodríguez Juele, se avanza por unas páginas atendibles –o incluso promisorias– para llegar a un desenlace por completo anticlimático e innecesario, que carcome y socava las siete páginas que lo preceden y vuelve pertinente la pregunta de qué demonios pasaba por la mente de su creador a la hora de rematar la historieta.
En cualquier caso, es sabido que las muestras suelen ser desparejas en cuanto a su nivel, y la propuesta de AUCH de ofrecer un testimonio del trabajo de sus afiliados está más que lograda. En el caso de las mejores historias, se trata evidentemente de una confirmación de talentos ya probados (Santullo, Roy, Ciccariello) y, en una de las notas más positivas del libro, un excelente añadido a la creciente experiencia como guionista de Magnus, quien pasa cómodamente a integrar el grupo de los 4 o 5 mejores guionistas de la nueva historieta uruguaya, aunque debería de una vez por todas mejorar su puntería a la hora de elegir dibujantes. No es tan alentadora la perspectiva que sugieren los trabajos fallidos: en el caso de Alejandro Rodríguez Juele y Nicolás Peruzzo, empieza a resultarles urgente la creación de un trabajo al nivel de sus mejores obras (La isla elefante y Ranitas, respectivamente).


Publicada en La Diaria el 12 de febrero de 2013