miércoles, 16 de julio de 2014

GAS3K.5, varios autores; Aullando a la luna, Peruzzo & González



Sagas, humor y Heavy Metal
 




Dragon Comics y Grupo Belerofonte son las iniciativas editoriales mejor establecidas de la escena historietística local, pero no agotan la propuesta de comics uruguayos de valía. Apenas por debajo –en cuanto a alcance y solvencia editorial– hay que nombrar a Ninfa Comics, con el guionista y dibujante Nicolás Peruzzo al frente, y al grupo GAS Comics, cuya cabeza más visible es el emprendedor guionista Martín “MaGnUs” Pérez, corazón de un equipo que incluye creadores de Argentina, España, Portugal, Estados Unidos y Suecia.
 
La última publicación de GAS es el compilado de relatos GAS3K.5, pero ya ha sido anunciado el libro infantil-juvenil Crononautas, a cargo de MaGnUs en guión y Federico “Taibox” Taibo Bassano en arte (de hecho en la web del grupo este trabajo puede descargarse gratuitamente). Se trata del segundo volumen publicado por el grupo, precedido por Grimorio del plata, editado el año pasado. En estos dos libros está especialmente clara la evolución del grupo desde una plataforma fanzinera o de edición amateur hasta el establecimiento de una editorial propiamente dicha, afortunadamente paralela con el crecimiento artístico de buena parte de los miembros del grupo, MaGnUs en particular. Así, GAS3K.5, todavía una revista amateur a nivel estético y formal, puede leerse como una suerte de “eslabón perdido” entre el espíritu más fanzinero y la zona más profesional del grupo, visible en sus dos libros. Y es un particular acierto de esta quinta edición de GAS3K la oferta de dos portadas diferentes, dibujadas por figuras de la talla de José Luis García López (dibujante, por ejemplo, de la novela gráfica Superman: Kal) y Duncan Rouleau (co-creador de Ben 10).
 
En cuanto a los relatos incluidos, es apreciable en términos generales una mejora con respecto a las cuatro entregas anteriores. Lo mejor de la revista es, casi con seguridad, “La tortuga y la liebre”, de Rodolfo Santullo (como guionista invitado) y Nahuel “Nahus” Silva (arte). Se trata de una historia narrada con solvencia y dibujada con la expresividad que caracteriza al trabajo de Nahus; sin estar entre lo más descollante del autor de su guión, se trata de un trabajo redondo, sugestivo y disfrutable.
El resto de la publicación, con la excepción de piezas breves (de una página) y en general humorísticas, consiste en nuevas entregas de series ya establecidas. El grupo GAS, está claro, tiene un afecto especial por las sagas y los universos ficcionales detallados. En el caso de la serie Imperiex Terra, que se nutre de la larga tradición cienciaficcionera del space opera (y, notoriamente, de la saga Dune, de Frank Herbert), en esta entrega de GAS3K se nos ofrece un relato titulado “Cazadores Casados”, enmarcado a su vez en el capítulo “Guerra Hegemónica III”. Lamentablemente, en esta saga no se ha producido hasta la fecha la cristalización, por decirlo de alguna manera, de la narrativa, y sí una proliferación de detalles y datos históricos de su mundo ficticio. O, dicho de otra manera, se insiste con el trabajo sobre el escenario pero se falla, recurrentemente, en ofrecer un relato de interés incorporado a ese escenario. 
 
Eso no sucede con otras de las sagas representadas en la revista. Así, Mi vida sin un jetpack ofrece coordenadas claras y un tono de humor que puede divertir o aburrir (en la experiencia de lectura de este reseñista eso funciona alternativamente) pero que siempre se mantiene fiel a su propuesta de autobiografía geek armada por la acumulación (y es en esto último que el proyecto cobra vida y se vuelve interesante en su conjunto) de anécdotas gráficas, armadas entre el chiste y la construcción de una vivencia o un recuerdo. Del mismo modo, Tiranos Temblad y Grimorio del plata han logrado alcanzar un nivel narrativo más sólido; en el caso de la última serie (que, como ya dijimos, ya ha sido representada por un libro), los relatos ofrecidos en GAS3K.5, “El entrenamiento del Sr.Gough parte 1” y “Milonga clandestina (Outlow country)” son sólidos en guión y arte; de hecho, en factura y buena resolución no están lejos de la ya mencionada “La tortuga y la liebre”. “El entrenamiento del Sr.Goguh”, incluso, tiene la virtud –no siempre visible en entregas anteriores de GAS3K– de convertirse en una excelente introducción a un capítulo nuevo de la serie a la que pertenece y, por tanto, dejar en vilo al lector con su desenlace (otra muestra del crecimiento de MaGnUs como guionista). En cuanto a Tiranos temblad, el capítulo ofrecido, con arte del veterano Gezzio y guión de Endriago, funcionaría mejor en un libro dedicado exclusivamente a esa saga, pero tampoco se convierte en un escollo al disfrute de la revista.

Aguante el metal
La más reciente propuesta de Ninfa Comics es Aullando a la luna, nueva entrega de la serie Relatos de Ciudad Fructuoxia; en este caso el guión es de Nicolás Peruzzo y el arte de Líber González, una notoria mejora en relación al libro anterior, Deje de afligirse, cuyo talón de Aquiles era, precisamente, la parte gráfica. En cuanto al guión, parecería por momentos dejar clara la existencia de dos zonas en la producción de Peruzzo, una más de corte autobiográfico, reflexiva y sensible (de la que el libro La mudanza sería una gran muestra), suerte de versión historietística de la literatura del yo, y otra más cercana a las raíces fanzineras y a una cierta narrativa pop, además orientada hacia un intento de narrar en contextos menos solipsistas (si se quiere usar el término) y más abiertos a incorporar lo histórico y lo social (en esta línea de lectura, la excelente novela gráfica Ranitas podría verse como una zona intermedia o “lo mejor de los dos mundos”), con buenas dosis de humor.
Aullando a la luna sigue la historia de una banda de metal que toca en la ucrónica “Ciudad Fructuoxia”, escenario ficticio recurrente en la obra de Peruzzo. Una exposición más satisfactoria de este relato haría necesario hablar de la serie completa (que va, ahora, por su quinta entrega) y su grupo de superhéroes uruguayos que funcionan tanto a nivel ironía con respecto a la identidad nacional más “oficial” como, acaso paradójicamente, a nivel de aceptación de alguna más o menos consagrada de esa identidad y la cultura que trae aparejada. Este relato en particular, en todo caso, destaca por su aparato de referencias al Heavy Metal y su historia, desde el Ozzy Osborne de Bark at the moon hasta la banda groove metal Pantera y el metal industrial. 
 
Peruzzo aporta un “Glosario de metal” hacia el final del libro, en un gesto que llama la atención e invita a reflexionar. Por un lado deja clara la preocupación del historietista y editor por establecer una comunicación satisfactoria con cualquier lector posible, pero, a la vez, también puede sentirse como innecesario y explicativo por demás. En cualquier caso, el tono en que están escritas las entradas de ese glosario y la información que se ofrece pueden ser interesantes en sí mismas. Por ejemplo, la observación de comportamientos de ciertos grupos de fans que muestra la última entrada, referida al metal industrial (subgénero del que Peruzzo señala que “encontró cierta resistencia en los bastiones más ortodoxos del Heavy Metal”), puede leerse en cercanía con algunas observaciones presentes en Ranitas en cuanto a una suerte de cartografía de las diversas culturas del rock y el pop. 

Publicada en La Diaria el 16 de julio de 2014

viernes, 11 de julio de 2014

El club de los ilustres - Conspiración en las sombras, Santullo & Hansz, y Zombess - El orbe del conocimiento, Abel Alves



Humor, Lovecraft y Batlle y Ordóñez

 

Este año la zafra de historietas (por llamar de alguna manera a ese primer momento del año en que, en torno a la convención Montevideo Comics, son lanzadas nuevas historietas al mercado) dejó dos libros que hacen del humor una parte fundamental de su propuesta. Se trata de El club de los ilustres – Conspiración en las sombras, de Rodolfo Santullo (guión) y Guillermo Hansz (arte), y de Zombess – El orbe del conocimiento, de Abel Alves (guión y arte), y ambos proponen nuevos relatos en series ya establecidas. 
 
En ese sentido, el libro de Santullo y Hansz ha de entenderse como una secuela directa de El club de los ilustres, publicado en 2012. Las mismas coordenadas de ese libro fundador de la saga aparecen en la segunda entrega, aunque para esta ocasión el guión deja un poco de lado los elementos más steampunk (corriente narrativa y estética originada en la ciencia ficción y basada en una extrapolación de la tecnología del vapor en la era Victoriana) e introduce un nuevo enemigo, cuya irrupción en el 1914 de ese Uruguay delicadamente alternativo (en el que Varela no murió en 1879 ni Delmira Agustini en el año en que transcurre este relato, y ambos –junto a Horacio Quiroga– integran un equipo de agentes secretos o, si se quiere, superhéroes) motiva el regreso a Montevideo de Quiroga y la reagrupación del equipo. 
 
En ambos libros es fácil la simbiosis entre el guionista y el dibujante; a un guión bien aceitado, con una narración fluida y un amplísimo panorama de guiños a la narrativa y la historieta de aventuras y superhéroes (por ejemplo, en la página 15 encontramos a Batlle y Ordóñez jugando al ajedrez con Lorenzo Latorre, villano del libro primero, como si fuesen Magneto y Charles Xavier, de X-men) se suma el impresionante talento de Hansz para el humor gráfico y los gags visuales. Su estilo, además, limpio y preciso, en la mejor tradición de Francisco Ibáñez (Mortadelo y Filemón), brilla por sí mismo en algunas de las mejores páginas del libro: la 14, la 39, las 42-43, con su reconstrucción de la batalla de Masoller, las 76-77 y la 78.
 
Conspiracion en las sombras es, en definitiva, un excelente añadido a la creciente (y sobria: Santullo evita la tentación de barroquizar su saga en una acumulación de referencias y elementos de historia alternativa, decisión que lo aparta saludablemente del modelo extremo de Alan Moore en La liga de caballeros extraordinarios) mitología de los Ilustres, ahora también con Luis Alberto de Herrera en la nómina de agentes.


La zombi sobre Innsmouth
El gallego Abel Alves es, sin duda, uno de los creadores más interesantes de la nueva escena historietística uruguaya. Como dibujante acierta siempre, en parte porque es evidentemente consciente de sus limitaciones y sus posibilidades –lo que no le ha impedido seguir creciendo–, y como guionista es capaz de trabajar cómoda y atinadamente en registros y tonos tan variados como los que encontramos en la historieta Sangre y sol (que cuenta con arte del entrerriano Nahuel Silva), el relato corto “Mañana empieza el otoño” (en el compilado Otoño, editado por la Asociación Uruguaya de Creadores de Historietas) y, por supuesto, la serie de Zombess. Como en el caso del segundo libro de El club de los ilustres, aquí las coordenadas son las mismas que dominan a la serie: humor, páginas con un remate gracioso en la última viñeta, referencias a la cultura geek, el cine de culto, los juegos de rol, el anime y, en particular, a las obras de H.P.Lovecraft y sus Mitos de Chutlhu. En el universo de Alves, eso sí, Cthulhu es Cthurro y el terrible Necronomicon es un libro “salido” (dirían los españoles) obsesionado con las tetas, pero estos detalles no empañan el hecho de que Alves se demuestra un gran conocedor de la narrativa de Lovecraft, en tanto esta nueva entrega de Zombess funciona perfectamente (humor al margen ahora) dentro de la lógica de todas los relatos lovecraftianos, en los que la amenaza del retorno de los terribles dioses primigenios está a punto de estallar (y cambiar la faz de la Tierra por lo tanto) pero es, eventualmente, disipada o, mejor dicho, postergada
 
Un añadido especialmente interesante a este libro aparece en las páginas 62-64, en las que el arte queda a cargo de Matías Bergara, uno de los dos o tres dibujantes más importantes de la nueva historieta uruguaya. El pretexto narrativo es que los personajes atraviesan un portal que los conduce al “Caos”, una suerte de dimensión paralela a la que ha sido arrojado Cthurro y en la que se enfrenta a la principal antagonista –en este libro al menos– de los personajes de la serie, generando un contraste especialmente vívido entre el arte trabajado en grises y tremendamente expresivo de Bergara y el dibujo estilizado y divertido de Alves. Vale la pena, además, destacar la cuarta viñeta de la página 64, en la que Bergara incorpora una impresionante referencia gráfica a animaciones como Dragon Ball.
Tanto Zombess – El orbe del conocimiento como El club de los ilustres – Conspiración en las sombras hablan, y con elocuencia, de la buena salud de la escena historietística local. Es de esperar entonces que estas series continúen (ambas, cada una a su manera, juegan a dejar en vilo al lector con sus últimas páginas) y que el panorama siga desplegándose en esta pauta de variedad y buen hacer crecientes que viene dándose desde hace ya unos buenos seis años.

Publicado en La Diaria el 11 de julio de 2014

miércoles, 2 de julio de 2014

Palabra, Sebastián Santana



Imagen y palabra



Desde el momento en que la escena historietística uruguaya está pautada por proyectos de marcada orientación editorial cabría pensar que el panorama se ha vuelto un poco conservador. Y se puede agregar que de alguna manera está bien que algo así suceda, no sólo porque otros encares del pasado, como la vía más fanzinera, la vía más under o contracultural, fallaron –de diversas maneras, y sin que esto quiera decir que no produjeron logros estéticos de tremenda importancia– en establecer una pauta creciente y evolutiva de producción, distribución y visibilización de las historietas, cosa que editoriales como Belerofonte y Dragón Comics están, notoriamente, logrando en este momento. Sus editores, por decirlo de alguna manera, pensaron también como hombres y mujeres de negocios: apostaron por productos dominados por una estética de la comunicación inmediata, la buena factura narrativa y gráfica y, un poco de la mano de iniciativas gubernamentales como los Fondos Concursables, cierto ímpetu de referirse a temas muy presentes en el imaginario público uruguayo, temas, digamos, “singificativos”. O, dicho de otro modo, el enfoque más orientado a las editoriales favoreció las historietas que hacen de lo estrictamente narrativo y de un arte siempre referencial un valor central. 
 
En esta línea de lectura de la escena historietística local, un libro como Palabra, de Sebastián Santana, adaptación de cinco cuentos de Henry Trujillo, llama la atención de inmediato. Publicado por Belerofonte y financiado por los Fondos Concursables, es, de manera bastante evidente, un título atípico en el prolijo catálogo de la editorial.
 
El primero de los relatos incluidos, basado en el cuento “La fuga”, es probablemente la pieza más narrativa del libro, una historieta silente que parece evocar la estética de la ilustración y la historieta de las últimas décadas del siglo XIX, algo cercano, digamos, al dibujo de The Yellow Kid.
Sigue una adaptación del cuento “Quasimodo”, en una bellísima estética art nouveau en el límite entre la historieta propiamente dicha y la narrativa ilustrada, con una fuerte impronta de los libros para niños de las primeras décadas del siglo XX. A continuación, el cuento “La madre Josefina y el Niño Jesús” le permite a Santana despacharse la mejor sección de su libro, una poderosa recreación en viñetas que evocan grabados y se acercan a la estética de algunas publicaciones asociadas a la Iglesia Católica a mediados del siglo pasado, adecuadamente vinculadas a un relato sobre milagros aparentes y odio. Aquí la narrativa está apoyada, más que estrictamente en las viñetas, en el texto dispuesto por Santana, pero la dimensión del relato por momentos cede (o, mejor, se nutre o dialoga) ante la fuerza expresiva de la tipografía, otro de los grandes aciertos de esta sección.
 
Acaso el momento más arduo del libro es la sección siguiente, que reconstruye el cuento “La mancha” con una estética desoladora e inquietante en la que tipografía, rotulación y texto se funden con el dibujo propiamente dicho para armar páginas cuya dificultad de lectura es, sin duda, parte de la experiencia de confusión y desorientación que hace a la historia narrada. Esta suerte de “poética de la forma expresiva” (para parafrasear al Umberto Eco exégeta de James Joyce) está también entre los momentos más interesantes y valiosos del libro de Santana.
 
La última sección, basada en “Gato que aparece en la noche”, está armada como un collage un poco a la manera de ciertas zonas de la producción de Dave McKean, incluyendo fotografías, texto en diversas tipografías y dibujos en apariencia descuidados o viscerales; tampoco aquí encontramos “historieta” en el sentido más clásico del término, con viñetas secuenciales y diálogo; de hecho, parece operar en la sucesión de secciones una suerte de dispersión de esa idea o concepción de lo historietístico, lo cual –además de la apelación a la historia de la historieta o la ilustración tan claramente presente en el orden de las secciones, especialmente las tres primeras– aporta una lógica (a su manera narrativa también) a la yuxtaposición de las secciones.
 
Palabra, entonces, merece ser considerado uno de los libros más interesantes publicados en los últimos años por una editorial uruguaya especializada en historieta. Así, y siguiendo la línea del primer párrafo de esta reseña, el libro de Santana enriquece notoriamente el panorama historietístico y ofrece una suerte de bastión de resistencia de una manera de hacer historieta, más experimental, si se quiere y, ante todo, más arriesgada, que sirve de contrapunto y complemento a la vertiente más narrativa y convencional. Ambas, entonces, hacen a la buena salud de la historieta uruguaya más reciente.
 
Es imprescindible, por último, mencionar el prólogo escrito por Horacio Cavallo, indudablemente uno de los escritores más importantes de la nueva literatura de nuestro país. Además de ofrecer una atenta descripción de las diversas estéticas movilizadas por Santana, Cavallo hace una lectura muy interesante de algunos de los acápites musicales de las secciones –en el orden del libro: “Push the sky”, de Nick Cave & The Bad Seeds; “Canción del vagabundo en Navidad”, de Darnauchans; “Muchacha campesina”, de Zitarrosa; “I see a darkness”, de Bonnie “Prince” Billy (Will Oldham); y “Tres deseos”, de Pequeña Orquesta Reincidentes– y, especialmente, ensaya una valoración de la obra de Henry Trujillo como la de un escritor que “marcó tempranamente a nuestra generación con su prosa” (p.8). Esa “generación” es la de Cavallo y Santana (ambos nacidos en 1977), pero podríamos extenderla, por supuesto, a la de tantos escritores nacidos más o menos por esas fechas (Rodolfo Santullo, Pedro Peña, Fernanda Trías, etc), y sería interesante buscar las marcas de las que habla Cavallo (que las propone como vinculadas a la “prosa” más que a otras dimensiones posibles como la anécdota, la ética del escritor, la relación entre relatos e ideas, todos elementos fundamentales para entender la interacción entre la obra de Levrero, por dar un ejemplo de indudable relevancia, y la producción de los escritores nacidos después de 1973) como manera de establecer vínculos de lectura y escritura entre la generación de Cavallo y la inmediatamente anterior, la de Henry, Peveroni y, acaso también, Rehermann, Hamed y Espinosa.

Publicada en La Diaria el 2 de julio de 2014

miércoles, 14 de mayo de 2014

Otoño, varios autores



Historietas de media estación



Hace un año y unos meses AUCH (Asociación Uruguaya de Creadores de Historieta) publicó Verano, primer compilado de historietas creadas por sus miembros. De calidad desigual –había al menos un par de historietas buenísimas, otro tanto poco llamativas y una o dos francamente terribles–, ese libro resultó de especial interés a la hora de constatar la emergencia y crecimiento de ciertos historietistas –en particular Martín “Magnus” Pérez y Pablo “Roy” Leguisamo– y mapear una buena porción de la escena historietística local. Ahora, la publicación de Otoño, también premiado por un Fondo Concursable en la categoría Relato Gráfico, nos permite preguntarnos qué ha cambiado y qué se ha mantenido.
 
Para empezar, hay algunas firmas nuevas. O, al menos, ausentes del compilado anterior. Llama la atención, por ejemplo, la incorporación de Nacho Alcuri como guionista, junto al deslumbrante trabajo de Santiago Vecino en el arte gráfico. Y otro nombre “nuevo” (en esta serie de compilados, claro está, porque los seguidores de su trabajo saben que desde hace no poco tiempo que publica en Uruguay) es el de Abel Alves, quien aporta la mejor de las historietas presentadas en este libro.
De los que repiten se puede decir que su trabajo se mantiene entre lo mejor que está produciéndose en nuestro país. Así, Magnus –junto al veterano William Gezzio– aporta “Guerra secreta”, un relato divertido sólidamente narrado tanto desde el guión de Magnus como desde los dibujos de Gezzio. En Verano, además, el trabajo de Magnus llamaba la atención por su opción de género (la más visible entre todos los relatos, al inscribirse sin tapujos en la ciencia ficción), pero en Verano, en cambio, no sucede tal cosa, ya que otros de los creadores incluidos optaron por trabajar ese mismo género. Es el caso de la ya mencionada dupla Alcuri/Vecino, que propone en “Mecha” una narrativa cerrada sobre sí misma y hecha casi exclusivamente de imágenes encadenadas vertiginosamente. A este trabajo, por supuesto, le juega a favor la brevedad y el talento de su dibujante.
 
Siguiendo con los creadores que se repiten en ambas muestras encontramos a Pablo “Roy” Leguisamo y a María Concepción “Maco” Algorta, quienes proponen una hermosa historieta resuelta con gran habilidad, anclada visualmente –con gran eficiencia narrativa, cabe aclarar– en una perspectiva casi al nivel del suelo y centrada desde el punto de vista del relato en un objeto perdido que pasa de mano en mano y de historia en historia. La primera mitad de esta breve pero brillante historieta parece tratar irónicamente el serendipity (a veces se traduce como “serendipia”, y una aproximación a su significado podría ser el de una suerte de coincidencia extremadamente improbable que logra tener un efecto importantísimo en la vida de las personas a las que afecta) del título, para luego restaurar el sentido más tradicional del término en la segunda mitad, que conduce al lector a una resolución satisfactoria, casi un final feliz. 
 
También repiten Nicolás Rodríguez Juele (como dibujante de un guión de Alceo Thrasyvoulou) y Gabriel Ciccariello, ambos sólidamente. El talento de Rodríguez Juele como dibujante está más que probado, y “El otoño es un linyera borracho”, la historia a la que aporta aquí sus lápices, es una excelente muestra de su buen hacer. En el caso de Ciccariello tampoco hay sorpresas; su aporte (“Una cabeza de muerto en un frasco”) toca el tema del otoño quizá sólo tangencialmente pero, de todas formas, es una historieta sólida, no de las más interesantes del libro pero tampoco la peor.
En cuanto a las nuevas incorporaciones, destaca el aporte del ya mencionado Abel Alves, quien propone en “Mañana empieza el otoño” una historieta cuya sola inclusión ya justificaría la compra del libro. A su extrema economía de medios se suma una narración textual sugerente, cercana al tono del célebre cuento “El extraño”, de H.P.Lovecraft, relato que está en la matriz, por decirlo de alguna manera, de lo narrado por Alves. Si bien la solución del escenario propuesto podría quizá estar mejor delineada –y eso no quiere decir que no esté clara en la historieta tal como fue publicada–, en cualquier caso lo mejor del aporte de Alves es el clima de ominosidad construido con apenas algunas líneas y un uso magistral del espacio en blanco en las viñetas.
 
El punto más flojo del Otoño es precisamente la primera de las historietas que compila, “Delirio”, con guión y dibujos de Leonardo Silva. Si bien hay momentos interesantes, en general se trata de un relato manido y por tanto lleno de lugares comunes. El guión de Alceo para “El otoño es un linyera borracho”, a la vez, si bien está lejos en cuanto a calidad del decepcionante comienzo del libro, termina un poco diluido entre chistes más o menos graciosos, alguno de ellos tontamente explicado, y da en general una impresión de ansiedad, como si el guionista se hubiese esforzado demasiado en incorporar elementos que sintió ingeniosos pero que, en realidad, no terminan cuajando en un buen aporte. En cualquier caso, el limpio dibujo de Rodríguez Juele salva la historieta; del mismo modo, quienes sigan los trabajos de Alceo podrán disfrutar aquí de los elementos recurrentes de su producción, entre ellos cierta manera de trabajar el humor y una gran abundancia de referencias a la cultura geek.
 
En cierto sentido, dado que de las siete historietas incluidas en el volumen apenas una resulta, digamos, a todas luces fallida o poco satisfactoria, Otoño da la sensación de haber superado cómodamente el nivel de Verano y de convertirse, incluso, en un libro mucho más valioso y disfrutable en su totalidad. En el prólogo que aporta al libro, el argentino Andrés Accorsi señala que el otoño siempre le pareció “amargo”, “mediocre” y “mezquino”; curiosa, acaso irónicamente, el libro que lo tomó como tema es mucho más vibrante, arriesgado y generoso que su predecesor, centrado en el mejor publicitado verano. De hecho, está claro que las mejores historietas de Otoño son mejores que las más descollantes de su predecesor, a la vez que sus momentos menos interesantes (“El otoño es un linyera borracho”, “Una cabeza de muerto en un frasco”, especialmente “Delirio” y, si abstraemos el arte de Santiago Vecino, “Mechas”) son muy superiores a las peores historietas de Verano. Es cierto que Verano tenía más páginas y, por tanto, su muestra de historietas e historietistas era más rica, pero, a la vez, sus momentos más flojos eran malísimos y amenazaban al disfrute del libro, cosa que no sucede –más allá del comienzo dudoso– con este nuevo libro propuesto por AUCH. 
 
En cualquier caso, lo que muestra esta compilación es una escena historietística vital, que sigue enriqueciéndose y que ya cuenta con creadores de gran valor. Lo mejor de la nueva historieta uruguaya, entonces, debe incluir en su nómina de autores a gente como Abel Alves, Magnus y Roy, muy bien representados en las páginas de Otoño.


Publicada (en una versión ligeramente más corta) el 14 de mayo de 2014 en La Diaria

viernes, 11 de abril de 2014

The League of Extraordinary Gentlemen, Alan Moore



El extraordinario motor de búsqueda de Alan Moore



Probablemente el lector recuerde La liga extraordinaria, película estrenada en 2003, dirigida por Stephen Norrington y protagonizada por Sean Connery. Fue propuesta como una adaptación un libre de la novela gráfica del mismo nombre escrita por Alan Moore (Watchmen, V de Vendetta, From hell) y dibujada por Kevin O’neill, pero poco tenía que ver su simpleza y chapucería con la historieta en la que se inspiraron sus realizadores. La crítica la destrozó, Alan Moore hizo lo posible por distanciarse de ella y, en general, la película pasó a ser recordada por los fans de Moore y del comic en general como una de las peores adaptaciones del comic al cine.
 
La premisa básica, tanto de la película como de la novela gráfica, podría representarse más o menos así: contar las aventuras de un conjunto de personajes –al estilo de equipos de superhéroes como los Avengers de la Marvel o la Liga de la Justicia de DC– tomados de ficciones de varios autores. Ya olvidándonos de la película, resulta que en la novela gráfica se trata de ficciones ambientadas la era victoriana, entre ellos Allan Quatermain (de la novela Las minas del Rey Salomón, de H. Rider Haggard), Mina Harker (de Drácula, de Bram Stoker)  y un envejecido Capitán Nemo (de 20.000 leguas de viaje submarino, de Jules Verne); sin embargo, Moore y O’neill continuaron su trabajo sobre estos personajes y ofrecieron más volúmenes centrados en esta “Liga”, de modo que a medida que se avanza en la lectura de esta serie la trama se espesa y pronto el interés principal no se agota en la narración de aventuras de una suerte de Liga de la Justicia victoriana sino que pasa a convertirse en un prodigioso esfuerzo metaliterario de recorrida por el tiempo y el espacio de un universo generado a partir de un conjunto creciente de ficciones.
 
La serie, entonces, centrada en las aventuras de Mina Harker y Allan Quatermain (a quienes se suma Orlando, nada más y nada menos que uno de los combatientes en Troya, que luego ayudó a fundar Londres, que luego se convirtió en el Roldán del cantar de gesta La chanson de Roland, que luego pasó a ser el Orlando del Orlando furioso de Ariosto y que, además, cambió de sexo decenas de veces a lo largo de su vida, como en la novela Orlando-una biografía, de Virginia Woolf), incluye cinco libros: The league of Extraordinary Gentlemen Volume I (publicado entre 1999 y 2000), The league… Volume II (2002-2003),  y The League… Volume III: Century, a su vez dividido en tres tomos (2009, 2001 y 2012). 
 
Estos, sin embargo, no agotan las publicaciones vinculadas con el universo ficcional de la “Liga”, y hay que añadir The League… Black Dossier (2007), un conjunto de documentos ficcionales, apócrifos y paródicos que expanden drásticamente el universo de los primeros dos tomos, y la llamada Trilogía de Nemo, compuesta hasta la fecha por The roses of Berlin, publicado hace no más de un mes, por su predecesor Heart of ice (2013) y por el anunciado River of ghosts. Esta trilogía tiene su eje en la vida de la princesa Dakkar, hija del Capitán Nemo, y puede leerse como un relato tangencial a la secuencia centrada en Mina Harker. 
 
Todas estas novelas gráficas incluyen apéndices en prosa que o bien contribuyen a detallar todavía más el universo de la “Liga” o bien a continuar los relatos narradas por las páginas de historieta. En rigor, entonces, su lectura es imprescindible; por ejemplo, el “Almanaque del viajero” que complementa al volumen 2 (quizá el más difícil de leer en tanto se trata de una descripción en plan guía de viaje de todas las regiones de ese mundo ficcional, incluyendo, en América del Sur, localizaciones derivadas de relatos de Borges) narra qué fue de Allan y Mina tras el final en apariencia irresuelto de la parte historietística de ese libro. A la vez, el Black Dossier, acaso el más barroco y genial de los tomos de la serie, incorpora al universo de la “Liga” novelas como 1984, de Orwell, la serie de Jerry Cornelius, de Michael Moorcock y, de paso, se refiere a otros tantos equipos de héroes especiales que surgieron a lo largo del siglo XX en Europa y Estados Unidos. Las tres entregas de The League… Volume III: Century incluyen un cuento escrito a la manera de la ciencia ficción new wave publicada en la revista británica New Worlds, y en su parte historietística pasan de referencias a Bertolt Brecht a la Hogwart de los libros de Harry Potter y a una enigmática Mary Poppins. 
 
En cuanto a los dos volúmenes publicados hasta la fecha de la Trilogía de Nemo, el primero desarrolla una de las secciones del “Almanaque del viajero” y narra una expedición a la Antártida a cargo de la princesa Dakkar (perseguida por los secuaces de Charles Foster Kane, de la película El ciudadano), hastiada de la piratería y determinada a seguir los pasos de su padre por las regiones más inhóspitas del mundo. Aquí Moore incorpora a su universo ficcional el de la nouvelle En las montañas de la locura (1936), de H.P.Lovecraft, y hace pasear a sus personajes por los parajes imaginados por el escritor de Providence, quien, a su vez, había vinculado en la mencionada nouvelle su serie de los mitos de Cthulhu con La narración de Arthur Gordon Pym, de Edgar Poe. Acaso, como señala Michel Houellebecq en H.P.Lovecraft: contra el mundo, contra la vida, este artificio de encadenamiento de ficciones –hay que recordar que las obras de Lovecraft han generado, en los casi 100 años que van desde sus primeras publicaciones, una serie de continuaciones, reformulaciones, sistematizaciones y colaboraciones a cargo de un enorme número de escritores, entre ellos el propio Moore (con la serie The yard y Neonomicon, por ejemplo), Neil Gaiman (con el excelente cuento “Estudio en esmeralda”, que conecta los mitos de Cthulhu con las historias de Sherlock Holmes), China Miéville, John Shirley y Caitlín R. Kiernan, por nombrar unos pocos–, sea uno de los hechos más singulares de la literatura; en nuestro país, de hecho, un procedimiento similar al de Moore en el primer volumen de la trilogía de Nemo fue ensayado por Rodolfo Santullo y Alejandro Rodríguez Juele en la novela gráfica Regreso a las montañas de la locura, que retoma (y vuelve a contar muy atinadamente) la nouvelle de Lovecraft a partir de una expedición uruguaya. Es interesante notar que Santullo, además, ha publicado –junto al dibujante Hansz– El club de los ilustres, donde la matriz mooriana de “conjunto de personajes tomados de varias ficciones” es modulada humorísticamente a un equipo de (super)héroes derivados de la historia de nuestro país, con nada más y nada menos que José Pedro Varela, Delmira Agustini y Aparicio Saravia combatiendo a Máximo Santos.
 
Nemo: the roses of Berlin, último libro publicado hasta la fecha de la serie, transcurre en el 1938 de la historia alternativa del universo de la “Liga” y retoma una pequeña sección de The League… Black Dossier relacionada con un equipo de héroes (o villanos) alemanes que incluye al doctor Mabuse de la novela Dr.Mabuse, der Spieler (1921), de Norbert Jacques, a Maria, la robot de Metropolis (1927), a C.A.Rotwang, de la misma película y creador de la robot, y al doctor Caligari, de El gabinete del doctor Caligari (1920); la Berlín representada en la historieta parece una pesadilla arquitectónica con la estética del expresionismo alemán, y en la ficción fue construida durante el gobierno de Adenoid Hynkel, tomado de la película El gran dictador, de Charlie Chaplin.
 
Leída en su totalidad, la serie de libros ambientados en el universo de la “Liga” es, seguramente, una de las creaciones metaliterarias más ambiciosas y complejas. Desde las parodias de teatro isabelino, novela beat, cuento de horror weird y de ciencia ficción new wave que encontramos en los sucesivos volúmenes, hasta el vértigo de las referencias en primer y segundo plano (en The league… Volume III: Century, por ejemplo, hay, en la tercera y última sección, una viñeta en la que se puede ver un poster de la banda Drive Shaft, tomada de la serie Lost), la creación de Moore se convierte en una especie de hazaña, un tour de force historietístico y metaliterario. Es cierto que algunos lectores se sintieron perdidos hacia el final del segundo volumen  y abandonaron la serie creyendo que Moore finalmente se había excedido, pasado de vivo o algo por el estilo. Lo cierto es que si bien la complejidad del universo de la “Liga” no deja de incrementarse y, a veces, puede ser un poco agobiante estar ante dos o tres referencias que se perciben como tales aunque no se sabe de inmediato a qué texto o textos remiten (hay, ya que estamos, unos cuantos sistemas de referencia online que ayudan al lector de la “Liga”, uno de ellos en el artículo “The world of the League of Extraordinary Gentlemen” en Wikipedia), el dominio de escenarios, personajes y referencias del que hace gala Alan Moore es una maravilla en sí mismo. Así, no falta quien –como yo mismo– está convencido de que los libros de la “Liga” representan lo mejor del creador de Watchmen y From hell; de hecho, estas novelas gráficas de Moore, con su aparato de lectura y motores de búsqueda implicados, son una verdadera actualización al siglo XXI de la vieja novela erudita o enciclopédica, y más interesantes, por lo tanto, que muchos esfuerzos en esa línea (algunos de ellos locales) completamente anclados en un mundo donde había que recorrer tres bibliotecas y media para encontrar lo que Google nos pone a un click de distancia.

Publicada en La Diaria el 11 de abril de 2014