viernes, 11 de abril de 2014

The League of Extraordinary Gentlemen, Alan Moore



El extraordinario motor de búsqueda de Alan Moore



Probablemente el lector recuerde La liga extraordinaria, película estrenada en 2003, dirigida por Stephen Norrington y protagonizada por Sean Connery. Fue propuesta como una adaptación un libre de la novela gráfica del mismo nombre escrita por Alan Moore (Watchmen, V de Vendetta, From hell) y dibujada por Kevin O’neill, pero poco tenía que ver su simpleza y chapucería con la historieta en la que se inspiraron sus realizadores. La crítica la destrozó, Alan Moore hizo lo posible por distanciarse de ella y, en general, la película pasó a ser recordada por los fans de Moore y del comic en general como una de las peores adaptaciones del comic al cine.
 
La premisa básica, tanto de la película como de la novela gráfica, podría representarse más o menos así: contar las aventuras de un conjunto de personajes –al estilo de equipos de superhéroes como los Avengers de la Marvel o la Liga de la Justicia de DC– tomados de ficciones de varios autores. Ya olvidándonos de la película, resulta que en la novela gráfica se trata de ficciones ambientadas la era victoriana, entre ellos Allan Quatermain (de la novela Las minas del Rey Salomón, de H. Rider Haggard), Mina Harker (de Drácula, de Bram Stoker)  y un envejecido Capitán Nemo (de 20.000 leguas de viaje submarino, de Jules Verne); sin embargo, Moore y O’neill continuaron su trabajo sobre estos personajes y ofrecieron más volúmenes centrados en esta “Liga”, de modo que a medida que se avanza en la lectura de esta serie la trama se espesa y pronto el interés principal no se agota en la narración de aventuras de una suerte de Liga de la Justicia victoriana sino que pasa a convertirse en un prodigioso esfuerzo metaliterario de recorrida por el tiempo y el espacio de un universo generado a partir de un conjunto creciente de ficciones.
 
La serie, entonces, centrada en las aventuras de Mina Harker y Allan Quatermain (a quienes se suma Orlando, nada más y nada menos que uno de los combatientes en Troya, que luego ayudó a fundar Londres, que luego se convirtió en el Roldán del cantar de gesta La chanson de Roland, que luego pasó a ser el Orlando del Orlando furioso de Ariosto y que, además, cambió de sexo decenas de veces a lo largo de su vida, como en la novela Orlando-una biografía, de Virginia Woolf), incluye cinco libros: The league of Extraordinary Gentlemen Volume I (publicado entre 1999 y 2000), The league… Volume II (2002-2003),  y The League… Volume III: Century, a su vez dividido en tres tomos (2009, 2001 y 2012). 
 
Estos, sin embargo, no agotan las publicaciones vinculadas con el universo ficcional de la “Liga”, y hay que añadir The League… Black Dossier (2007), un conjunto de documentos ficcionales, apócrifos y paródicos que expanden drásticamente el universo de los primeros dos tomos, y la llamada Trilogía de Nemo, compuesta hasta la fecha por The roses of Berlin, publicado hace no más de un mes, por su predecesor Heart of ice (2013) y por el anunciado River of ghosts. Esta trilogía tiene su eje en la vida de la princesa Dakkar, hija del Capitán Nemo, y puede leerse como un relato tangencial a la secuencia centrada en Mina Harker. 
 
Todas estas novelas gráficas incluyen apéndices en prosa que o bien contribuyen a detallar todavía más el universo de la “Liga” o bien a continuar los relatos narradas por las páginas de historieta. En rigor, entonces, su lectura es imprescindible; por ejemplo, el “Almanaque del viajero” que complementa al volumen 2 (quizá el más difícil de leer en tanto se trata de una descripción en plan guía de viaje de todas las regiones de ese mundo ficcional, incluyendo, en América del Sur, localizaciones derivadas de relatos de Borges) narra qué fue de Allan y Mina tras el final en apariencia irresuelto de la parte historietística de ese libro. A la vez, el Black Dossier, acaso el más barroco y genial de los tomos de la serie, incorpora al universo de la “Liga” novelas como 1984, de Orwell, la serie de Jerry Cornelius, de Michael Moorcock y, de paso, se refiere a otros tantos equipos de héroes especiales que surgieron a lo largo del siglo XX en Europa y Estados Unidos. Las tres entregas de The League… Volume III: Century incluyen un cuento escrito a la manera de la ciencia ficción new wave publicada en la revista británica New Worlds, y en su parte historietística pasan de referencias a Bertolt Brecht a la Hogwart de los libros de Harry Potter y a una enigmática Mary Poppins. 
 
En cuanto a los dos volúmenes publicados hasta la fecha de la Trilogía de Nemo, el primero desarrolla una de las secciones del “Almanaque del viajero” y narra una expedición a la Antártida a cargo de la princesa Dakkar (perseguida por los secuaces de Charles Foster Kane, de la película El ciudadano), hastiada de la piratería y determinada a seguir los pasos de su padre por las regiones más inhóspitas del mundo. Aquí Moore incorpora a su universo ficcional el de la nouvelle En las montañas de la locura (1936), de H.P.Lovecraft, y hace pasear a sus personajes por los parajes imaginados por el escritor de Providence, quien, a su vez, había vinculado en la mencionada nouvelle su serie de los mitos de Cthulhu con La narración de Arthur Gordon Pym, de Edgar Poe. Acaso, como señala Michel Houellebecq en H.P.Lovecraft: contra el mundo, contra la vida, este artificio de encadenamiento de ficciones –hay que recordar que las obras de Lovecraft han generado, en los casi 100 años que van desde sus primeras publicaciones, una serie de continuaciones, reformulaciones, sistematizaciones y colaboraciones a cargo de un enorme número de escritores, entre ellos el propio Moore (con la serie The yard y Neonomicon, por ejemplo), Neil Gaiman (con el excelente cuento “Estudio en esmeralda”, que conecta los mitos de Cthulhu con las historias de Sherlock Holmes), China Miéville, John Shirley y Caitlín R. Kiernan, por nombrar unos pocos–, sea uno de los hechos más singulares de la literatura; en nuestro país, de hecho, un procedimiento similar al de Moore en el primer volumen de la trilogía de Nemo fue ensayado por Rodolfo Santullo y Alejandro Rodríguez Juele en la novela gráfica Regreso a las montañas de la locura, que retoma (y vuelve a contar muy atinadamente) la nouvelle de Lovecraft a partir de una expedición uruguaya. Es interesante notar que Santullo, además, ha publicado –junto al dibujante Hansz– El club de los ilustres, donde la matriz mooriana de “conjunto de personajes tomados de varias ficciones” es modulada humorísticamente a un equipo de (super)héroes derivados de la historia de nuestro país, con nada más y nada menos que José Pedro Varela, Delmira Agustini y Aparicio Saravia combatiendo a Máximo Santos.
 
Nemo: the roses of Berlin, último libro publicado hasta la fecha de la serie, transcurre en el 1938 de la historia alternativa del universo de la “Liga” y retoma una pequeña sección de The League… Black Dossier relacionada con un equipo de héroes (o villanos) alemanes que incluye al doctor Mabuse de la novela Dr.Mabuse, der Spieler (1921), de Norbert Jacques, a Maria, la robot de Metropolis (1927), a C.A.Rotwang, de la misma película y creador de la robot, y al doctor Caligari, de El gabinete del doctor Caligari (1920); la Berlín representada en la historieta parece una pesadilla arquitectónica con la estética del expresionismo alemán, y en la ficción fue construida durante el gobierno de Adenoid Hynkel, tomado de la película El gran dictador, de Charlie Chaplin.
 
Leída en su totalidad, la serie de libros ambientados en el universo de la “Liga” es, seguramente, una de las creaciones metaliterarias más ambiciosas y complejas. Desde las parodias de teatro isabelino, novela beat, cuento de horror weird y de ciencia ficción new wave que encontramos en los sucesivos volúmenes, hasta el vértigo de las referencias en primer y segundo plano (en The league… Volume III: Century, por ejemplo, hay, en la tercera y última sección, una viñeta en la que se puede ver un poster de la banda Drive Shaft, tomada de la serie Lost), la creación de Moore se convierte en una especie de hazaña, un tour de force historietístico y metaliterario. Es cierto que algunos lectores se sintieron perdidos hacia el final del segundo volumen  y abandonaron la serie creyendo que Moore finalmente se había excedido, pasado de vivo o algo por el estilo. Lo cierto es que si bien la complejidad del universo de la “Liga” no deja de incrementarse y, a veces, puede ser un poco agobiante estar ante dos o tres referencias que se perciben como tales aunque no se sabe de inmediato a qué texto o textos remiten (hay, ya que estamos, unos cuantos sistemas de referencia online que ayudan al lector de la “Liga”, uno de ellos en el artículo “The world of the League of Extraordinary Gentlemen” en Wikipedia), el dominio de escenarios, personajes y referencias del que hace gala Alan Moore es una maravilla en sí mismo. Así, no falta quien –como yo mismo– está convencido de que los libros de la “Liga” representan lo mejor del creador de Watchmen y From hell; de hecho, estas novelas gráficas de Moore, con su aparato de lectura y motores de búsqueda implicados, son una verdadera actualización al siglo XXI de la vieja novela erudita o enciclopédica, y más interesantes, por lo tanto, que muchos esfuerzos en esa línea (algunos de ellos locales) completamente anclados en un mundo donde había que recorrer tres bibliotecas y media para encontrar lo que Google nos pone a un click de distancia.

Publicada en La Diaria el 11 de abril de 2014

viernes, 14 de marzo de 2014

Testimonios oscuros, Fernando Ramos



Luz y tinieblas


Para empezar por lo más evidente: una mirada rápida a Testimonios oscuros, el primer libro de Fernando Ramos, deja claro el enorme talento de su autor como dibujante. Es un lugar común comparar su estilo con el de Mike Mignola (creador de Hellboy y autor, entre otras, de esa belleza de novela gráfica que es Gotham luz de gas), en tanto el parecido entre el trabajo de ambos artistas es verdaderamente notorio, pero sería un error reducir el arte de Ramos a lo epigonal o incluso la parodia u homenaje. En sus mejores momentos, y también los más idiosincráticos, de hecho, Ramos parece acercarse a cierta abstracción enormemente expresiva, que hace un uso virtuosístico del blanco y negro en alto contraste (un poco a la manera, salvando las diferencias de estilo y para mover coordenadas locales, del Matías Bergara de los mejores momentos de Las andanzas de Vlad Tepes) y construye viñetas que, en sí mismas, colocan al libro entre lo más atendible de la historieta uruguaya reciente. Y basta como ejemplo la maravilla minimalista (y enorme acierto composicional) de la quinta viñeta de la página 19, aunque al mismo nivel, o quizá incluso superior, está casi todo lo que puede verse en la tercera de las historias compiladas en este volumen.
 
Una siguiente leída o releída de los cinco relatos que integran el libro, sin embargo, permite otras reflexiones. El libro fue publicado gracias al apoyo de Fondos Concursables para la Cultura, como buena parte de la producción historietística local de los últimos 5 o 6 años; como casi todos los proyectos facilitados por los Fondos Concursables en la historia de la categoría Relato Gráfico, Testimonios oscuros apela a una serie de estrategias de legitimación que, en gran medida, son un requisito más o menos claro a la convocatoria, entre ellos el ocuparse de temas de interés social o incluso político, casi siempre también de corte histórico, además de ofrecer un proyecto sólido y viable estética y comercialmente. Y podemos pensar, asumiendo por supuesto el riesgo de la simplificación excesiva, en esas dos dimensiones  (la legitimación en tanto producción de narrativas pertinentes y la viabilidad pensada como profesionalización de la tarea del historietista) como, de alguna manera, dos de las fuerzas que permanentemente trabajan para dar forma a la escena historietística local. 
 
En el caso de Testimonios oscuros está claro  el conjunto de estrategias elegido por Ramos para apuntalar su proyecto. Convoca, por ejemplo, a dos guionistas locales de probada experiencia, Rodolfo Santullo (Dengue, El club de los ilustres, Valizas) y Pablo “Roy” Leguisamo (Morir por el Che, Las partes malas, Vientre), ambos eminentemente “profesionales” en su actitud, ambos editores, ambos veteranos de varias convocatorias de Fondos Concursables, para que aporten los guiones de dos de las historias, la de Edu Molina (a cargo de Leguisamo) y la de la Tragedia de los Andes (a cargo de Santullo). A su vez, en lo referente a la legitimación o pertinencia, la elección de los temas en Testimonios oscuros no es menos clara; la propuesta apunta a historias que han dejado una huella especialmente profunda en el imaginario colectivo: la Tragedia de los Andes, el Holocausto, el incendio en Cromañón y, quizá en menor medida pero para nada ajenos a estas coordenadas, el caso de la desaparición de Natalia Martínez en 2007 y, por último, el de la bala que recibió Edu Molina para salvar la vida de una niña. Es fácil, entonces, pensar en un denominador común a estas historias y, desde esa idea, leer el título del volumen. Es decir, tenemos testimonios –es decir: los implicados en las historias nos narran qué fue lo que pasó, con el inevitable y deseable componente de subjetividad- y tenemos tinieblas: momentos difíciles, que cambian vidas y se vuelven ejemplos de la adversidad. Habría, entonces, quizá algo de didáctico en el proyecto de Ramos, en tanto se nos mostrará cómo se las arreglan los seres humanos para salir adelante incluso en las peores circunstancias. Ese propósito, claro está, no es ajeno a buena parte de las ficciones más canónicas de la literatura y también de la historieta; Ramos, en todo caso, propone una selección, nos señala cinco circunstancias que supone especialmente significativas para nosotros en tanto comunidad. Se trata, entonces, de un libro que se busca serio, que pretende decir cosas, que apela a hechos históricos para lograr un propósito si no edificante al menos movilizador. Y no es necesario aclarar que en líneas generales el propósito de emocionar está logrado, y que en ese sentido el arte gráfico de Ramos logra, en este libro, un triunfo apreciable.
 
De hecho, los defectos más evidentes del libro no competen al dibujante, más allá, claro está, de su decisión de incorporar a su proyecto esos elementos que se convierten en fallas flagrantes. Lo peor del libro, entonces, son los textos que acompañan las historias y sirven a modo de introducción, explicación o comentario, en particular el primero de todos, que refiere al libro en general y, firmado por el excelente dibujante Ignacio Calero, se vuelve un derroche de lugares comunes, sabiduría de pacotilla y de perogrullada y eso que llaman “experiencia de vida”. En cuanto a los clichés, tenemos la archimanida apelación a “contarnos historias, reunidos en torno a un fogón al principio” (p.6, las itálicas son mías) y para la apelación a la “experiencia”, hacia la mitad del texto (p.7) leemos, “eso es lo que hace uno con las metas, las mira fijo a la distancia, sin perderle mirada, siempre a tiro, para de esa manera salvar los obstáculos…”. 
 
Lamentablemente, es este tono ampuloso o innecesario contamina por momentos a otros de los textos sumados al libro. La sección sobre la tragedia de los Andes, por ejemplo, incorpora un epílogo de uno de los sobrevivientes, Roberto Canessa, que funciona acaso como manera de “oficializar” la narración o incluso garantizar la seriedad del relato ofrecido; es posible que Ramos se haya sentido obligado a incorporar palabras de uno de los sobrevivientes, pero, a la vez, esa suerte de aprobación es en última instancia innecesaria; en cualquier caso, el texto no incomoda y Canessa resuelve su lugar  (un lugar difícil, en última instancia, ya que sugiere cierta mirada supervisora al proyecto narrativo de Ramos y su guionista) con soltura. Sigue la historia de “Luz”, equivalente de la de Natalia Martínez, y su epílogo quedó a cargo de Andrés Fontini, quien por momentos acierta en el aporte de información que el lector puede no manejar y que sirve al propósito general del libro, aunque, a la vez, en el primer párrafo y en el último esa vocación de solemnidad retórica ya mencionada en relación al prólogo de Calero termina por restar eficacia al texto. En ese sentido, más cerca del blanco impacta el epílogo a la historia de Cromañón, escrito por Rodolfo Santullo; aquí, de hecho, encontramos una visión de la tragedia ligeramente diferente (y complementaria) a la ofrecida en la historieta, lo cual obra en favor del propósito del libro al subrayar la naturaleza subjetiva del testimonio llevado a las viñetas. La sobriedad de Santullo, además, contrasta con el entusiasmo retórico de Nacho Iglesias, quien ofrece el epílogo a la historia vinculada al Holocausto; en última instancia, Iglesias se enfrenta con un tema sobre el que se ha dicho mucho y sobre el que tan difícil es decir algo realmente significativo; su elaboración sobre el arte, en última instancia, si bien parece entregarse a cierto romanticismo un poco kitsch, nos ofrece una perspectiva complementaria –y por lo tanto no gratuita, no innecesaria- al crudísimo y excelente trabajo de Ramos. Por último, el aporte de Santiago Echeverría, presentado como epílogo (como “carta abierta”, en rigor) a la historia de Edu Molina, se lee como el más sentido y emocional.
 
Unas últimas palabras sobre los guiones. Dejando de lado los de Leguisamo y Santullo, marcadamente los más competentes, los otros tres quedaron a cargo del propio Ramos. Y su trabajo, si bien no logra evitar cierto aire de principiante, logra salir adelante y presentarse como una gran promesa de un futuro buen hacer. Si bien en general adopta la fórmula de incorporar un narrador (en lugar de pautar la narración mayoritariamente en los diálogos, como hacen Santullo y Leguisamo), lo cual le recorta ciertas posibilidades expresivas y de fluidez del relato, al ser presentado el libro como un conjunto de testimonios, esa primera persona recurrente y profusa (hay páginas, las 34-35 por ejemplo, que parecen excesivamente cargadas de texto) se vuelve un elemento decisivo a la hora de dar forma al proyecto de Ramos. En ese sentido, entonces, los guiones del dibujante, quizá todavía inseguros o no carentes de defectos, son extremadamente funcionales al objetivo del libro, y evidentemente un punto a favor de Fernando Ramos.

Publicada en La Diaria el 14 de marzo de 2014

martes, 4 de marzo de 2014

Novelas ejemplares, varios autores

Historietas ejemplares


Puede resultar curiosa la publicación de un libro que compila historietas basadas en las Novelas ejemplares de Cervantes y que reúne para semejante tarea historietistas de Argentina, Brasil, España, Francia y Uruguay. Mucho se puede escribir sobre la narrativa gráfica y la necesidad de legitimación de un género presentado como menor durante buena parte de su historia, y si leemos la producción historietística uruguaya de los últimos años parecen asomar líneas como la inclusión de prólogos que reafirmen la pertinencia de la obra en cuestión y, especialmente, el lugar de destaque que ha ocupado la historieta histórica. Cabe pensar, entonces, que acercarse al canon literario adaptando sus obras más o menos centrales posibilita todavía otra vía de legitimación, y la idea no es extraña a la nueva historieta uruguaya. Grupo Belerofonte, por ejemplo, seguramente la editorial más y mejor establecida de la escena historietística local, propuso hace ya unos cuantos años la adaptación, a cargo de Renzo Vayra, de Juan el zorro, a la vez que Rodolfo Santullo, su director, ha guionado adaptaciones y recreaciones de Onetti, Lovecraft y Bram Stoker.
En el caso de las Novelas ejemplares la excusa es los 400 años de la primera edición de las obras y la ocasión de ofrecer, según leemos en el prólogo incluido en el volumen, “una relectura de las mismas desde su interacción con otros lenguajes”. Y también cabría pensar en el movimiento opuesto al comentado más arriba y pensar en el canon literario, con su catálogo de obras consagradas en ámbar o pozos de brea, haciendo el intento de acercarse a un lenguaje digamos “contemporáneo” y vital, y a un nuevo público.
En cualquier caso, si nos quedamos con la idea de “interacción” y “relectura”, el resultado de ese proceso es particularmente interesante.
De las 12 novelas, por ejemplo, 5 apelan al diálogo con géneros narrativos. Así, sin duda alguna la mejor de este subgrupo, “La ilustre fregona”, a cargo de Rodolfo Santullo y Lisandro Estherren, recrea la ficción cervantina en un contexto propio al narcocorrido, con su mitología y escenografía características. Por otro lado, “La gitanilla”, con guión de Alejandro Farías y arte de Muriel Frega, apela a un escenario de ciencia ficción en el que buena parte de la humanidad (los “normales”) viven de acuerdo a pautas prediseñadas que incluyen control de natalidad y nacimientos in vitro; se trata de un lugar común de la ciencia ficción distópica, y en el trabajo de Farías los “gitanos” son aquellos que eluden esa normativa a la vez que viven de modo idéntico a los gitanos de Cervantes… por lo que por momentos parecería que, a los efectos de la recreación de la novela, la escenografía cienciaficcionera aporta poco y nada. Federico Grenauer y Hurón intentan, en “La española inglesa”, una apelación al horror o a la fantasía oscura y ominosa, y el resultado deja un poco que desear, quizá por la manera en que fue resuelto el final de la novela en el contexto elegido, mientras que “La fuerza de la sangre” (guión de Diego Cortés y arte de Leo Sandler) y “Las dos doncellas” (Guión de Javi Hildebrandt y arte de Diego Rey) dialogan con las telenovelas y ofrecen recreaciones sólidas y disfrutables.
Dos, una de ellas la ya mencionada “Las dos doncellas” y la otra acaso la mejor del libro, “El licenciado Vidriera”, con guión de Federico Reggiani y dibujos de Fabián Zalazar, apelan a alguna forma de metanarrativa y se convierten en los momentos más interesantes de la propuesta; en el caso de “Las dos doncellas” buena parte de la narración aparece bajo la forma de una telenovela visionada por dos señoras que reaccionan a los acontecimientos representados, mientras que en “El licenciado Vidriera” opera un comentario permanente que va esclareciendo ciertos aspectos de la novela. El recurso de Reggiani puede leerse como una referencia al uso que reciben determinados objetos textuales tan canónicos como las Novelas ejemplares o, al menos, a una forma de lectura que se impone gracias a la distancia entre nosotros y el texto en cuestión; así, “El licenciado Vidriera” es claramente la más compleja de las adaptaciones o recreaciones, por incluir en su entramado mismo una operación de lectura y un diálogo con la tradición.
Otra buena porción del libro propone adaptaciones más “fáciles” (sin que el adjetivo implique un sentido peyorativo, claro está), en tanto se trata de acercamientos de la narrativa cervantina a tiempos más digamos “contemporáneos”. Así, “Rinconete y Cortadillo” (guión de Alejandro Farías y arte de Otto Zaiser) propone una deliciosa traducción de la novela de Cervantes a una suerte de neopicaresca villera (lo cual, en cierto modo, podría pensarse también como en la apelación a un género). Otras adaptaciones con giro a lo contemporáneo son la buenísima “El celoso extremeño” de Luciano Saracino (guión) e Infame & Co (arte) y la atractiva y graciosa “La señora Cornelia”, con guión de Roy y arte de Maco; de hecho, en este relato  por momentos es fácil sentir que el estilo o las maneras de Maco, tan deslumbrantes en Aloha, su primer libro, pueden sentirse como un poco forzadas, innecesarias o inmotivadas (aunque esto no va, en rigor, en detrimento del disfrute del relato) en una historieta de corte más netamente narrativo. También dentro de la zona contemporánea está “El casamiento engañoso”, quizá una de las adaptaciones más ingeniosas y disfrutables, con la estrella de rock vetusta y decadente propuesta por Alejandro Farías y dibujada –con gran acierto– por Víctor Zelaya. Es cierto, de todas formas, que algunos de los textos propuestos dentro de la zona de los géneros, en particular las dos historietas que dialogan con las telenovelas, también instalan la ficción en tiempos que aparecen como contemporáneos.
De las dos restantes quizá la mejor sea “El amante liberal”, con guión de Thomas Dassance y dibujos de Marcos Vergara, quien ofrece aquí uno de los momentos más disfrutables del libro desde el punto de vista del arte gráfico. Aquí la adaptación lleva la ficción cervantina a un contexto japonés que funciona bien en líneas generales aunque, por momentos, el tono de los textos suena poco fluido. La última, “El coloquio de los perros”, es la más notoria recreación (como opuesto a “adaptación”) del libro y, si bien no es el mejor de los relatos ofrecidos, por momentos logra ofrecer un clima onírico particularmente ominoso.
Se trata, en balance, de un libro sugestivo e interesante, que reúne a algunas de las voces más relevantes de la escena historietística reciente. Como toda compilación presenta altibajos, claro está, pero sus mejores momentos son brillantes y el nivel general hace pensar en una notoria suficiencia y buen manejo del lenguaje elegido. Sobre los mecanismos de adaptación podría discurrirse mucho más, por supuesto, pero es posible quedarse pensando en que de los doce relatos gráficos sólo uno (“El licenciado Vidriera”, y mediando siempre el recurso metaficcional o incluso metaliterario) elige presentar las ficciones de Cervantes sin cambios de género narrativo o escenografía; la recurrencia de las telenovelas también seguramente da qué pensar, así como también que ciertos subgéneros –terror, fantasía onírica, ciencia ficción– siguen pareciendo los más riesgosos. En cualquier caso, se trata de doce historietas muy disfrutables; la portada, sin embargo…

Publicada en La Diaria el 4 de marzo de 2014

jueves, 20 de junio de 2013

UY! cuatro décadas de cómic uruguayo



Viñetas orientales


El colectivo AUCH (Asociación Uruguaya de Creadores de Historieta) nuclea a guionistas, dibujantes, editores y faneditores. En sus dos años de vida ha ofrecido talleres, asesorado a sus miembros y facilitado la representación de historietas uruguayas en convenciones de la región, además de editado el libro Verano, una interesante muestra de relatos gráficos a cargo de autores como Rodolfo Santullo, Matías Bergara, Nicolás Peruzzo, Alejandro Rodríguez Juele, Pablo “Roy” Leguisamo, Beatriz Liebner y Martín “MaGnUs” Pérez.
 El último emprendimiento de la asociación (en colaboración con el Museo del Humor y la Historieta Julio E. Suarez “Peloduro”, de Minas) es la muestra UY! Cuatro décadas de cómic uruguayo, dispuesta en el Centro de Exposiciones SUBTE e inaugurada el jueves 13 de junio. El antecedente directo de esta iniciativa, como recuerdan sus organizadores, es la Primera muestra de historietas uruguaya, presentada en 1972, que presentó la labor de un buen número de historietistas. La consigna, en esta oportunidad, es hacer convivir a los clásicos del comic uruguayo (Peloduro, Barreto, Gezzio) con creadores más recientes que, según el texto incorporado al programa de la exposición “publican de forma activa (y) constatan una continuidad intencional con logros estéticos considerables”.
 
 La muestra incluye atractivas gigantografías de viñetas pertenecientes a historietas emblemáticas o que se proponen como emblemáticas, entre ellas un magnífico Linterna Verde a cargo de Eduardo Barreto y una colorida página de Matías Bergara y Rodolfo Santullo para la adaptación al comic del videojuego –uruguayo– Kingdom Rush, además de reproducciones (y originales) de páginas organizadas en grandes áreas temáticas que incluyen un muestrario de guionistas, una selección de páginas dibujadas por uruguayos para publicaciones extranjeras, los clásicos del siglo XX, los creadores de la década de 1980 y, dispersos por toda la muestra, los historietistas más recientes, algunos de ellos ya consagrados a nivel regional (Santullo y Bergara, por ejemplo) y otros más pensables como emergentes pero, a la vez, ya referentes obligados (Pablo “Roy” Leguisamo, Alejandro Rodriguez Juele, entre otros).
 De hecho, en la selección de lo que podríamos llamar los “nuevos”, propuesta al mismo nivel de visibilidad que autores ya clásicos, opera una suerte de pretensión canónica. La muestra UY!, entonces, nos ofrece lo que sus organizadores entienden como lo más interesante y relevante no sólo de la historieta uruguaya del siglo pasado sino también de la más reciente; ambas categorías, de hecho, al ser yuxtapuestas generan el diálogo entre las diferentes estéticas que las animan y sugieren pautas de lectura y apreciación que son asumidas por la directiva de AUCH. Evidentemente habrá quién podrá dudar sobre la pertinencia de tal y cual página o, incluso, de tal o cual gigantografía, pero de eso se trata el juego de proponer cánones o de sugerirlos. En última instancia lo interesante será argumentar si, por ejemplo, el Nicolás Peruzzo de La mudanza está al mismo nivel plástico y expresivo de lo que podemos ver en esta muestra de Renzo Vayra, por nombrar dos creadores pertenecientes a diferentes generaciones que conviven en el campo editorial historietístico contemporáneo, o si, puestos a releer la historia más “completa” del comic en nuestro país, referentes en apariencia innegables como Peloduro y Carlos María Federici han soportado el paso del tiempo. En cualquier caso, más allá de la postura personal de quien recorra la muestra, el goce estético está garantizado.

Publicada en La Diaria el 20 de junio de 2013

jueves, 30 de mayo de 2013

La mudanza, Nicolás Peruzzo, y Las andanzas de Vlad Tepes, Silvio Galizzi & Matías Bergara



Seguir editando

La historieta local parece haber entrado en una fase de proliferación y asentamiento de proyectos editoriales. Siguiendo el camino trazado hace ya unos cuantos años por Grupo Belerofonte, Dragon Comics (dirigida por Pablo “Roy” Leguisamo y Beatriz “Bea” Liebner) y Ninfa Comics (dirigida por Nicolás Peruzzo) han propuesto en los dos últimos años trabajos no firmados por sus directores, apostando así por el establecimiento de un catálogo sólido. Así, el año pasado Dragon Comics publicó el desopilante Zombess, del gallego Abel Alves, y en lo que va de este 2013 han aparecido –presentados en la convención Montevideo Comics– Las andanzas de Vlad Tepes (con guión de Silvio Galizzi y arte de Matías Bergara), en Ninfa, y El viejo (guión de Alceo Thrasyvoulou y arte de Matías Bergara y Richard Ortiz), en Dragon. Esta nota comentará el primero de los libros mencionados y, además, La Mudanza, también publicado por Ninfa Comics y escrito y dibujado por Nicolás Peruzzo.

Chistes de vampiros
Como es sabido, la historia y la leyenda de Vlad Tepes –príncipe o Voivoda de Valaquia (actual Rumania) entre 1456 y 1462– inspiraron a  Bram Stoker su célebre Drácula. Silvio Galizzi –primero en dos películas que se proponen a sí mismas como “de culto” y “hechas entre amigos”, Sangre en La Mondiola, de 2005, y La balada de Vlad Tepes, de 2009, ambas dirigidas por Guzmán Vila y protagonizadas por el propio Galizzi como el vampiro– viene llevando a la historieta su versión del personaje desde hace ya unos dos años. El apoyo de Matías Bergara es decisivo: el mayor interés del libro –por otra parte hermosamente editado por Ninfa Comics y con la participación de dibujantes invitados de la talla de Enrique Alcatena y Gustavo Sala– está en el arte gráfico, que nos ofrece páginas y viñetas que se encuentran sin lugar a duda entre lo mejor de la historieta nacional contemporánea. A la vez, el punto débil del libro es notoriamente el guión de Galizzi.

Para matizar y repensar la última afirmación se puede proponer que la lectura de Las Andanzas de Vlad Tepes deja claro que la trama y los personajes en rigor no importan. Una tras otra las historias presentadas en el libro nos cuentan que 1) Tepes, por ser Tepes, detesta o desprecia a tal o cual persona y que 2) esa o esas personas son eventualmente asesinadas por Tepes. Las “Andanzas Breves” incluidas en la segunda mitad del libro, entonces, pueden leerse desde los códigos de cierto humor gráfico en el que la repetición de una fórmula es lo esperado y lo esperable. 

El relato principal y más largo del libro (titulado “Érase una vez en La Mondiola”) parece ser propuesto como una narración más ambiciosa, con referencias históricas incluidas (a la cruzada contra los Cátaros), flashbacks y un “origen” –o casi– del personaje, además del establecimiento de la pareja cómica a la Abott y Costello que encarnan Tepes y Negreira. El esquema, sin embargo, es muy similar al de las “Andanzas Breves”. Es verdad que por momentos la de “Érase una vez…” es una narración más sólida, en gran medida gracias al talento de Matías Bergara como narrador visual, pero, en última instancia, el relato es desprolijo y su ritmo es tentativo, irregular. De hecho, la narración invariablemente se detiene o enlentece para redundar en la “maldad” de Tepes, en sus asesinatos (p.34, por ejemplo), no sólo no aportando gran cosa a la trama sino, de hecho, rompiendo el ritmo narrativo una y otra vez. Esa reafirmación continua del personaje es, en última instancia, el objetivo de las “Andanzas Breves”, y el intento de proliferación de asuntos o de magnificación de la trama visible en “Érase una vez…” no termina de cuajar en una historia planteada desde otros códigos. Evidentemente no tiene por qué hacerlo, claro está, aunque por momentos parece intentarlo. En cualquier caso, los fans del personaje podrán disfrutar las viñetas y pasar por alto las fallas más o menos evidentes.

Ahora bien, si pensamos entonces en Las Andanzas de Vlad Tepes como un libro esencialmente humorístico, es interesante desarrollar un poco más las características del humor propuesto. Ante todo se apela al humor negro y a la deliberada incorrección política. El libro, de hecho, insiste en este último asunto: “faltan en esta sociedad cada vez más insoportablemente volcada a lo políticamente correcto, personajes/personas con ojo crítico, que llamen a las cosas por su nombre”, leemos en la página 93, desde el texto aportado por Guzmán Vila (cabría señalar que llamar a las cosa “por su nombre” puede ser en muchas ocasiones un acto conservador y acrítico). En última instancia el libro no es “malo” porque su humor sea políticamente incorrecto  (sin duda tiene razón Soledad Platero cuando señala que “el humor es, por definición, irrespetuoso”); a la vez, tampoco es “mejor” porque su personaje nos deje una y otra vez clara su homofobia (p.71), su moralina sexual y su odio a “los niños” (p.83-85), y su desprecio por cierta literatura (p.68) y por ciertas formas de cristianismo (pp.64-65). En última instancia, es interesante también señalar que el personaje de Tepes termina convertido en más de una ocasión en una suerte de moralista, por ejemplo cuando mata, desolla y cocina a Papá Noel tras detectarle gustos pedófilos (pp.74-77) o cuando señala que “pasan los siglos pero estos hijos de puta [los predicadores cristianos] siguen cobrando cara la entrada al reino de los cielos” (p.65).

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Nicolás Peruzzo publicó hace dos años su historieta autobiográfica Ranitas, que debe ser incluida entre lo mejor del comic nacional contemporáneo. Después de ese libro, sin embargo, Peruzzo no logró acertar con otra obra a esa altura y propuso trabajos fallidos o menores, como su aporte para el volumen colectivo Verano o también el libro Deje de afligirse, con un guión correcto pero malogrado por el dibujante escogido. 

Su flamante La mudanza, felizmente, rompe con esa situación. Además de un notorio crecimiento de Peruzzo como dibujante y colorista –basta como muestra la hermosa representación de la ciudad desolada que ofrece en varias páginas–, la construcción de la trama que encontramos en este libro, con su ritmo cuidado, su fluida presentación de paisajes exteriores y/o interiores y su tenso equilibrio entre el costumbrismo, lo fantástico y lo “psicológico”, viene a probar una vez más el talento narrativo de su autor.

Es posible que La mudanza sea el mejor de los libros presentados en el reciente Montevideo Comics. Su brevedad sin lugar a dudas casa a la perfección con una historia esencialmente sencilla –y de hecho casi imposible de resumir– pero abierta a múltiples lecturas, que reflexiona sobre seguir adelante después de una pérdida, una crisis o un cambio, un poco en la línea del “let go” (dejá ir) de la serie Lost. En cualquier caso, el componente “sapiencial” de la trama, que puede atraer lectores a una historieta con la que es fácil identificarse, no es sino uno de sus múltiples atractivos, no necesariamente el mayor, en tanto sobresalen, ante todo, el dominio de la narrativa, la economía de medios y la evidente expresividad y belleza del arte gráfico de Peruzzo. Donde la pretendida universalidad de la propuesta podría convertirse un problema –en tanto cursi o cliché en potencia–, el guión de La mudanza sale adelante airosamente. 

Las conexiones con Ranitas no son difíciles de encontrar; si bien no está explícitamente planeado de esa manera, es posible leer La mudanza como una suerte de epílogo a la anterior novela gráfica, en particular gracias a uno de los personajes con los que se encuentra el protagonista, un joven que está a punto de dejar atrás el mundo de su adolescencia. Donde Ranitas se detuvo desde el punto de vista del relato, La mudanza sigue adelante explorando ese sentimiento de pequeña muerte personal y de nueva vida que empieza a trazarse para el futuro más inmediato.

Tras esta confirmación de su buen hacer, Peruzzo se instala cómodamente como uno de los tres o cuatro guionistas más talentosos del momento. A la vez, el esmerado trabajo en los libros de Ninfa Comics –tanto en La mudanza como en Las andanzas– comprueban que su proyecto editorial está vivo y en crecimiento.

Publicada en La Diaria el 30 de mayo de 2013