martes, 12 de febrero de 2013

Verano, varios autores



De la temporada
 
Las virtudes de la muestra de historietas Verano, organizada por AUCH (Asociación Uruguaya de Creadores de Historietas), resultaron evidentes al jurado que falló en la categoría Relato Gráfico de los Fondos Concursables 2012 del MEC, integrado por quien esto escribe, José Gabriel Lagos y Alfredo Soderguit: el proyecto valía la pena en tanto repertorio de la obra de un grupo de historietistas que viene publicando y creciendo desde, más o menos (algunos más, otros menos), mediados de la década de los dosmiles y en tanto plataforma para mejorar la visibilidad del trabajo de guionistas como Martín “Magnus” Pérez o para consolidar la solidez en el desempeño de creadores como Pablo “Roy” Leguisamo. Verano es, entonces, en su conjunto, un aporte interesante y atendible a la historieta uruguaya “nueva” o “joven”.
Una vez con el libro en las manos, sin embargo, queda habilitada una mirada más de cerca, relato por relato, que evidencia (después de constatar algunos fallos notorios en la diagramación y en la disposición de las historietas) un nivel dispar. Hay, ante todo, cuatro aportes sólidos, que justifican para cualquier lector la compra del libro: se trata de los relatos con guiones de Pérez, Leguisamo (el primero de los dos que son incluidos), Ciccariello y Santullo.
El mejor de este grupo posiblemente sea “More tan meets the eye”, escrito por Pablo Leguisamo y dibujado por Alejandro Figueroa, a cuyo atractivo arte se suma un guión hábilmente resuelto, llevado con buen pulso y preparando a la perfección la vuelta de tuerca del final. 8 páginas, entonces, aprovechadas al máximo.
Sigue “Noche de vértigo”, el aporte de Rodolfo Santullo (guión) y Matías Bergara (arte), que además de contar con solvencia una historia interesante logra generar en el lector una buena dosis de empatía por sus personajes. La última página, además, está entre los trabajos más bellos y expresivos de Bergara.
Una de las historietas más llamativas del libro es “Cantera”, de Gabriel Ciccariello, un historietista sin lugar a dudas interesante que, lamentablemente, ha sido muy poco prolífico en los últimos años. Este trabajo llama la atención no sólo por su bello colorido sino por su distintiva construcción de la narrativa, que apela al contraste entre las páginas dialogadas y las presentadas en torno (casi como si fueran ilustraciones) a grandes bloques de texto.
Por último, el relato de Martín “Magnus” Pérez (guión) y Carlos Lemos (arte), propone una historia interesante, que llama la atención por ser la única pensada desde un género concreto –en este caso la ciencia ficción– y por descartar lo que podríamos pensar un enfoque más costumbrista o incluso autobiográfico o autoficcional. Se trata, además, de una confirmación más de la versatilidad narrativa de Pérez, quizá el guionista “nuevo” que más ha crecido en los últimos dos años; su punto débil, sin embargo, está en el arte de Lemos, que en muy pocas ocasiones supera un nivel más apto para un fanzine. Si bien presenta un número no deleznable de aciertos (la expresividad en los rostros y algunas viñetas puntuales, como la tercera de la séptima página o la que remata la historieta), el balance –en gran medida por el poco trabajo dedicado, en general, a los fondos y los detalles– es negativo, lo que no sucede en lo más mínimo con el guión.
Verano también incluye un grupo de historietas que cabría pensar como fallidas. Por ejemplo, “Morrison Vive”, de Nicolás Peruzzo –a todas luces un capítulo desgajado de su excelente Ranitas–, se ve seriamente perjudicada por la estructura no lineal elegida por su autor a la hora de presentar la trama. Tratándose de una anécdota simple (un grupo de chicos que pintan “Morrison vive” en la fachada de una casa y son perseguidos por sus dueños), la necesidad de “complicarla” un poco, en este caso, sólo logró empañar el disfrute del relato. Del mismo modo, “Lo último que se pierde”, de Leguisamo (guión) y Lisandro Di Pasquale (arte), quizá la más floja de este conjunto, podría haber resultado un relato más satisfactorio de no ser por el bajo nivel del dibujo de Di Pasquale, que no logra cuajar el potencial emotivo de la historia y, además, falla notoriamente en elementos puntuales (la protagonista parece una mujer de 20y pico de años en su primera aparición y una adolescente de 15 en adelante, por ejemplo); un dibujo más competente hubiese convertido a este relato en un momento sólido del libro, sin lugar a dudas.
Otros de los trabajos presentados, sin fallas demasiado evidentes, parecen poco interesantes. Es el caso de “Señales de vida”, de Maco, que, pese a la belleza del dibujo, no logra armar una historia que valga la pena (nena recorre una playa, recoge varios cangrejos y mira una tonina) y, una vez terminada, resulta un trabajo ante todo inane. Con otro nivel de complejidad, pero no necesariamente más efectividad narrativa, “Blancarena”, el aporte de Alejandro Rodríguez Juele, no pasa de una anécdota familiar con evidente valor afectivo para su creador pero poco interés para el lector, que se encuentra con las alternativas de la creación de un balneario en el departamento de Colonia en 1948, con la muerte de uno de sus pioneros (lo cual indudablemente habría funcionado mejor en un relato más largo) y, cuando empieza a volverse urgente un desarrollo narrativo, tropieza con un anticlimático salto a 1956 y una nota final que podría pretenderse emotiva pero que, lamentablemente, no logró despertar la empatía de, al menos, este lector.
En una zona intermedia entre este conjunto de trabajos de menor nivel y los cuatro mejores cabría incluir “Malvín”, de Bea (arte y guión), que, con un dibujo rico y sugestivo, esboza una historia atendible, honesta y sentida, lamentablemente malograda por la falta de resolución o, mejor dicho, por la errada resolución que le da la última viñeta. También en esta categoría intermedia aparece “Luz”, de Fernando Ramos, un trabajo con algunos errores de guionista principiante (por momentos el peso del texto narrativo se vuelve un poco abrumador, a la vez que se intenta comprimir en las 8 páginas pautadas por la convocatoria más información de la que el pulso del Ramos guionista, por el momento, sabe manejar) pero, a la vez, con un arte especialmente interesante, en gran medida por su excelente manejo del alto contraste.
Por último, los relatos más flojos –o decididamente malos– resultan ser “Perfume de enero” (con guión de Federico de los Santos y arte de Andrés y Leonardo Silva) y “Ensueño de una tarde de verano”, (Nicolás Rodríguez Juele). Curiosamente, ambos ofrecen un nivel más que destacado a nivel del arte: tanto el trabajo de los hermanos Silva como el de Rodríguez Juele llaman la atención por su excelente factura, por desgracia completamente opacada por la insuficiencia de los guiones. En el caso de Federico de los Santos se trata de una historia indecisa, más un compendio de intenciones –y pretensiones– que un relato satisfactorio, mientras que, en lo que respecta a Rodríguez Juele, se avanza por unas páginas atendibles –o incluso promisorias– para llegar a un desenlace por completo anticlimático e innecesario, que carcome y socava las siete páginas que lo preceden y vuelve pertinente la pregunta de qué demonios pasaba por la mente de su creador a la hora de rematar la historieta.
En cualquier caso, es sabido que las muestras suelen ser desparejas en cuanto a su nivel, y la propuesta de AUCH de ofrecer un testimonio del trabajo de sus afiliados está más que lograda. En el caso de las mejores historias, se trata evidentemente de una confirmación de talentos ya probados (Santullo, Roy, Ciccariello) y, en una de las notas más positivas del libro, un excelente añadido a la creciente experiencia como guionista de Magnus, quien pasa cómodamente a integrar el grupo de los 4 o 5 mejores guionistas de la nueva historieta uruguaya, aunque debería de una vez por todas mejorar su puntería a la hora de elegir dibujantes. No es tan alentadora la perspectiva que sugieren los trabajos fallidos: en el caso de Alejandro Rodríguez Juele y Nicolás Peruzzo, empieza a resultarles urgente la creación de un trabajo al nivel de sus mejores obras (La isla elefante y Ranitas, respectivamente).


Publicada en La Diaria el 12 de febrero de 2013

viernes, 23 de noviembre de 2012

Zombess, Abel Alves

Dragon Comics Editora, el sello de Pablo "Roy" Leguisamo y Beatriz "Bea" Leibner, ha dado un paso importante hacia su establecimiento como una editorial: acaba de publicarse su primer libro que no incluye a sus fundadores a nivel autoral. Y se trata de un gran comienzo, en tanto Zombess / ¡Zombi Psicópata Adolescente!, del gallego Abel Albes (1981), es sin lugar a dudas uno de los mejores cómics humorísticos publicados últimamente en nuestro país.
El libro ofrece dos historias protagonizadas por el trío de personajes compuesto por Elizabeth "Bessy" Dellamorte, una zombie de 1.34m que pretende dominar el mundo, Anna Lou, una modelo/actriz rubia, lesbiana y tetona cuya frase favorita es "¡claro que no tengo problema en salir desnuda en esa película!", y nada más y nada menos que el Necronomicon, el libro maldito imaginado por H.P.Lovecraft.
Cada una de las historias ofrecidas, a su vez, está compuesta por páginas que funcionan también a nivel autoconclusivo, en tanto ofrecen un "gag" o chiste que las redondea. Y uno de los grandes aciertos de Alves está precisamente ahí: cualquier página de Zombess nos hará reír, pero, leídas en el orden del libro, arman además una narrativa perfectamente funcional. En la primera historia -"Planeta no muerto"- tenemos la zombificación de la tierra -gracias a la radiación de un cometa- y las maniobras de Anna Lou y "Necro" para restaurarla, contra los planes de Bessy. En este relato aparecen tres de los ocho "objetos de poder arcano", el Necronomicon, un "cetro chispeante" capaz de anular la magia y el "guantelete chispeante", a la vez, en el segundo del libro -"¿Quién es Chiharu Hattori?"-, e insinuando de esta manera un arco narrativo más amplio y que promete más álbumes de Zombess en el futuro, Bessy intentará encontrar un cuarto objeto de poder, el "orbe del conocimiento", para lo cual -gracias una vez más a la magia del Necronomicon- deberán viajar al pasado, más específicamente a 1574 y a Japón, para intervenir en la -histórica- batalla de Nagashino, en la que las fuerzas de Katsuyori Takeda fracasaron en su sitio al castillo defendido por Sadamasa Okudaira y por las fuerzas comandadas por Leyasu Tokugawa y Nobunaga Oda. En ese sentido, la historieta de Alves es una suerte de -más que historieta histórica- "intervención" en la historia japonesa, incorporando en su ficción -sin alterar el desenlace "real"- elementos del universo de sus creaciones (lo cual, curiosamente, traza una línea hacia otra historieta humorística aparecida recientemente, El club de los ilustres, de Rodolfo Santullo y Guillemo Hansz). Esos elementos incluyen abundantes referencias a la cultura popular y friki; en la primera de las historias del libro, de hecho, hay guiños memorables a películas y comics como Star Wars y 300, a videojuegos como Space Invaders, a personajes de ficción como Hello Kitty  y Godzilla, y también -en una suerte de pliegue ficcional especialmente interesante- a personajes históricos reclamados -reciclados, reimaginados, resignificados- por la ficción, como Hattori Hanzo, que, en la historia "real" fue un samurai al servicio del clan Matsudaira -como es presentado en Zombess-, y en la cultura poular es encontrado, además de en Kill Bill, en la serie Hattori Hanzô: Kage no Gundan, interpretado por Sonny Chiba,  y en el manga Path of the Assasin, de Kazuo Koike y Goseki Kojima. El humor de Alves, de hecho, se apoya en esta complicidad con ciertos lectores; además del gusto por el absurdo a la Monty Python (ver, por ejemplo, al "maestro del camuflaje" de la página 59, que lo único que hace es sostener ante sí el dibujo de un arbusto) y de un toque de toilet humor, las irrupciones de mundos ficcionales reconocidos por el lector convierten a muchas de las situaciones narradas en hilarantes.
Otro elemento que aporta al humor es cierto toque ligero de metanarrativa; por ejemplo, en la página 26 vemos los resultados de la invasión de kattens (alienígenas iguales a los personajes de Hello Kitty) a la Tierra; en la primera viñeta se trata de París, en la segunda de New York, y Tokyo en la tercera. En la cuarta viñeta los personajes comentan:
BESS: ¡Maldición! En todo el mundo se está repitiendo la misma catástrofe... ¡Nuestro ejército de muertos está perdiendo la vida!
VINCENT: ¡Cierto! Es como si alguien cortase y pegase el mismo escenario a lo largo del planeta.
Y en efecto, se trata exactamente de los mismos edificios, los mismos daños y explosiones, las mismas naves invasoras, con la salvedad de que en la primerea viñeta vemos, en el centro de la composición, a la Torre Eiffel, mientras que en la segunda aparece la Estatua de la Libertad y en la tercera Godzilla -y que como signo de Tokyo se tome a este personaje es ya de por sí otro chiste, en otro nivel, y, evidentemente, otro guiño al lector. Las palabras del personaje de Vincent, su alusión a "cortar y pegar" no sólo describen el procedimiento del dibujante (es decir un nivel "por encima" de la ficción) sino que, además, funcionan perfectamente en la narrativa, en tanto la misma catástfrofe para las tropas de Bess se repite en todas las ciudades importantes (es decir, en el nivel de la ficción).
El libro está lleno de momentos como este, y la inteligencia y el acierto no decaen en página alguna. Es cierto que para un habitante del Río de la Plata la comicidad está garantizada desde el momento en que podemos leer frases como "¡Come rayo, mamonazo!" (p.49), que quizá suenen un poco más "naturales" para un hablante de las variedades ibéricas del español; sin embargo, el talento de Alves para los diálogos y para el humor meramente verbal, independientemente del registro lingüístico, es innegable. Y como dijera Homero Simpson de Los hombres golpeados por el football, el cortometraje de Juan Topo, el humor de Zombess "funciona en varios niveles".


lunes, 15 de octubre de 2012

Zitarrosa, Santullo & Aguirre

Zitarrosa (con guión de Rodolfo Santullo y arte de Max Aguirre) no es una biografía, aunque a primera vista pueda parecerlo. No intenta elaborar una vida de Alfredo Zitarrosa, una novela de aprendizaje, digamos, que nos muestre como llegó a ser uno de los cantantes más importantes del Río de la Plata, ni tampoco una historia de ascenso, caída y vuelta a levantarse, como tantos capítulos de Behind the music. A la vez, es extremadamente efectiva a la hora de ofrecernos una imagen de Zitarrosa. Al cerrar el libro de alguna manera uno cree haber rozado al cantante en tanto misterio, en tanto historia, en tanto ser humano; las anécdotas incorporadas por Santullo, entonces, logran sugerirnos (como si comunicaran sus líneas fundamentales con tanto acierto que más detalles parecen innecesarios a ciertos efectos) la complejidad de la persona Alfredo Zitarrosa, a la vez que muestran su calidad como artista.
El libro aclara que las fuentes para los capítulos son entrevistas; en ese sentido cabe comparar Zitarrosa con Acto de guerra, novela gráfica (en realidad cuatro relatos vinculados temática y conceptualmente) también escrita por Santullo (e ilustrada por Matías Bergara) y planteada como elaboración sobre ciertas historias sobre la dictadura narradas por sus propios actores. Pero donde Acto de guerra parecía quedarse corta -en tanto no lograba del todo transmitir la complejidad de los hechos invocados y por momentos parecía simplificar demasiado las situaciones-, asi fuese de páginas, Zitarrosa logra presentarse como una obra mucho más satisfactoria. Lo que está por fuera -gran parte de la vida de su protagonista- no es necesario, no se echa en falta: los ocho relatos presentados parecen todos ellos recrear a Zitarrosa, una y otra vez, como si reclamaran para sí una suerte de independencia; a la vez, el libro como un todo aporta contundencia, como si repasara ciertas líneas ya trazadas para armar una escritura todavía más visible, y ordena el material de los epsodios en una línea cronológica que sugiere la biografía sin llegar a instalarse plenamente en ese territorio.
Hay algo que sugiere un método en este trabajo de Santullo: un sistema, digamos, que parece tan aceitado que sorprende que no haya sido aplicado más extensivamente a otras figuras. Las entrevistas como apoyo a episodios independientes vinculados por una figura protagonista y ordenados cronológicamente parecen una opción tan clara y luminosa a la hora de crear un libro como Zitarrosa (¿testimonio gráfico? ¿colección de relatos biográficos?) que sorprende no encontrar más libros armados de esa manera. En cualquier caso, Santullo logra trasmitir la sensación de que es fácil.
Otro punto interesante de Zitarrosa es su incorporación de las letras de las canciones: Esto es particularmente logrado en la secuencia de las páginas 62-71, donde el arte de Max Aguirre alcanza aquí su mayor dramatismo, y sorprende y maravilla que con su estilo low-res pueda generar imagenes tan emocionantes. No es el único acierto de Aguirre en este libro, vale la pena aclarar. Los retratos -Onetti, en particular- son excelentes, y aportan a la construcción del personaje (pienso también en algunas actitudes físicas del personaje de Zitarrosa) tanto como las palabras.
El capítulo del reportaje a Onetti está entre los mejores, sin lugar a dudas. La tormenta de ideas e imágenes que el escritor arroja a la cara a Zitarrosa, y la repelente manera en que lo destrata y le toma el pelo (que va de la mano con la representación de Aguirre de la cara y el cuerpo de Onetti), quedan perfectamente delineadas en la adaptación de esa entrevista a la historieta.
A la vez, todos los episodios encierran momentos muy efectivos; la frase "También cantaba para nosotros, los borrachos", en la última historia,  por ejemplo tomada o no de la entrevista citada por Santullo, es maravillosa. También vale la pena destacar el capítulo "Los muchachos peronistas", que logra dar la impresión de una realidad compleja y de alguna manera inabarcable, hecha de opuestos extrañamente (o incomprensiblemente, al menos para quien lo viva "desde afuera") irreconciliables. A la vez, podría pensarse que este capítulo no dice "tanto" de Zitarrosa como los otros (o que lo que dice queda opacado por la construcción del peronismo como realidad compleja), y que su inclusión al libro es por tanto un poco descuidada (en esa línea, parece ser una suerte de falla recurrente en algunos libros de Santullo, que incorporan capítulos que podrían haber sido descartados -no por "malos" o "pobres" sino por manejar otras coordenadas que el resto de los libros que los incluyen) en una revisión; pero ahí es también donde juega la suerte de "independencia" de los episodios entre sí, aunque en este episodio en particular la cualidad autosuficiente/parte-integrante-de-un-todo no está presentada de la misma manera que en los otros.



jueves, 11 de octubre de 2012

Adios Saboya (Los colonos del Río de la Plata 1), Nicolás Rodríguez Juele y Laurent Suiffet

El libro no es realmente específico al respecto, pero voy a asumir que Adios Saboya cuenta con Nicolás Rodríguez Juele como dibujante y a Laurent Suiffet como guionista. En ese sentido, hecha esa demarcación, hay que decir que, si Rodríguez Juele se limitó a dibujar lo que le indicaba Suiffet, su aporte es la faceta más sólida de la obra. No son pocas las páginas de interés desde el punto de vista gráfico (la 22, la 60, entre otras), y, en general, los defectos que se le pueda encontrar al dibujo (en algunos casos da la impresión que no se trabajó lo suficiente en las expresiones de los personajes) palidecen ante las fallas más que notorias en el guión.
Una enumeración completa resultaría cansadora: basta, en un principio, señalar que Suiffet no es un guionista de historieta, o que está muy lejos de serlo, y que sus errores no sólo revelan su amateurismo sino que parecen mostar además una fuerte falta de autocrítica -en el sentido de que cualquier lector de historietas con cierto bagaje mínimo sería capaz de ver las fallas más flagrantes de Adiós Saboya.
Para empezar, abunda la intervención redundante del narrador. En la página 7, por ejemplo, leemos (2a viñeta) "el cura está en el púlpito", y se nos muestra... al cura en el púlpito. También se nos aclara que el cura es "persuasivo", en lugar de sugerirlo gráfica o textualmente; hay páginas enteras que se apoyan en la narración y presentan apenas desde la ilustración una suerte de apoyo o decorado, que no aporta gran cosa al relato. De hecho, se abusa continuamente de la narración, pero no para lograr digamos un trabajo uniforme o parejo (un comic en el que la narración textual sea deliberadamente lo más importante y las ilustraciones complementen; no se trata de mi opción favorita pero es una posibilidad válida), sino trastabillando permanentemente, ofreciendo a veces menos información de la necesaria (no queda clara la función en cuanto al relato de ciertas viñetas que muestran las caras de los personajes, por ejemplo), a veces volviéndose redundantes (como el ejemplo del cura) y a veces ofreciendo más información de la necesaria o aludiendo a hechos que el lector desconoce y que, en rigor, son irrelevantes. Como ejemplos de esto último:
"Se celebra misa igualmente, en la capilla de Saint-Pierre du col" (p.28)
"Este año, la fiesta se desarrolla en Gran Croix" (p.29)
"El 28 de marzo de 1855, en los funerales de Ana María Gros" (p.54).
El lector no sólo no tiene por qué saber de antemano dónde es -o qué hace especial a- la capilla de Saint-Pierre du col, o lo mismo para Gran Croix, o quién es Ana María Gros, sino que, en rigor, aunque lo supiera, nada de eso resulta realmente relevante para la historia. Esa abundancia de datos, de localizaciones, de referencias, termina sirviendo nada más que para generar ruido, en lugar de aportar información. Se va generando, de hecho, la sensación de una materia abundante y no ordenada, de una suerte de lucha del autor del guión por dar una forma a cierta sustancia que, tristemente, se le escapa todo el tiempo. Porque no hay, de hecho, una sensación de que el guionista supiera cómo armar un relato en el sentido de mostrar lo relevante y eliminar lo superfluo; si se tratara de una historieta experimental, o si se buscara algo más que contar una historia, las digresiones, los juegos con las expectativas del lector y mil recursos más podrían ser interesantes: aquí, en cambio, lo evidente es la chapucería. Evidentemente Suiffet sabe mucho de la historia de su tierra patria y de sus antepaados, y eso claro que es encomiable, incluso quizá admirable, pero no es suficiente (los conocimientos del autor sobre la materia a narrar, quiero decir) a la hora de hacer una historieta -de cualquier género, histórico, ciencia ficción, humor, lo que fuese-, donde las habilidades narrativas, por llamarlas de alguna manera, van por delante. Es cierto que una historieta histórica se tambalea si los datos históricos son incorrectos; pero se tambalearía más -y antes- si la narración en sí es tan confusa como la de Adiós Saboya, que se permite torpezas tan notorias como presentar personajes nunca-antes-vistos en su última página. Está bien que se trate de la entrega inicial de una serie, pero aún así el libro debería bastarse por sí mismo; y en ese sentido, es difícil decir qué cuenta esta historieta más allá de su condición de prólogo a una serie posible. Hay una historia de amor interrumpida, están las dudas de una comunidad en cuanto a abandonar el país natal, hay, digamos, un montón de intenciones; pero no hay una narrativa sólida, ni mucho menos.
Se ha dicho varias veces que uno de los problemas de la historieta nacional está en los guiones. Dibujantes de calidad -como Nicolás Rodríguez Juele- hay en relativa abundancia; guionistas competentes, en cambio, no creo que haya más de cuatro o cinco. Y, para colmo, está la idea de que la parte gráfica de alguna manera "es suficiente", a grandes rasgos, lo cual redunda en historietas bien dibujadas pero notoriamente fallidas, como las primeras Cisplatino y este Adiós Saboya, por ejemplo.


sábado, 6 de octubre de 2012

"De leche, dulce", Roy y Lucy Makuc

Una de las líneas más visibles en la historia muy reciente del comic nacional es la pauta que vincula ciertos esfuerzos fanzineros al establecimiento de editoriales. En el caso de Rodolfo Santullo, por ejemplo, desde la autoedición de Montevideo Ciudad Gris se pasa -previo trabajo en la revista Quimera- a la creación de Editorial Belerofonte, que tras una primera publicación de historietas guionadas por el propio Santullo (en el libro Crímenes, lo que en un principio cabe entender como una forma más profesional de autoedición) se lanza a incorporar a la editorial trabajos de otros artistas, como Renzo Vayra o Enrique Alcatena.
Un patrón análogo, aunque no idéntico, puede ser observado actualmente en los esfuerzos editoriales de otros historietistas, notoriamente en Pablo "Roy" Leguisamo, que en los últimos dos años pasó de la creación del fanzine Freedom Knights (recopilado en libros con recursos de un Fondo Concursable de relato gráfico) a una muestra mucho más variada de sus intereses, reunidas bajo el sello Dragoncomics. Desde la parodia humorística al género superheroico de Orange Shaft hasta el relato autobiográfico de Las partes malas o el realismo de Vientre (sin mencionar el relato de ciencia ficción distópica Regulación 0.75 Lá dádiva que está siendo publicado en el blog Marche un Cuadrito), la manera de construir una editorial pensada por Roy pasa hasta la fecha por incrementar la variedad de la oferta (algo similar, en un contexto todavía semiprofesional, intenta el grupo liderado por Martín "Magnus" Pérez). En ese sentido cobra un relieve especial De leche, dulce (2011), una historieta dirigida al público infantil que narra un origen posible para el postre más emblemático del Río de la Plata.
Es interesante comprar este libro con Los Pérez viajan a Marte, la novela juvenil que Roy publicó este año con Criatura Editora; en ambas destaca el manejo sin fisuras de los códigos de relacionamiento entre la narrativa y el público al que va dirigida, pero también se hace notar la incorporación de detalles -referencias literarias en Los Pérez, coordenadas históricas en De leche...- que construyen un nivel de lectura no agotado por la noción de obra "infantil" o "juvenil". En De leche, dulce, por ejemplo, leemos:

Hace mucho tiempo, cuando el ganado pastaba libremente por la tierra y los horizontes aún no habían sido cotados por el alambrado.
El territorio no tenía fronteras, pero muchas personas no eran dueñas de su destino, porque al nacer se los marcaba como posesión de alguien más. (p.5, 1era viñeta).
La referencia al alambrado de los campos escapa el dominio temático y argumental de la historieta propuesta, e implica cierto conocimiento de la historia de nuestro país, pero es enteramente funcional a la narración en tanto crea un contexto en el que a la libertad en los campos ("el ganado pastaba libremente por la tierra") se opone la esclavitud (hay que notar, a la vez, que las palabras "esclavo", "esclava" o "esclavitud" jamás aparecen en el libro salvo en la contraportada), que nos lleva a individualizar a la protagonista. Clara, se nos dice, "era una de esas personas", las marcadas como "posesión de alguien más" (p.5, viñetas 1 y 2).

La trama nos muestra cómo Clara inventa accidentalmente el dulce de leche después de que muere Antonia, la mujer de su amo. Es especialmente notoria la función positiva de este personaje, que si bien no cuestiona la institución de la esclavitud, evidentemente no deshumaniza a Clara y la trata con respeto y empatía; el amo, a la vez, pasa por un proceso interesante: de ser el "comprador" de Clara y considerarla básicamente una cosa -"¡Antonia! ¡Vení a ver lo que traje!", dice (p.9, 1era viñeta) el día en que aparece en su casa con la niña- pasa a la desesperación agresiva cuando la lechada que le sirve la chica no le sabe lo suficientemente dulce (sino amarga, y aquí Roy crea un hábil paralelismo entre el estado anímico del personaje y su sentido del gusto, pp.15-18), a la resignación y la tristeza (cuando el postre le sigue sabiendo amargo, p.21) y a la sanación (por decirlo de alguna manera) cuando prueba la lechada saturada de azucar y demasiado reducida -el dulce de leche. La última viñeta, que muestra a Clara sonriendo, parece restaurar su felicidad, en tanto su relación con el amo fluye a la perfección.
Podría pensarse que aquí la chica es feliz porque se siente realizada en su función de esclava (aunque, por supuesto, es evidente que ella ha desarrollado un interés a nivel humano y emotivo por el "señor"), y por tanto que el libro no cuestiona una institución moralmente terrible, pero también cabe objetar que en este final el amo (al que tampoco se lo llama "amo" -una vez más, salvo en la contraportada- sino más eufemísticamente "señor") ha dado un paso más hacia la humanización de Clara (en tanto la orden del final -que la chica haga más dulce de leche- es dada con respeto)  o que el propósito del libro cae dentro de los parámetros de cierto "realismo" a la hora de representar -eludiendo juicios explícitos- determinadas pautas sociales de una época, una estrategia compatible con la historieta histórica en tanto género.
En esa línea puede pensarse también la inclusión de abundante material parahistorietístico, en particular el apéndice "La historia del dulce de leche", que aporta información histórica y ofrece diversas alternativas a la cuestión del origen del dulce de leche. Las recetas incorporadas también funcionan como otra manera de establecer una comunicación o un relacionamiento con el lector, más allá de lo que podríamos pensar la función didáctica o instructiva.
La historieta, muy atractiva visualmente, tiene varios aciertos desde el punto de vista gráfico. El tabajo de coloreado, por ejemplo, es muy efectivo y se une bien a los dibujos de Lucy Makuc. La narrativa visual es especialmente clara, y las viñetas grandes y luminosas operan en la dirección de un arte digamos amigable con el usuario (en este caso los niños). Los rostros del amo y de Clara, además, alcanzan, en algunas viñetas, excelentes momentos de expresividad -por ejemplo en la tercera viñeta de la página 14 o la segunda de la 18.
De leche, dulce puede leerse en el esquema de la evolución de Roy como guionista y en el proceso de su propuesta editorial. La co-edición con Belerofonte de alguna manera habla de lo acertado de su estrategia editorial y de su consciencia de con quién y cómo trabajar a la hora de colaborar en el establecimiento de la nueva historieta uruguaya.




miércoles, 12 de septiembre de 2012

"Monstruo", Santullo, Calero, Ciccariello, Aguirre, Rodríguez

Monstruo es el tercer libro editado por Grupo Belerofonte, y apareció allá por 2006, un año que a veces -para el cómic uruguayo- se siente un poco como la prehistoria; es fácil encontrarle defectos, en su mayoría ingenuidades o asperezas que la experiencia en la edición (y en el arte historietístico) terminó disolviendo, así como también parece fácil decretar que el único interés de este libro, releído desde 2012, es básicamente histórico. Algo de verdad hay en esto último, en tanto el libro sí interesa desde esa perspectiva y es un must read para cualquier persona interesada en el proceso reciente de la historieta uruguaya y rioplatense, así como también un momento muy definido en la carrera como guionista de Rodolfo Santullo (que aporta los guiones para dos de las cuatro historias presentadas en este libro). Para empezar, y si hacemos caso a aquello de "la tercera es la vencida", fue una suerte de confirmación de que el camino elegido por la gente de Belerofonte (entonces Calero, Santullo y Ciccariello), es decir crear una editorial y no una simple plataforma para la autoedición (lo cual quedó claramente confirmado de inmediato: el segundo libro de la editorial no incluye a ninguno de sus fundadores -se trata de una adaptación a la historieta de los cuentos de Juan el Zorro, de Serafín J. garcía, a cargo de Renzo Vayra, una figura muy notoria de la generación anterior a los fundadores de la editorial y con códigos estéticos muy diferentes-, ni tampoco el cuarto, el quinto o el sexto), era el que encerraba mayor potencial: tanto para crecer y redoblar la apuesta como para ofrecer una suerte de núcleo desde el que el ambiente historiétistico uruguayo entero podría reformatearse.
Sin embargo, y sin pretender que valga la pena desatender esa línea de reflexión, me parece que Monstruo sí es interesante en sí mismo, más allá de su rol histórico. La segunda de las historietas incorporada, por ejemplo, basada en el clásico "El extraño", de H.P.Lovecraft, y guionada e ilustrada por Hernán Rodríguez, es un bellísimo ejemplo de cómo salir adelante con las dificultades a la hora de adaptar un trabajo tan densamente verbal ("literario" iba a decir) como el de Lovecraft. "El extraño", además, era quizá una de las opciones más difíciles, en tanto su revelación final (el personaje es un monstruo, por decirlo de un modo brutalmente simple) debe su efectividad al cuidadoso proceso por el que la narración -en primera persona- construye un personaje que, en una primera instancia, dificilmente asimilaríamos a lo que "realmente" es. ¿Cómo dibujarlo, entonces? Dejando de lado un muy complicado recurso de tipo POV (punto de vista), la opción de "hacer trampa" (es decir presentar al personaje como se siente o imagina a sí mismo -no hay espejos en su mundo- o como lo proyectamos los lectores) era la única viable. En cualquier caso, más allá de la reconstrucción del cuento y del "truco" al que echa mano para resolver sus dificultades más esenciales, la creación gráfica del mundo subterráneo es el punto más alto de la historia -y de Monstruo, en mi opinión. La primera viñeta -una impresionante visión de ese mundo-cripta- retoma la estética de pintores simbolistas como Khnopff y Gustave Moreau; otros hallazgos incluyen la representación del bosque que limita el mundo del personaje (la viñeta que muestra al narrador leyendo recostado en uno de esos árboles es excelente) y la salida de éste al aire libre (última viñeta de la página 34), además del alucinatorio final. En rigor, incluso si el resto de Monstruo careciera de interés -cosa que no sucede-, esta adaptación de "El extraño" justifica la compra del libro.
Las historias guionadas por Santullo muestran, sí, algunos defectos relativamente notorios. Los diálogos -y la trama en sí- de la última, por ejemplo, se vuelven un poco esquemáticos (no ayuda la rotulación en cuerpo grande); el dibujo de Max Aguirre también parece mostrar a un artista en un momento un poco verde de su carrera, y la amalgama artista-guionista no funciona muy bien aquí, armando una historia que avanza un poco a los tumbos. La idea es divertida -y da una especie de vuelta a la idea de que cada historia del libro "trata" de un monstruo -o categoría de monstruos- en particular, en tanto aquí hay dos monstruos (los zombis "de fondo" y el vampiro)-, pero la resolución, sin ser fallida del todo, no es del todo satisfactoria. En ese sentido, la otra historieta con guión de Santullo funciona mejor, en tanto una variación (o derivación argumental cercano a la matriz original) de la historia de Frankenstein y su collage de partes de cadáveres. El monstruo dibujado por Calero es, eso sí, idéntico (hay viñetas casi calcadas) al de Bernie Wrightson; tratando de poner una buena intención aquí, digamos que el trabajo gráfico de esta historieta puede leerse como un homenaje. Pero, dejando esto de lado, lo que sí es un defecto de la parte gráfica de esta historia es la poca atención prestada por Calero a los detalles, los puntos de vista y la continuidad: en la página 16, por ejemplo, se produce una confusión entre la mano izquierda y derecha del monstruo.
La tercera historia cuenta con guión e ilustración de Gabriel Ciccariello, y funciona especialmente en contraste con la actitud más de "acción y aventuras" de los guiones de Santullo. La anécdota es mínima: el acierto, en todo caso, está en los diálogos y en las ilustraciones. Quizá cueste ver al "monstruo" aquí: hay un fantasma, sí, pero quizá con eso no basta. Una observación que podría hacerse al libro en su conjunto, entonces, es que su propuesta es demasiado heterogénea para un libro tan breve. Tenemos el monstruo lovecraftiano (sobreviviente de una edad oscura, sepultado en las profundidades de la Tierra, etc) y a la criatura de Frankenstein: ambos pueden leerse en la línea del monstruo como víctima, ambos trabajan la idea de soledad y el rechazo de los seres humanos. Y ambos son "monstruos" en un sentido digamos clásico, monstruos que producen terror, monstruos que se proponen como parte de una realidad más compleja (especialmente en el caso del cuento de Lovecraft) de lo que imaginábamos; la historia de Ciccariello, en cambio, presenta una posible ambiguedad de corte psicologico: la niña fantasma acaso sea una alucinación (dificilmente, de todas formas, un lector pueda sentirse seguro de ello) y, además, el protagonista no siente horror ni se considera amenazado por un espíritu que -de ser "real"- sólo busca entretenerse (la idea de la vida después de la muerte como algo esencialmente aburrido es interesante, y uno de los puntos altos de la historieta de Ciccariello). Si la última historia avanzara en esta dirección de monstruo no horripilante o de monstruo como víctima (o incluso de ambiguedad) el libro habría sido un poco más cohesivo (del mismo modo que, de haber sido más largo, con más historias, la variedad y lo heterogéneo luciría mejor), o al menos se sentiría así. Pero no sucede: los zombies y los vampiros son villanos de una pieza, sin ambiguedades: monstruos malos, por decirlo así. Es cierto que incluir una historia con estas coordenadas no es mala idea, pero esa variedad de enfoques, repito, encontraría mejor lugar en un libro más largo que este.
Las tres primeras historias funcionan en general muy bien, cada una en cierto modo accediendo a un tipo diferente de lector. Mi favorita personal es, como he dicho, la adaptación de "El extraño", y la que menos me interesa es la de Ciccariello, pero esto, evidentemente, depende ante todo de mis gustos personales.
Otro defecto del libro es su abundancia de elementos metahistoriétisticos innecesario. Ni el prólogo ni las introducciones a cada historieta son realmente innecesarias, y por momentos parecen querer "volver más serio" algo que no necesita ningún apoyo más que su buen trabajo; también las portadillas pseudomedievales tienen poca utilidad, y, en tanto meramente decorativas, no son tan interesantes desde el punto de vista gráfico como para justificar su presencia. Se trata, me atrevería a decir, de una ingenuidad propia del principiante que piensa que cuanto más capas de sentido pueda agregar a su producto más satisfactorio lo volverá. Pero -y aquí no puedo evitar regresar al lado del interés histórico- Santullo aprendió muy bien la lección, y ya en libros como Los últimos días del Graf Spee o Acto de guerra, todos los añadidos metahistorietísticos realmente significan un aporte a la historieta.

viernes, 7 de septiembre de 2012

El club de los ilustres, Santullo & Hansz

El club de los ilustres, de Rodolfo Santullo (guión) y Guilermo Hansz (arte) admite varias lecturas. Para empezar tenemos una historia de aventuras cargada de humor, en la que los diálogos de Santullo y los dibujos de Hansz parecen perfectamente amalgamados. El estilo de Hansz, por supuesto, favorece esta lectura, desde algunas de sus influencias más reconocibles –entre ellas el belga Peyo (Los Pitufos, Johan y Pirluit) y el catalán Francisco Ibáñez (Mortadelo y Filemón).
La trama está instalada en una historia alternativa de Uruguay, en la que José Pedro Varela no murió en 1879 y vivió al menos hasta 1899 para integrar –junto a Horacio Quiroga, Delmira Agustini y Aparicio Saravia– una suerte de fuerza de elite (“Los Ilustres”, aunque, en rigor, esa designación no aparece en la ficción) armada para detener a Máximo Santos, que intenta regresar al gobierno por la fuerza sirviéndose de una poderosa embarcación de guerra (un “fabuloso barco fluvial”, al decir de Philip José Farmer en su célebre saga El mundo del río). Para detener el barco de Máximo Santos, Los Ilustres cuentan con la asistencia de Vaz Ferreira, quien –al mejor estilo Q, de las ficciones de James Bond– pone en sus manos un aparato volador tomado de los diseños de Leonardo DaVinci.
Este breve resumen argumental habilita el pasaje a otro nivel de lectura, esta vez desde la ciencia ficción. La novela gráfica de Santullo y Hansz, entonces, puede leerse desde las coordenadas de varios subgéneros derivados del cyberpunk, en particular el steampunk, basado en la construcción de una tecnología derivada de las máquinas de vapor de la primera mitad del siglo XIX. En El club de los ilustres encontramos guiños a ese subgénero, por ejemplo el gigantesco barco de Máximo Santos, pero también –más adelante en la historia– aparece una suerte de mecha o robot de combate eminentemente steampunk. El mismo proceso de extrapolación tecnológica basado en la maquinaria de vapor aparece, desplazado hacia los diseños de DaVinci, en la máquina voladora inventada por Vaz Ferreira, que podría pensarse como un guiño a otro subgénero reciente de la ciencia ficción, el clockpunk, también extrapolación de tecnologías premodernas pero, en este caso, mediante una estética de engranajes y relojería que suele evocar el Renacimiento (en las novelas de la serie Whitechapel Gods, de S.M.Peters, por ejemplo).
En rigor, el antecedente más claro de El club de los ilustres es la serie de historietas The league of extraordinary gentlemen (La liga extraordinaria es la traducción más frecuente al castellano, derivada de la película de 2003 que intentó adaptar el primer libro de la saga), escrita por Alan Moore e ilustrada por Kevin O’neill, en la que la consigna, más que movilizar personajes históricos como hace Santullo, es crear un espacio narrativo en el que pueden convivir personajes de ficción de todas las épocas, desde las novelas de Edgar Rice Burroughs (especialmente las de la serie de Marte, protagonizadas por John Carter) y Ridder Haggard (Las minas del Rey Salomón, por ejemplo) hasta J.K.Rowling, pasando por H.G.Wells, H.P.Lovecraft, Bram Stoker, Virginia Woolf, C.S.Lewis, George Orwell y John Wyndham. Así, en el primer volumen encontramos a Mina Harker (de Dracula), el Capitán Nemo (de 20.000 leguas de viaje submarino), Allan Quatermain (de Las minas del Rey Salomón), el Dr.Jekyll (de El extraño caso del Dr.Jekyll y el señor Hyde), entre otros (incluyendo a Fu Manchú, el hombre invisible, el profesor Moriarty y el Hombre Invisible). En los primeros dos volúmenes de La liga, Moore hace un uso bastante notorio de la estética steampunk, lo cual permite trazar otra línea de parecido con El club de los ilustres.
También desde la ciencia ficción es evidente que El club… no es una ucronía; es decir, al no ofrecer los hechos ficticios como “derivados” de un cambio concreto en la historia que conocemos (lo que ha sido llamado un “punto Jonbar” o “punto de inflexión”) y, por tanto, al no haber un énfasis en una suerte de “explicación” de la naturaleza histórica de ese mundo alternativo, la trama queda instalada en un espacio diferente, cuyas reglas tienen más que ver con una anacronía deliberada o con una especulación libre en base a algunas premisas históricas.
Una tercera línea de lectura de El club de los ilustres la pone en relación con el reciente boom del comic histórico en Uruguay. No es difícil, de hecho, argumentar que ese auge de las historietas con temática histórica fue de alguna manera impulsado por trabajos de Santullo, en particular Los últimos días del Graf Spee y Acto de Guerra (ambos proyectos financiados por los Fondos Concursables del MEC e ilustrados por Matías Bergara); es interesante entonces que, pasados ya cuatro años desde la publicación de Los últimos días…, Santullo publique una historieta que aborda la historia desde una perspectiva completamente diferente, ya sea humorística, paródica o subordinada a las pautas de cierta ciencia ficción. Se trata, por supuesto, de un abordaje notoriamente más libre –que no teme a desacralizar ciertas figuras; por ejemplo en la memorable aparición de José Batlle y Ordoñez en plan Bud Spencer, hacia la página 27), que se traduce en la evidente fluidez y agilidad del libro. El club de los ilustres, entonces, se lee en un suspiro y deja al lector con una sonrisa; servirá, además, como revelación del talento de Guillermo Hansz, que hace aquí su –auspicioso– debut en el mundo del cómic.

 Publicada en La Diaria el 7 de septiembre de 2012